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Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

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Editorial de la revista La Tarea 2-3 (número doble)

Guadalajara, México - Enero-junio de 1993

Dos importantes efemérides relacionadas con la educación coincidieron entre el anterior y este número doble de nuestra publicación: la conmemoración de los días del niño y del maestro (30 de abril y 15 de mayo). Por la naturaleza misma de esta revista, estos temas estarán siempre presentes en el debate y la reflexión de nuestras páginas, pero, precisamente por ello el tratamiento que nosotros quisiéramos otorgarle no debiera plegarse a esos rituales formalistas realizados para cubrir el expediente y que se emiten al llegar las fechas alusivas.

     Nos referimos concretamente a esa suerte de retórica -entre demagógica y exaltativa- que se ha convertido ya en costumbre en ceremonias y discursos que no han hecho sino sublimar etéreas cualidades de los aludidos, olvidando referirse realmente a los cotidianos contextos en que niños y maestros se desenvuelven, escamoteando, por consiguiente, propuestas concretas para encarar sus respectivas condiciones de existencia.

     El caso de nuestros infantes, nadie puede ocultar que son precisamente ellos los que han resentido de manera dramática la secular desigualdad que ha venido campeando nuestra geografía nacional. Los niños no sólo resienten de manera directa los efectos de nuestro modelo desigual, sino que sus repercusiones, a plazos más largos se expresan inexorablemente hasta que éstos llegan a su condición de adolescentes y luego de adultos.

     No quisiéramos pintar aquí un cuadro dantesco y exagerado de los padecimientos de nuestra niñez, pero siendo honestos, lo menos que debemos consignar es que un porcentaje mayoritario sigue padeciendo consecuencias graves de subsistencia, expresadas en alimentación deficiente, condiciones de hacinamiento comunitario, desintegración familiar, violencia física e incluso explotación. Para decirlo con palabras más suaves: incomprensión, abandono y falta de expectativas mínimas para su realización integral como futuros ciudadanos.

     La escuela pública es también un espacio que no escapa a estas secuelas, pues, lejos de constituir un instrumento de equilibrio social como lo determinan sus propósitos, se ha convertido en muchas ocasiones un recurso promotor de la desigualdad. La deserción, reprobación, repetición y expulsión escolar si bien se presentan como fenómenos imputables a un voluntarismo infantil, como a una suerte de selección natural inexorable que otorga los diferentes roles a jugar en la conservación del sistema; lo cierto es que con esta visión la sociedad establecida se deslinda chapuceramente de su responsabilidad en todo el proceso que se ejerce en la escuela.

     En el caso de la deserción, fenómeno que condensa en lo educativo toda esa trama de desigualdad que subyace en la vida social, sus altos índices no hacen sino revelar nuestra condición de subdesarrollo. Por ello, a diferencia de la voz institucional que la asume como una muestra de ingratitud de los niños hacia las supuestas oportunidades que el sistema escolar les ofrece, bien vale la pena referir las palabras de Emilia Ferreiro: "el término deserción lleva implícita una carga significativa que supone la responsabilidad voluntaria del niño al abandonar individualmente un grupo o sistema al que pertenecen. En el caso del sistema educativo, habría que preguntarse sino es éste el que abandona al desertor, al no tener estrategias para conservarlo, ni intereses en reintegrarlo".

     No creemos entonces que baste congratularnos en estos días o en cualquier otro, de las bondades del alma infantil y reconocer, inflamados de emoción, los atributos de inocencia de esta "edad de oro" como bien la caracterizó Martí, sino que hoy se hace más necesario que nunca, un auténtico esfuerzo colectivo para encarar con denuedo la postración en que se debate gran parte de nuestra niñez. En este sentido, la escuela pública tiene gran responsabilidad, pero también la sociedad y el Estado.

     Con respecto a los maestros de educación básica, tampoco basta ya reconfortarse con los homenajes sentimentales que clavan en el pecho de maestros una medalla por largos años de servicio. La carrera magisterial, impulsada por el Estado y exigida durante largo tiempo por los maestros y el sindicato, se presenta como un modelo promocional sin precedentes para los docentes en servicio suscitando con ello grandes expectativas. Sin embargo, debemos primeramente reconocer que no existe ninguna otra profesión que para ascender deba sujetarse a una gradualidad escalafonaria tan puntillosa. El cumplimiento de las exigencias curriculares se presenta con un espíritu que parece tender a la selectividad. Aún así, el sindicato se ha enfrascado en apoyar su ejercicio por que es una coyuntura que no debe ser desaprovechada y porque -con el apoyo y la exigencia del gremio- deberá incidir permanentemente en su replanteamiento a fin de que más y mejores maestros accedan realmente a sus beneficios .

     Grandes retos afloran en torno a la carrera magisterial y que tienen que ver con la concreción de una dilatada justicia que los mentores reclaman. Esperamos que exista la suficiente sensibilidad del régimen para acabar con aquello que discrimina, da un trato desigual o propicia una simulación credencialista que finalmente dañaría ostensiblemente el mejoramiento de la educación básica en nuestro país. En este sentido, hace falta construir un nuevo modelo escolar que verdaderamente propicie la preparación y superación permanente del maestro, acabar con los viejos vicios burocráticos y los interesen mezquinos que siguen detectándose en escuelas, zonas escolares e instancias oficiales. Si no existe un autentico espíritu de cambio en el modelo, los maestros seguirán padeciendo las penalidades, bloqueos y limitaciones para el ejercicio de su trascendental labor.

     Otro acontecimiento crucial que impactará la vida educativa nacional es la puesta en marcha de la nueva Ley General de Educación. Grave antecedente constituye la omisión de un diagnóstico sobre la antigua normatividad que nos había venido rigiendo desde hace 20 años y más aún, cuando el nuevo código incluye innumerables aspectos que no habían sido ventilados ante la comunidad educativa. Pero lo que realmente constituirán los puntos neurálgicos del asunto son, por una parte, lo que la nueva ley significará para elevar ahora sí, el nivel académico de la educación pública, problema secular cada vez más drástico. El otro aspecto, también inexcusable, es el que, en la perspectiva del papel a jugar por el maestro, representa su mejora profesional y laboral.

     Ahora bien, en los contenidos de este número doble, hemos incluido material de variada índole a partir de las secciones que componen nuestra publicación y elaborado por maestros que en diferentes niveles cumplen su responsabilidad en la educación pública en Jalisco. En nuestros próximos números abordaremos aspectos estelares que hoy palpitan en el ámbito: el Programa de Actualización Magisterial PAM, la carrera magisterial, la nueva ley educativa, los nuevos programas de secundaria, entre otros.

     Queremos, finalmente, refrendar que en el centro principal de nuestras preocupaciones editoriales -y no podría dejar de serlo por ser ésta una revista sindical- están los profesores y sus alumnos. Niños y maestros, dos protagonistas esenciales en el presente y en el porvenir nacional. El perfil humano que invocan como sectores sustantivos de nuestra sociedad, debe por lo tanto apoyarse definitivamente en una solución integral y complementaria de sus condiciones de vida pues, en esta relación necesaria, los alumnos no podrán lograr su solvencia sin la mejora de los otros.