Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 4-5

(doble)

SECCIÓN

páginas

de la 48 a la 50 de 80

... el rollo

Guadalajara, México - Diciembre de 1993

Principal | Índice


La democracia en el aula como aporte a la prevención de la delincuencia

(Texto leído en el Primer Congreso Nacional para la Prevención del Delito;

Guadalajara, Jal., 12, 13, y 14 de enero de 1994. Se publica ampliado)

Víctor Manuel Caamaño Cano*

* Asesor de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), Unidad 141, Guadalajara.

La democracia en cuanto soberanía del pueblo, participación popular, se opone al privilegio, es decir, a la exclusión y la injusticia en que aquél se finca. Pero también, en cuanto igualdad de oportunidades, posibilita la justicia en la participación económica, social y cultural de un mayor número de individuos; el respeto a su identidad y a sus derechos.

Mientras exista mayor participación democrática real en la sociedad, se tendrán mejores posibilidades de evitar la opresión, injusticia, pobreza, desigualdad, así como el trastocamiento de un orden constitucional y armónico provocado por el descontento y la protesta y, también, por la violencia con la que el privilegio trata de imponerse para la interacción en las instituciones y organizaciones que en su agregación y suma constituyen la sociedad.

Una mayor democracia posibilita en primer término, un tejido social con mayor cohesión y, a la vez, mecanismos y canales más racionales y adecuados para procesar los conflictos y las contradicciones inevitables en cualquier sociedad compleja. En la actualidad, todas en mayor o menor medida lo son. Mientras mayor fortaleza democrática exista, se podrá garantizar de mejor manera la existencia de reglas generales de convivencia y lo que es óptimo, el auténtico respeto a la ley.

Una democracia fuerte y participativa garantiza de mejor manera la existencia de la pluralidad que contiene la sociedad en cuanto a estilos de vida, preferencias y opciones de los ciudadanos, diferencias de gustos y de opinión, y decisiones en el sistema electoral. La fortaleza democrática radica en que esos gustos y expresiones sean respetados en función de un acuerdo general que los regula y, también, en función de la importancia que tienen dentro de la sociedad tanto desde el punto de vista de garantizar su propio funcionamiento, como desde el punto de vista de la amplitud del sector que representan: el desposeído por serlo, no está exento de derechos (al menos jurídicamente); quien está en la abundancia, no por ello puede transgredir la ley, es decir, los acuerdos generales que como señales de tránsito regulan la vida cotidiana de los ciudadanos, que rigen los intereses en conflicto evitando apelar a la justicia por mano propia o a los abusos de autoridad. Una democracia fuerte produce instituciones sólidas.

¿Qué cuestiones de la vida diaria no requieren de una cultura democrática como prerrequisito para su mejor funcionamiento? Cultura democrática en cuya formación y consolidación la escuela cumple un importante papel.

Me serviré de algunos ejemplos para ilustrar lo anterior. En una encuesta reciente publicada en una revista de circulación nacional (Este país, núm. 31, octubre de 1993) se ponen de manifiesto algunas cuestiones que tienen que ver con la delincuencia. Como por ejemplo, la ignorancia de un gran número de personas con respecto a la ley (si no se le conoce, ¿cómo se le respeta?). Y asociado a lo anterior, el miedo a la policía. Por otra parte, la imagen de la autoridad: la corrupción, el engaño, el abuso, la ineficiencia y la inmoralidad han desprestigiado la imagen de quienes representan la autoridad y ejercen el poder en México.

Además, el paternalismo y la pasividad ciudadana permiten un importante patrón de comportamiento que los conduce a percibir que la lucha contra el crimen y la delincuencia es responsabilidad exclusiva del gobierno y sus autoridades. Indefensos y pasivos, estos ciudadanos esperan que "alguien" les resuelva esta cuestión (en el Distrito Federal tan sólo 25% conoce el teléfono de la policía). ¿Cómo se puede pedir a las autoridades efectividad en la lucha contra la delincuencia si los ciudadanos no están dispuestos a ayudar para ser protegidos.

Naturalmente que ello requiere información y confianza en las autoridades, pero también autoestima y confianza en sí mismos que, por cierto, la llamada "cultura de la pobreza" está muy lejos de proporcionar. Ya que, paradójicamente, y de acuerdo con la fuente citada, parece ser que cuanto mayor es el grado de satisfacción con la vida más alta será la disposición a reportar delitos y de manera inversa, cuanto mayor sea la insatisfacción, menor será la tendencia a denunciarlos.

Y, a propósito de la cultura de la pobreza, es necesario destacar la siguiente afirmación: "la familia mexicana, ese portento de unión, solvencia y fuerza moral vitoreado por algunos, o ese nido de vicio, incesto y promiscuidad condenado y a la vez exonerado por los estudiosos de la llamada ‘cultura de la pobreza’ está aquí en juego". Ya que parecería existir suficiente unidad en la célula doméstica promedio de los mexicanos para asegurar que un número significativo de delitos cometidos dentro de la familia, serán solapados por ella misma (op. cit.).

Comentario aparte merece la forma como se maneja la televisión comercial, tan altamente monopolizada. Verdaderas universidades del crimen deforman la personalidad de los espectadores del interminable desfile de violencia gratuita y sin sentido y de inducción a la delincuencia de diverso calibre, aderezadas de infatigables promocionales y comerciales ensalzando e induciendo al consumo de alcohol y tabaco, como antesala para adicciones más letales.

