Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 4-5

(doble)

SECCIÓN

páginas

de la 32 a la 34 de 80

... el rollo

Guadalajara, México - Diciembre de 1993

Principal | Índice


La modernización educativa en el maestro

¿Actitud de desencanto o de cambio?

José María Nava*

* Asesor de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), Unidad 141, Guadalajara.

La realidad cotidiana nos presenta temas que no se desgastan, que no es posible agotarlos en discursos ni en slogans. Estos problemas tienen la singularidad de que en ellos cabe la opinión de todos, contemos o no con la información suficiente. Esto, porque es posible problematizarlos desde diferentes formas, y porque están en la epidermis de todos a los que involucra. Y también porque son categorías que no pueden entenderse a través de un concepto unívoco que nos deje a todos satisfechos.

La modernización educativa es una categoría que discurre en el quehacer diario de todos los que nos dedicamos a la educación. Se vuelve parte de las circunstancias a las que nos enfrentamos día a día; es parte ya de nuestra cotidianeidad.

Los propósitos centrales en que se sustenta la modernización son de que con ella la sociedad resuelve sus aspiraciones en la esfera educativa; cómo la entiende y hace referencia a ella es maíz de una nueva posibilidad que aspira a convertirse en paradigma de una vida democrática. Por ello nos invita a problematizarla con nuestra propia manera de ver las cosas en un intento de comprender mejor lo que sucede en nuestra realidad educativa. Pero en esa totalidad que causa muchos bemoles, existen algunos elementos que se convierten en ejes dinamizadores por los que germinan los desafíos educativos. Uno de ellos es la figura del docente. Sobre él caben muchas de las reflexiones, en las que hoy en día estamos parapetados.

Con la modernización educativa se busca un cambio, ante todo, una transformación en la manera en como el docente venía realizando su praxis, una nueva actitud para acercarse a ella.

Las actitudes del docente han surgido de creencias -pocas veces racionales- que han respondido al orden en cuestión. Hoy día, se busca sean modificadas por nuevas actitudes, que suponemos deben ser más racionales. Porque: "volver el mundo más racional no sólo es explicarlo y comprenderlo, es también transformarlo".(1) Creencias ontológicas acerca de lo que se considera razonable en cuanto al ser de la educación, pero con base en supuestos epistémicos que la experiencia le ha marcado como altamente valiosos.

El proceso de modernización lleva ya una inversión de tiempo. Ha caminado haciendo eco en todos los sectores de la sociedad, generando posturas, controversias y testimonios. Muchos desde afuera, otros desde dentro. Los maestros a estas alturas tienen ya su propia visión de lo que sucede en aquello en lo que se desenvuelven. Ha sellado en ellos dos actitudes: a). Una actitud de desencanto ante lo que la realidad le presenta y, b). Una de optimismo que acepta fielmente que la modernización está logrando en él una actitud de cambio. Pasemos a hacer una revisión de la primera.

Tal parece que en nuestra sociedad se pretende ver a la educación desde el maestro. El es, la medida de la problemática educativa. Dicho en términos modernos, él es el protagonista. ¿Pero cómo entienden muchos docentes este protagonismo? ¿Será que dicha óptica es una racionalización en la que el docente se siente víctima de ser dominado por una nueva burocracia?

Cuando el docente siente que esa nueva racionalidad constituye una forma de manifestarse del aparato administrativo, sin lugar a dudas que la modernización no ha podido lograr otra cosa que desencanto. Sería el desencanto de la modernización educativa. Con esta categoría el maestro asume una actitud que raya en el escepticismo ante la nueva realidad que se le presenta en materia educativa y laboral. No hay ya aceptación de los ideales educativos trazados por el Estado; se da el abandono al proyecto modernizador; sólo se acepta el presente; desaparece la ilusión educativa; tiende a perderse en su práctica el fomento a valores y verdades comunes a nuestra sociedad; responde como un existencialista: todo vale igual.

Se enfrenta a una situación absurda: se arguye que su participación es esencial, se le invita a que sea el actor principal en los cambios que las condiciones sociales reclaman; pero otra cosa es -y el maestro lo racionaliza- que a través de esa participación sea el verdadero artífice de la renovación. Ante ello, viene el abandono del proyecto. Por otro lado se resiste, hay una hostilidad frente a esas actividades que tienen la pretensión de actualizarlo. u que no son otra cosa -desde su óptica- más que el fracaso del clamoroso éxito.

El conformismo se apodera del espíritu de esos maestros al aceptar lo que está ahí: la realidad educativa tal como se presenta, sin ánimos de renovar nada, puesto que nada vale la actitud de cambio en el docente ante lo existente. "Hay quienes se instalan en el desencanto y lo racionalizan como un nuevo valor".(2)

Pero junto a esta actitud hay otra, que resulta ser significativa; es aquella que demuestra en el maestro una constante superación pero lo que sucede, un intento por cobrar conciencia de que el cambio es una tendencia propia del maestro en estos momentos; donde se pasa de la tradición a lo moderno, pero sin dejar de reconocer el punto que une a las dos prácticas educativas. En esta actitud, la nueva práctica educativa que reemplaza a la tradición, no busca desplazarla completamente, sino que pretende empatarla junto con la nueva tendencia, hacia un nivel superior.

