Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 4-5

(doble)

SECCIÓN

páginas

de la 51 a la 53 de 80

... el rollo

Guadalajara, México - Diciembre de 1993

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La Historia como reconstrucción y disfrute:

apunte sobre el ejercicio de la crónica e historia regionales

La necesidad colectiva del pasado como identidad

José Antonio Ibarra Romero*

* Licenciado en Economía por la Facultad de Economía de la Universidad de Guadalajara (udg), realizó sus estudios de maestría en Economía, con especialidad en Historia Económica, en la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Economía de la UNAM, donde actualmente es profesor de tiempo completo.

Si hablamos de Historia, es porque para todos ésta es un disfrute: su lectura, reconstrucción, reflexión.

La Historia como conocimiento del pasado, como "resurrección imaginaria"(1) de lo social pretérito es, en mi opinión alternativamente un esfuerzo profesional y un ejercicio lúdico que va precedido de una sociedad colectiva de memoria, de un requerido recuerdo sistemático y de una explicación satisfactoria de éste, aunque provisionalmente aceptada.

De esta manera, la Historia no es sólo asunto de profesionales sino de la sociedad, no sólo de la precisión sistemática sino del "imaginario social"(2) vivo. Las continuas vueltas del tiempo vivido en lo cotidiano nos seducen para voltear los ojos del pasado, a veces con entusiasmo y en ocasiones con horror (como el Ángelus Novus de Walter Benjamin). El tiempo corre como el agua y la reconstrucción episódica de éste en la en la vida de todos asemeja un batán que golpea y golpea hasta lograr cribar el recuerdo y dar textura al pasado. La necesidad de alimentar esa memoria colectiva, de refigurar esa imaginación del pasado da al ejercicio de la crónica y de la historia una vitalidad inagotable.

Pero también, vale decirlo, la historia como "ejercicio memorioso" es la forma colectiva de convivir con ella. La crónica de familia –con sus luces y silencios–, la reseña de la vida pueblerina –con sus personajes, jerarquías y episodios íntimos– o la comprensión del pasado nacional como discurso de identidad, comparten una misma ansiedad social: identificarse con un pasado. Dicho de esta manera, la permanente pregunta "¿para qué sirve la Historia?" sale sobrando.

El historiador memorioso como suele llamarse a Luis González, conjuga esta dualidad del conocimiento histórico: necesidad y placer.(3) La combinación de recuerdos colectivos (de viva voz o glosados por la evocación), la reconstrucción documental e imaginación histórica pueden producir la crónica de todos. Bien puede ser asistemática, prejuiciosa, autocomplaciente y cándida, pero es también una versión plural del autoconocimiento social en el pasado: la llamada "microhistoria".(4)

Por su cuenta, el historiador profesional si bien comparte con el cronista la misma dualidad emocional –necesidad y placer– ha sometido en muchos casos el vértigo de la imaginación a la precisión y la evidencia empírica. La reconstrucción del pasado, cuando se parte de un conocimiento previo, de una herencia cultural e intelectual compleja suele tropezar con mayores dificultades para hacer fluir el pasado por su narración: de la proposición ética a precisión del lenguaje, los datos y la continuidad del discurso.(5) Así, mientras en las universidades se entrena a los historiadores para refigurar el pasado como objeto de conocimiento, en la sociedad se ejerce la historia como evocación imaginativa. Por ello, quizás, la lectura misma de la historia sea entre muchos de nosotros menos una práctica rigurosa y más un placer imaginativo.(6)

¿A qué viene –para redundar– toda esta historia? A la confirmación de que el antecedente general de una vocación –pasión por la historia– suele tener como mejor referente el disfrute de la historia, la imaginación del pasado y en menor medida la idea precisa de profesionalizarse. En cualquier caso, profesionales y memoriosos son productores de discursos históricos distintos pero complementarios, de pasados imaginarios diversos que como lectores podemos procurar o evadir. El placer del texto histórico, como escribiera Roland Barthes, está en la permanente resurrección del mismo, en verse leído interpretado de una manera lúdica o imaginativa.(7)

 