Para no hablar de la desleal competencia que provocan con la misión de la escuela, al robar la atención y el tiempo que exigen las actividades y las tareas escolares. La ironía de que el mayor monopolio televisivo ha suplantado a la sep, cuenta con una innegable evidencia.

Mientras que el espacio escolar trata de inculcar prácticas y valores positivos hacia la sociedad y el individuo, habilidades creativas, capacidad de participar constructivamente, etcétera; la obra televisiva arrasa con sus propuestas destructivas que a diario envenenan las mentes de niños, jóvenes, adultos, hombres y mujeres, bajo el inocente rótulo de cultura del "entretenimiento".

Le bastan unos cuantos minutos a la televisión, tal como se utiliza en nuestro país, supeditada a intereses mercantiles y políticos que resueltamente chocan con el interés democrático y social, para destruir el enorme y paciente esfuerzo cotidiano que supone el acto educativo. Las largas horas de interés y de atención hacia los niños y adolescentes, principalmente. Una verdadera tarea de Sísifo.

Los ejemplos anteriores nos permiten destacar la colosal responsabilidad de la escuela, en primer término como escuela para la democracia y la participación cívica. Asimismo, la urgencia de revalorar su función en la formación de individuos seguros de sí mismos, responsables, capaces de estar informados, de expresarse, de hacer peticiones, de optar y decidir, de defender sus derechos y el estado de derecho. En una palabra, de ejercitar la democracia.

Sin embargo, no podrá la escuela mexicana vigorizar las tareas de democratización, si los maestros no predican con el ejemplo, si no ponen en acción lo prescrito por el artículo tercero constitucional más que, en el mejor de los casos, enseñar a sus alumnos a recitarlo, si no revisan autocríticamente sus deficiencias e inhabilidades en cuanto al impulso a la democracia se refiere.

Dar la palabra al niño, ganarlo con la autoridad moral que da el reconocimiento en lugar de las presiones, chantajes, castigos o amenazas, preferidos por el autoritarismo; estimular sus aciertos y esfuerzos, ofrecerle en el aula las mejores condiciones de igualdad y libertad, erradicar toda forma de discriminación (racismo, pobreza, sexismo, religión, política...), habilitarlo para hacer valer la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza, considerar que su integridad biológica y psicoafectiva requiere del más absoluto respeto, enseñarlos a deliberar y pensar por cabeza propia, aceptar sus opiniones y proposiciones más que manipularlas, es la mejor escuela de democracia y para la prevención del delito.

 

Orientaciones y sugerencias

  • Hacer del conocimiento de los alumnos y ensalzar una cultura cívica de conocimiento y respeto a la ley, de manera sostenida y permanente. La peor contrapropaganda a estos propósitos, será que el maestro no predique con el ejemplo.

  • Despertar desde la más temprana edad, la inquietud de que la legitimidad de las autoridades brota del reconocimiento de los ciudadanos y que éste está asociado a una relación de respeto hacia la autoridad a la escala que sea, pero de exigencia a que se conduzca de acuerdo a la ley, la justicia y la honradez, porque, de no ser así, debiera ser revocada.

  • Inculcar que la democracia no es inalcanzable, ni está reservada a especialistas, que todos podemos decidir con nuestra participación y con arreglo a acuerdos y procedimientos claros para todos. Que la política se corrompe cuando se le desdeña y se deja en manos de unos cuantos sin la participación democrática de todos.

  • Una actitud cívica que urge rescatar es el valor civil de denunciar atropellos y hacer valer los derechos trascendiendo las declaraciones reivindicativas o lo prescrito en el papel en que están escritas las normas.

  • Instruir a los niños sobre los derechos humanos que les asisten y las formas de hacerlos valer, así como las medidas a tomar en casos de amenaza a ellos o transgresión a sus derechos. Es muy importante infundirles confianza capacitándolos en ese renglón.

  • Comentar con los alumnos los programas televisivos, en lo que a mensajes antidemocráticos se refiere: exclusión, intolerancia, racismo y glorificación de la injusticia y la violencia sobre los más débiles (niños, mujeres y minorías de cualquier tipo).

  • Y, lo más importante: predicar con el ejemplo cotidiano en el aula, dando espacio y hasta impulsando la libre expresión en un ambiente de respeto y tolerancia sin favoritismos, censuras o burlas; respetando opiniones en diferencia y enseñando el difícil camino de tal respeto; demostrar que se le reconoce al grupo escolar la capacidad de expresarse y organizarse de acuerdo a sus propios intereses o inclinaciones sin la imposición o tutelaje del maestro; evitar que las expresiones orales o corporales pongan de manifiesto actitudes segregacionistas, clasistas o racistas que ensalcen bienes materiales o ciertas apariencias físicas; y sobre todo, rehuir a la tentación de considerar la voz del maestro como indiscutible e infalible; la modestia y el realismo favorecerán la comunicación y el crecimiento de alumnos, pero también de docentes cuando se entienda que el maestro no es más que un facilitador que está muy por debajo del pedestal en que se quisiera situar. El beneficio de la duda metódica: como antídoto a certezas fijas, favorecerá con mucho el logro de este propósito.

Principal | Índice