Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 4-5

(doble)

SECCIÓN

páginas

de la 03 a la 03 de 80

nosotros los profes

Guadalajara, México - Diciembre de 1993

Principal | Índice


Adiós Ana María*

Equipo La Tarea

La muerte es cotidiana.

Y sin embargo parece tan lejana,

sobre todo en la Juventud.

Son otros los que mueren

aun cuando sea a mí a quien amenaza

la muerte a cada momento.

Louis-Vincent Thomas

Ana María Figueroa

Nuestra amiga, hermana de profesión, cómplice de correrías, compañera de batallas todas, nos ha dejado. Ana María Figueroa Pintor, maestra, ha muerto.

No haremos este recordatorio a su memoria una nota luctuosa, un culto necrófilo. No nos lo perdonaría, porque amó la vida. Tanto, que ofreció su existencia a revalorarla a través de su preocupación por la infancia ¿qué no hay acaso ejemplo más claro por la vida que pensar en los niños? Maestra normalista trabajó con ellos en sus juveniles correrías profesionales.

Otros proyectos la hicieron ampliar sus horizontes, pero ellos estuvieron siempre como el objetivo principal de sus esfuerzos intelectuales. Más, por aquellos niños necesitados de atención especial y cuidadosa debido a su endeble condición social y psicológica.

Pero no fue filántropa ni buscó para ellos la caridad humillante. No era esa su filosofía; sino que se enfrascó en el debate teórico y pedagógico sobre su condición humana y educativa para aportar juicios y alternativas propiciatorias para cambiar de raíz el desventajoso ambiente donde se supone deben aprender.

Cursó por ello la Escuela Normal de Especialidades y por eso delineó su campo terminal hacia la educación básica cuando llevó en la Universidad la maestría en Sociología.

Antes, al unísono de sus estudios normalistas había estudiado en la Facultad de Filosofía y Letras. Pero lejos de la petulancia que caracteriza a quienes hacen se su currículum una permanente quema de incienso, Anita capitalizó sus reflexiones para indagar las condiciones del proceso de conocimiento y otras actitudes de los niños que asisten a nuestras escuelas públicas.

Conocimos a Ana María en diferentes tiempos y circunstancias: condiscípulo, colega, militante, maestra. Caleidoscopio que sin embargo se resume en una personalidad ordinaria y modesta, enfrascada en un itinerario dedicado al trabajo creativo, al estudio, a la vida apacible, a veces al sigilo.

Pero un vértice indisoluble aunó nuestra visión común hacia ella: su amor secreto por la libertad. Secreto por que nunca vociferó consignas empapadas de retórica demagógica. Secreto porque partía de un sentimiento libertario de lo más íntimo de su alma y se plegó a su conducta y su trabajo en una tesitura que por cristalina parecía invisible. Libertad secreta porque la ejerció en el fino hilo de la cotidianeidad y en su condición personal de mujer y maestra.

Anita fue libre y quiso que esa libertad transitara hacia los amplios espacios de la vida social, principalmente dentro de los muros de la escuela pero también de la política y del campus académico, porque estos ámbitos determinan finalmente y en última instancia el contexto real y evidente donde el escolar llega, ve, aprende.

Fue comunista cuando ser militante implicaba refugiarse en catacumbas, aunque sólo fuese para repartir el periódico de su partido. Padeció las tribulaciones de una incompatibilidad sentimental, pero no desmayó al infortunio sino que fue desbrozando su vida con nuevos ímpetus; las contingencias parecían ser entonces un acicate para encontrar nuevas rutas hacia adelante.

Libertad, fina libertad la que Ana María desplegó al conjuro de sus propios fantasmas, íntimos y externos, recurrentes y soterrados. Condición imposible de comprender por las mentes pequeñas, aquellas que quisieron hacer de ella un número más en alguna nomenclatura del "seguidismo", de esos grupúsculos que se nuclean huérfanos de principios bajo una tutela ad hominem. Exactamente lo contrario a la propia condición de existencia de Ana.

Damos un adiós a Ana María. Ella guardó sigilosamente sus preocupaciones íntimas en lo más recóndito de su ser. No sabemos si fueron ellas o el ajetreo que imprimió a su quehacer creativo, profesional, exhaustivo, lo que calcinó su batallador corazón atribulado.

Lo cierto es que ha partido y que la soledad que deja su ausencia se ha cernido sobre nosotros. La sobrellevamos caminando sobre sus pasos, esforzándonos por retomar las utopías que a ella nunca la hicieron flaquear.


* Puede consultarse un artículo de la autoría de Ana María Figueroa Pintor con el título de: Los libros de texto y el aprendizaje de la historia, en el núm. 1 de esta revista. URL: http://www.latarea.com.mx/articu/articu1/ana1.htm

Principal | Índice