La necesaria renovación de la historia académica

Sin embargo, la necesaria autonomía social de la investigación científica obliga a repensar la relación entre la historia como "discurso" y la historia como "imaginario social".(8) Por varias razones, aún la historiografía con mayor rigor académico se ha visto en la necesidad de utilizar sistemáticamente, fuentes y testimonios de muy distinto tipo: iconografía, tradiciones orales, graffiti, imaginería popular, etcétera. Cada vez, entonces, la academia histórica se ve obligado a considerarlo "trivial social" e incorporarlo al conocimiento, es decir a repensarlo y transformarlo en conceptos y categorías, cada vez más dúctiles a la vida real.(9)

Así, entonces, si bien es cierto que en los últimos treinta años asistimos a un espectacular avance de la historiografía académica, cada vez más con mayores recursos técnicos y argumentales, también es verdad que la pulverización del conocimiento histórico –por vía de la especialización académica– ha llevado como contracorriente a la búsqueda de temáticas nuevas, a ensayar nuevos enfoques y replantear viejos problemas. De ello podemos concluir que, aunque la historia sea considerado un lujo académico, como conocimiento y como disfrute colectivo sigue siendo tan relevante como lo fue entre los pueblos antiguos. Es, finalmente, un conocimiento inseparable de la vida social.

 

La historia regional como conocimiento y como construcción

Ahora bien, la historiografía regional –tan de boga en las últimas décadas ha transitado por varios senderos: por el de la reconstrucción memoriosa del pasado –ya por sus actores o bien por sus cronistas– y también por el de la investigación académica profesional. Para ambos enfoques y modos de hacer historia "la región" es el objeto real de conocimiento y sujeto de la historia en tanto la unidad social es el pueblo, la comarca, el terruño, etcétera.

Así entonces, culturalmente hablando, se puede encontrar una identidad del alteño o sureño, del desarrollo de los valles, de la costa y en cualquier caso podremos hablar de una "personalidad regional", más aún de una diversidad y rivalidad que pasa por los prejuicios y las rutinas culturales de la vida social. Pero y ¿esto es la región socialmente hablando? ¿Es la geografía que al interactuar históricamente con la sociedad configura lo regional? o ¿simplemente es la forma en que se manifiesta la vida, el imaginario y el conocimiento del pasado en sociedades pequeñas? Quizá sean una mezcla de todo, pero de que se vive socialmente la regionalidad es cierto. La pregunta que queda es ¿conviene reconstruir –históricamente hablando– esta sensación social convertirla en materia de conocimiento especializado? Quizás en el camino de esta reconstrucción la historiografía regionalista ha perdido su encanto en tanto que ha ganado cientificidad académica.(10)

Sin embargo, desde mi punto de vista, la región como objeto de estudio y como sujeto de la historia es una invención, una construcción del imaginario científico que encuentra en la sistematización de datos y episodios la unidad de lo espacial, de lo cultural. De esta manera, la tradicional óptica ha convertido casi en una disciplina a la historia regional. son más de una veintena los buenos, por originales, libros de la materia, unos cientos los estudios relevantes e innumerables las monografías, pero aún hoy no contamos con una reflexión crítica sobre este ejercicio. No tenemos un balance historiográfico que vaya más allá de identificar temáticas, problemas y fuentes. El trabajo de Eric Van Young(11) es, desde luego, el mejor esfuerzo por sistematizar y comprender globalmente la práctica de los historiadores regionales académicos. Sin embargo, lo diverso e inasible de sus referencias conceptuales se refleja en los estudios académicos: las regiones, como dice Van Young son buenas para pensar un problema y mostrarlo, pero nada más.(12) Lo relevante del análisis regional, entonces, está en tomarlo como teatro explicativo de problemas históricos que rebasan la peculiaridad para explicar y puede. La crónica bien escrita y vívida, contrariamente, se recompensa con el sólo placer de la lectura.

Con este pesimismo epistemológico podemos concluir en que la historiografía regionalista popularmente leída ha logrado más una función cohesionadora en el discurso político y cultural que en la investigación académica. En breve, prefiero el optimismo con que la crónica glosa el pensamiento local que cualquier Historia General del Estado de Tal (con mayúsculas claro) donde suele describirse el pasado de algún territorio de nuestra ficticia federación, como un conjunto social con una personalidad y unidad histórica propias desde tiempos inmemoriales. Esa historiografía institucionalizada es prescindible o bien reemplazable por una buena crónica de época. Porque al final de todo esta discusión, coincidiendo con Van Young: las regiones son buenas para pensar cuando se quiere llegar a ello.

