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Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

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Editorial de la revista la tarea, núm. 16-17 (doble)

octubre de 2002

Escuela Pública

La escuela pública en estos momentos históricos

como en otros muy relevantes del pasado,

vuelve a ser objeto de reflexiones y toma de decisiones

que tienen que ver con el rumbo

que se le quiere dar a la sociedad mexicana.

Manuel Moreno Castañeda.

La escuela pública, enmarca el proyecto de educación para todos, establecido históricamente desde que se instauró el republicanismo en nuestro país, e incluso antes, cuando la ilustración española llegó a nuestras tierras por la influencia del borbonismo ilustrado y la revolución de Cádiz.

     Así lo vimos en la Constitución de 1857 cuando el concepto de libertad abanderaba las luchas en contra del oscurantismo, ya religioso, ya de otra índole. Y entonces, la libertad abanderó el acceso a la educación, la libertad abanderó la cátedra y la elección de los contenidos, la libertad abanderó la decisión de la persona para seleccionar la institución para recibir educación, ya laica, ya confesional. Y entonces, la libertad fue para que todos los mexicanos tuvieran educación sin prejuicios.

     Las escuelas del Estado fueron desde entonces un espacio al servicio de los mexicanos, al conjunto mayoritario de la población, espacio desde donde se empezaron a dilucidar dos grandes paradigmas: el derecho de un Estado democrático a trazar las líneas de la idea del mundo desde una perspectiva científica y sin ningún tipo de prejuicios o, el derecho de los individuos a inculcar a sus hijos los valores e ideas que consideran más convenientes sin interferencia estatal.

     Y con este espíritu, los gobiernos liberales derivados de la restauración de la república en 1867, establecen la gratuidad, la obligatoriedad y la laicidad, aunque a nivel de reglamentos, proporcionando un fuerte empuje a la educación que deriva, en 1868, en la creación de la Escuela Nacional Preparatoria.

     Es en 1917, cuando laicitud, gratuidad y obligatoriedad de la educación para todos los mexicanos se incorpora a la Constitución Mexicana, una Carta Magna de avanzada, —hoy sin ejercicio cierto en materia educativa—. Y a partir de la creación de la Secretaria de Educación, en 1921 y durante los siguientes 20 años, se da el más fuerte impulso a la educación pública, esfuerzo reconocido aún por la presente administración gubernamental: "En los años veinte, el promedio de escolaridad de la población era de un año y la taza de analfabetismo superaba el 65%; el siglo XX terminó con un grado promedio de 7 años y una taza de analfabetismo menor a 10%. El siglo XX y, sobre todo, la segunda mitad, pasará a la historia como una época de expansión educativa sin precedente". (pne 2001-2006, p. 57).

     Y la educación es, desde siempre, terreno ambicionado. Así, opiniones se vierten en pro, otras en contra, las pasiones se exaltan, los prejuicios y las diatribas se dan, pero también las posiciones argumentadas, las tesis de índole filosófica y las consignas sociales. En Jalisco, en la primera mitad del siglo pasado, la escuela pública se vio arrastrada por el vendaval del doctrinarismo y el fanatismo. En la época cristera y durante el régimen cardenista hubo incluso una alta cuota de sangre que tuvieron que pagar los maestros rurales —hoy injustamente olvidados—, deuda sin pagar del Estado, del gremio de los trabajadores de la educación.

     Ya en el periodo del maximato, cuando don Narciso Bassols insertó en los programas la educación sexual y durante del Plan de once años, cuando los libros de texto gratuito parecían reflejar la consolidación de una educación libre y con mayor alcance en su gratuidad, los sectores opuestos no cejaron en argumentar una transgresión moral a cuestiones consideras, por ellos, como totalmente privadas y reservadas a una ética religiosa.

     Es en este tiempo cuando estas voces vuelven a ganar terreno, a ellas se agregan determinaciones políticas que delinean trucados senderos para la escuela pública, flujo torrencial que embiste a favor de la privatización de la educación en dos frentes: una reforma orgánica que, silenciosa, está mermando y desnaturalizando el paradigma popular de nuestro sistema educativo oficial, y que cierra el acceso a una educación para todos. Por otro lado, de manera complementaria, un discurso eficientista, extremadamente conservador, mal ocultado en una retórica modernizante pero restrictiva.

     Es por eso que en esta entrega de nuestra revista, hemos considerado iniciar el abordaje, desde diferentes perspectivas, del asunto de la Escuela Pública como proyecto adherido a la educación en México y en Jalisco. Hemos buscado, desde luego y como parte de la pluralidad, que el contenido de las colaboraciones para este número no tengan un sesgo doctrinal y excluyente, pues queremos contribuir con argumentaciones bien fundadas a la dilucidación de los escenarios en que la escuela pública gravita; buscamos entender sus flaquezas y virtudes, sus perspectivas y sus logros, puesto que la mejor defensa que podemos hacer de ella, no es vociferando con dogmatismo sus excelsitudes, sino realizando una mirada inteligente y crítica de su condición.

     Hubo épocas, en que el Estado republicano invocaba ¡libertad de educación! para desintegrar el control confesional de las escuelas de primeras letras, ahora son precisamente esos sectores los que invocan la misma consigna, con otros fondos, para desmantelar la escuela pública. Mutatis mutandis los escenarios se transforman de manera imprevisible y las reivindicaciones cambian entonces de mano.

     Tanto las escuelas oficiales como las privadas, en estos y en otros tiempos han cumplido una misión humanística y cultural. Los maestros de ambas deben tener también el reconocimiento imperecedero de su cotidiana labor formativa. Pero en un país de pobres, la escuela pública debe acrecentar su misión, no restringirla. Y aunque las transformaciones sociales y el logro de la justicia social tiene muchos otras variables y condicionantes, la escuela debe ser siempre una mirada de la sociedad toda hacia el progreso.

     Porque dentro del proyecto social, el papel que juega la escuela pública es decisivo. El carácter público de la educación significa que toda la población tenga acceso sin impedimentos étnicos, sociales, económicos o culturales, es decir, que sea una escuela para y de la sociedad mexicana toda, y una manera de lograr esa apertura y accesibilidad es el hecho de que esté sostenida con los recursos públicos, con los recursos sociales que el Estado recoge de los ciudadanos y que obligatoriamente tiene que invertirlos en la educación. Pero ese carácter público también se lo da la laicitud, el ser ajeno a toda creencia religiosa, lo que, por otro lado, da cabida a las creencias individuales, porque el Estado no puede ni debe meterse en cuestiones religiosas. Y, por último, lo público tiene sustento en la obligatoriedad del Estado, mandato social dado por la sociedad para ofrecer servicios educativos a todos los mexicanos, obligatoriedad irrenunciable que la sociedad debe vigilar desde los siguientes principios:

  1. Toda la educación es pública, por lo tanto no debe ser sectarista ni dogmática.

  2. Sólo lo laico garantiza la libertad. La sociedad debe contar con una educación pública en el más amplio sentido de libertad.

  3. La obligatoriedad del Estado de educar a los niños y jóvenes es mandato dado por la sociedad y esto, en una sociedad democrática, es irrenunciable.

  4. Lo gratuito, indispensable social, habla del proyecto de nación que se pretende.

  5. La educación pública debe ser toda y en todos los niveles de formación.

Y, sobre todo, la sociedad debe tener la certeza de que: La ideología de la educación pública no puede, ni debe depender de la ideología del partido en el poder.