Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 2-3

(doble)

SECCIÓN

páginas

de la 08 a la 09 de 76

... nosotros los profes

Guadalajara, México - Enero-junio de 1993

Principal | Índice


Los castigos corporales en la escuela, una historia que no termina

Manuel Moreno Castañeda*

* Catedrático de la Escuela Normal Superior de Jalisco. 

Cuando nos vemos envueltos en todo ese mundo de discurso y esa avalancha de pregones que promueve y anuncia (¿otra vez?) la modernidad, pareciera que los modos educativos tradicionales se están quedando atrás; sin embargo hay inercias y rutinas que se niegan a desaparecer y siguen sus propios ritmos y maneras sin hacer mayor caso de los avances de las ciencias pedagógicas y de los llamados y órdenes de la políticas educativa. Tal es el caso de la represión escolar que no pocas veces se manifiesta en la aplicación de castigos corporales, en este aspecto pueden afirmarse que ya en la puerta del siglo XXI y aún no terminamos de salir del XIX, aunque sin duda algo se ha avanzado en esta campo y a lo largo de estos últimos cien años.

Haciendo una breve reseña de los castigos corporales, (como si fuera una historia de la tortura) aparecen: jalones de patillas, borradorzazos, nalgadas, varazos en glúteos, brazos, piernas, espalda, cabeza, etc., orejas de burro, hincarse a medio patio, pararse en una esquina y, desde luego, todo esto acompañado de gritos, ofensas, humillaciones y todo lo que al profesor puede ocurrírsele en su desesperación y angustia por someter a sus alumnos a un ambiente disciplinario, acorde con su modo y estilo de enseñar; de esta manera la disciplina se convierte en su principal preocupación.

La reflexión sobre este asunto nos llevó a evocar problemas semejantes que se vivían en la educación jalisciense a fines de los años veinte y cómo algunos de los profesores más conscientes de la época expresaban sus preocupaciones. En revistas como Vanguardia, en cuyo número de abril de 1929, encontramos las siguientes palabras de Luis Santillano:

La objeción primera que suele presentarse contra la participación más espontánea del alumno en la vida de la escuelas se refiere a los peligros que ello puede entrañar en orden al mantenimiento de la disciplina.

Se parte del concepto y realización de la escuela actual que sucesivamente lleva consigo un tipo dado de gobierno, en el cual toda la autoridad reside en el maestro.

En efecto, así era y no fácilmente el maestro iba a renunciar a su autoridad; además los mismos padres temían alguna alteración de la normalidad escolar a que estaban habituados "quizá el temor a un fracaso o tal vez el desconocimiento de la materia de enseñanza han hecho que los maestros desistan de promover la nueva marcha que se debe imprimir a la escuela" se decía en la revista citada y el mismo maestro Santillano hablaba de las condiciones objetivas en las que tenían que trabajar los profesores para explicar su actitud autoritaria: Dentro de una aula poco holgada, sin otra expansión que la calle o cuando más un patio reducido y polvoriento, el maestro hace bastante con mantener el orden, el consabido orden de los alumnos que se inquietan en los incómodos bancos o se fatigan por la continua inmovilidad ante la pizarra".

En la misma revista, en noviembre de ese año, el profesor Diego Huízar Martínez comentaba: "Frecuentemente, mejor dicho, cada día y a cada hora, vemos despiadada y absurdamente, aplastar la individualidad infantil, pasar por sobre ellas como sobre un objeto o cosa, olvidar sus intereses o necesidades, sus ingenuos anhelos y sus inclinaciones".

Así la escuela activa, la libertad, la democracia escolar y otros ideales educativos de la época en gran parte se frustraron, por las limitaciones impuestas por la tradición y las condiciones reales de trabajo. De manera que los castigos y la represión a la libertad infantil, sortearon con éxito los buenos propósitos pedagógicos de estas primeras propuestas educativas de la Revolución Mexicana. Situaciones semejantes se han vivido cuando han surgido propósitos reformadores, como fueron el Plan de Once Años, la Reforma Educativa de Luis Echavarría y la "Revolución Educativa" de Miguel de la Madrid que se centraron en los cambios académicos, planes de estudio, programas, libros, métodos, etc., pero dejaron intactas las condiciones escolares y sus modos de organización y relación social interna, las cuales en gran parte definen las relaciones de autoridad que todavía pesan sobre los alumnos de educación básica, en especial de la escuela primaria, que tal vez por ser la más antigua de este nivel, es la que carga con inercias y rutinas más difíciles de superar.

¿En esta reforma que estamos viviendo, hasta dónde podrán mejorarse las relaciones maestro-alumno?

Este problema no debe verse como algo aislado, eventual o sólo debido al desequilibrio emocional de algunas personas que se desempeñan como profesores sino como la evidencia de una grave situación social. No se trata sólo del hecho de que existan profesores represivos, sino a que estos es reflejo de una sociedad autoritaria y represiva que se crea y pone en funciones a estos profesores, agregando a su desequilibrio emocional e incapacidad pedagógica, el tener que trabajar con grupos numerosos y en condiciones físicas, ambientales y socio-escolares poco propicias para una labor educativa eficiente y respetuosa.

En una sociedad donde la violación de los derechos humanos es un asunto cotidiano, violar los derechos y la dignidad de los alumnos parece algo natural; por lo tanto antes que rasgarnos hipócritamente las vestiduras por un caso aislado (como recientemente lo hizo Televisa), debemos luchar por construir una sociedad más justa, democrática y respetuosa, en donde el respeto a la dignidad infantil sea una conducta lógica y cotidiana y ello de manera natural se manifiesta en la escuela.

Principal | Índice