El maestro no busca cancelar lo que durante mucho tiempo ha venido haciendo; sino que pretende transformar esa realidad por una actitud renovadora donde se confirme la libertad plena para que pueda ser puesta en marcha, de manera responsable, toda una experiencia que es racionalizada con el ánimo de transformar su práctica, con el deseo de que sus alumnos se conviertan en entes plenos de realización. Modernizar la educación es entonces, conducir la práctica educativa con racionalidad valorativa. Esta actitud no se observa en forma homogénea, sino que es una tendencia que presenta diferentes formas particulares de ver lo que se hace; es un giro que comparte intereses y proyectos comunes, por que se puede llegar a ellos a través de diferentes vías. Con esta actitud el maestro se da cuenta que sus iguales pueden valorar de diferentes formas lo que él hace; comprender el sentido que ellos le dan es adoptar una actitud intersubjetiva como fundamento epistemológico de la realidad que se pretende conocer para luego transformar; es fundamentar también esa actitud en una racionalidad, que coloca como meta estratégica la lucha en favor de una solidaridad comunicativa.

Con esa actitud el maestro pretende escapar del aislamiento en que durante mucho tiempo el aparato educativo, con ella el maestro se da cuenta que su intencionalidad adquiere significado en cuanto se entrega a un proyecto que él mismo puede y es capaz de crear. Los maestros no están dando lecciones de una nueva racionalidad, donde ellos sí son capaces de aceptar y tomar en cuenta lo valioso que encierra la práctica que realizan sus compañeros: "no pueden desligarse de proyectos comunes, opciones, valoraciones, que constituyen "formas de vida diferentes".(3) Nos están poniendo frente a una nueva concepción de lo que es la educación.

Estas dos actitudes, son las que hemos observado en nuestros compañeros maestros. Nos inclinamos de manera particular porque asumamos la segunda; aunque cabe señalar que la primera también es válida y constituye una manifestación importante y valiosa que no hay que olvidar. Pero consideramos que la segunda actitud es la que la sociedad reclama al maestro; de ahí que hay que sacar ventaja de ella; hay que verla como la opción que el maestro presenta para seguir creyendo en lo retos de la modernización educativa, una creencia que lo coloque en una práctica educativa en favor de los alumnos. No se trata de meter al maestro en un amor inconsciente a su actividad; sino de que el trabajo se ajuste a fines deseables e inteligentes y de manera más eficaz, esto es, que se le permita poner en boga criterios más razonables que los que lo caracterizan todavía. Por ello no caben los criterios formales y abstractos, las normas o fines de quienes no se enfrentan a un grupo de alumnos; se trata de que los involucrados, con nuevos esquemas racionales, logren crear, transformar y construir desde el aula nuevas formas de organizar la sociedad; se trata de permitirle al maestro que marque las pautas de la continuidad para salir de la irracionalidad y el atraso; de que el maestro se vaya dando cuenta de que la educación de la sociedad, es sobre toda una empresa moral, una apelación a una sociedad justa y fraterna donde él tiene la responsabilidad de elaborar el proyecto de una vida más libre.

La elección entre la decadencia y plenitud está en función de la respuesta a los retos de la sociedad actual. La decadencia supondría la carencia de vibración ante tales problemas, mientras que la plenitud supone la creatividad, el afrontar tales retos con sentido de responsabilidad.(4)

Los signos de una actitud de cambio están presentes en muchos docentes. Se trata ahora, de que no pierda la convicción de que los grandes problemas de la educación de nuestro tiempo son más bien éticos. Que se le respete, se le vea como persona, pero como persona en su "terminología originaria, como ser propason, como ser abierto a lo real, como relación con el origen, con los otros".(5)

Ahí tenemos el panorama que nos invita a problematizar sobre la educación de manera constante, para no descuidarla, para plantear la disyuntiva. Pero el lector nos preguntará, qué es lo que proponemos para que el maestro no transite las penurias de la modernización en el desencanto. Algo sencillo: que la autoridad racionalice que la apropiación de conocimientos, hábitos, valores y actitudes en nuestros alumnos no se da exclusivamente en el salón de clases; sino que la cultura se manifiesta en los variados espacios que la cotidianeidad presenta. Permitir que el maestro acerque al alumno a su entorno, para que lo conozca y se reconozca en él, es garantizarle el libre ejercicio de su tarea; es permitirle que contribuya decisivamente a que sus alumnos adquieran conciencia de su ser y de sus limitaciones, dentro de la realidad que vive, a partir de lo cual pueda orientar más certeramente su conducta. Por eso es tiempo de dejar que el maestro trascienda su labor al aula sin muros.

Finalmente diremos que la modernización educativa ha servido para elaborar instrumentos conceptuales que han entrado en uso; envolviendo a la sociedad en una nueva posibilidad de optimismo. Esperemos pues, que todos seamos capaces de que no nos lleve al fracaso, porque si es así, el maestro ya no estaría dispuesto a ser protagonista del mismo.

 

Notas:

1. Luis Villoro. "Filosofía para fin de época" en: Nexos, núm. 185, México, 16 de agosto de 1993, p. 44.

2. N. Lechnner. Los patios interiores de la democracia. FCE. México. p. 11.

3. Villoro, op. cit., p. 49

4. Jesús Ballesteros. Posmodernidad: decadencia o resistencia. Ed. Tecnos. Valencia, España, 1990. p. 101.

5. Ibíd.., p. 147.

Principal | Índice