 

Notas

1. El concepto es de Elías Trabulse.

2. Ver Enrique Florescano: Memoria mexicana. México, 1992.

3. Su pueblo en vilo, El Colegio de México (1986), así lo muestra. Existe una versión popular en Lecturas Mexicanas, FCE/SEP, vol. 59.

4. "La microhistoria es la menuda sabiduría que no sólo sirve a los sabio campanudos –nos dice Luis González–. Es principalmente autosapiencia popular con valor terapéutico, pues ayuda a la liberación de las minisociedades, y a su cambio en un sentido de mejoría proporciona viejas fórmulas de buen vivir a los moralistas; procura salud a los golpeados por el ajetreo y ha venido a ser recientemente (1985) sierva o ancla de las ciencias sistemáticas de la sociedad; destruye falsas generalizaciones y permite hacer generalizaciones válidas a los científicos sociales", en Invitación a la microhistoria. FCE/CREA. México, 1986. p. 134-135.

5. Ver la crítica de Michel del Certeau: La escritura de la historia. Universidad Iberoamericana. México, 1985. pp. 15-30.

6. "¿Por qué en tantas obras históricas, novelescas, biográficas, hay un placer en ver representada 'la vida cotidiana' de una época de un personaje? ¿Por qué esta curiosidad por los detalles: horarios, hábitos, comidas, casa vestidos, etcétera? ¿Es por el gusto fantástico de la 'realidad' (la materialidad misma del 'eso ha sido')? ¿Y no el fantasma mismo el que convoca el 'el detalle', la escena minúscula, privada, en la que puedo fácilmente tomar mi lugar? En resumen, habría 'pequeños históricos' (esos lectores) que obtendrían goce de un singular teatro: no el de la grandeza sino el de la mediocridad (¿si es que hay sueños, fantasmas de mediocridad?)". Roland Barthes. El placer del texto. Siglo XXI. México, 1974. p. 86.

7. "Cuánto más una historia está contada de una manera decorosa –sostiene Barthes–, sin dobles sentidos, sin malicia, edulcorada, es mucho más fácil revertirla, ennegrecerla, leerla invertida (Mme. de Ségur leída por Sade). Esta reversión, siendo pura producción, desarrolla soberbiamente el placer del texto". Ibíd.., p. 44.

8. "Es necesario marcar bien los imaginarios del lenguaje, a saber: la palabra como unidad singular, el lenguaje como instrumento o expresión del pensamiento, la escritura como transliteración de la palabra, la carencia misma o la negación del lenguaje como fuerza primaria, espontánea, pragmática. Todos esos artefactos son asumidos por el imaginario de la ciencia (la ciencia como imaginario); la lingüística enuncia muy bien la verdad sobre el lenguaje pero solamente en esto: que ninguna ilusión consciente es realizada; es la definición misma de lo imaginario; la inconsciencia del inconsciente." R. Barthes. Op. cit., p. 54.

9. Ver los balances historiográficos de Solange Alberro: "La historia de las mentalidades: trayectoria y perspectivas"; y de Magnus Mörner: "Historia social hispanoamericana de los siglos XVIII y XIX: algunas reflexiones en torno a la historiografía reciente", en: revista Historia mexicana. El Colegio de México. XLII, 2, núm. 166. México, octubre-diciembre de 1992.

10. ver el entusiasta artículo de Pedro Pérez Herrero en su compilación: Región e Historia en México (1700-1850). Instituto José María Luis Mora. México, 1991.

11. "Hacer la historia regional: consideraciones metodológicas y teóricas", en: La crisis del orden colonial. México, 1992. pp. 429-451.

12. Eric Van Young. "¿Son buenas las regiones para pensar?: espacio, clase y Estado en la historia mexicana" (mimeograma), del seminario permanente de historia regional del posgrado de economía. UNAM, 1991 (de próxima aparición en la revista Ensayos).

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