Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación

No. 2-3

(doble)

SECCIÓN

páginas

de la 70 a la 70 de 76

... el recreo

Guadalajara, México - Enero-junio de 1993

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Tres personajes distintos y un solo escritor verdadero

Ana María García Castañeda*

* Coordinadora del Área de Docencia de la Dirección de Educación Abierta y a Distancia de la Universidad de Guadalajara (udg).

Al "negro" Guerrero

y a su primo como pretexto.

Portada del libro de Gonzalo Celorio: Amor propio. Tus-Quest [Col. Andanzas]. México, 1992.

Asomado desde el barandal de la escalera, Moncho presenciaba la fiesta; antes había sido protagonista esencial en los preparativos, las "cocas" adquiridas en la tienda de la esquina sin importe, así lo atestiguaban; preparó también el escenario para el baile, donde Roberto su hermano, aprovechando a Virginia López con su "Amorcito azucarado que sabe a bombón", bajaría la mano más de la cuenta y al mismo tiempo mordería el lóbulo de alguna oreja excesivamente perfumada, con riesgo de tragarse el arete.

En un descuido, justo cuando iniciaron las "calmaditas" y, aprovechando los ojos entrecerrados de los bailarines, que ya no veían nada, y el "Only you", indispensable tema del "Hit Parade", que debe ser escuchado en toda reunión que se precie digna, Moncho se apodera de la portada del disco de la Montiel, aquel en el que aparece con un escote interminable y, ahí, en la intimidad de su cuarto, sin prestar atención a "Los marcianos llegaron ya", e inspirado/ ayudado por las cejas arqueadas, la mirada cachonda, los labios entreabiertos y, desde luego el profundo y generoso escote, Moncho se sume con las sienes palpitantes en el "Amor propio".

Después de la salida de la Prepa, el sello de los Hermanos Maristas en la formación básica, el traje gris, al que habrá de hacerle algunos ajustes, pues era del padre. Ahora ausente. El baile de graduación, el carro prestado, "Opel" para más señas, que desde luego pertenece al cuñado, las primeras llegadas tarde, la luz del cuarto de la digna/luchona/sufrida/madre/viuda; Lucía y el primer beso, el de amor, el que no se le da a cualquiera.

Una tarde a Moncho lo sorprende el sueño de las letras, ahora su nombre se pronuncia Ramón; Ramón escribe, Ramón lee a los Clásicos. La Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM es el escenario de la búsqueda, de la necedad de cuajar páginas en blanco de la literatura.

Ramón encuentra un disfraz apropiado: mezclilla, greña larga y el "Vocho" que no se raja, donde descubrió, al meter tercera el desenfado de las piernas femeninas e, invariablemente, como en aquella noche de "Amor propio", la sangre se le agolpa en las sienes. Cortázar y su "Rayuela" bajo el brazo le acompañan siempre. Circulando por la Avenida Insurgentes en el cruce con Álvaro Obregón, a unas cuantas calles de CU, se le atraviesan los tanques de los granaderos, las "pintas" que reclaman justicia y que atacan a la burguesía; a Ramón se le atora en los puños y en la garganta el grito de su generación, la del 68.

Época de "chavos macizos", del paraíso verde instalado en Puerto Escondido, de la huella de "Avándaro" en la memoria, de las "buenas vibras" que dejó el eclipse. Etapa para identificarse con el maestro/cuate/sabio Juan Manuel, con el que Ramón comparte la pasión por la literatura; el profe que se fue desgastando y perdió estatura y disminuyó en peso, porque nunca se decidió a dejar el magisterio y se afanó en la vergonzante tarea de posponer su escritura personal.

Se cumple el presagio, o la ley de la vida, o el desarrollo natural, o vaya usted a saber que, con el amor que se inventa a fuerza de orgasmos compartidos, y al que luego se le llama "pareja", o "compañera", compañera que Ramón aceptó en su espacio, pero despojada de la terrible mancha del convencionalismo matrimonial, apenas una reunión con los cuates, con los meros macizos, con los auténticos, para anunciar que "ella y yo", compartiremos el mismo espacio, la misma cama, el mismo baño. Ramón y Susana desnudos el uno frente al otro, se preocupan más que ocuparse en ejercer su libertad, libertad que los obliga al "yo" y "tú", pero nunca a trabajar el "nosotros".

Se inicia el juego, el invento de juntas extraordinarias, los ¿pequeños? Engaños; a los amigos se les recibe en el "depa" con queso, pan y vino, a la pareja anticonvencional se le gasta y desgasta el ánimo, la cama se comparte, pero no el orgasmo; entonces regresan al principio, a estar solos.

En este juego de individualidades engañosas, Gonzalo Celorio transmite, con letras que de tan vivas parece que se burlan, la tristeza y soledad profundas del muchacho grande que se traga aquello de que "el lecho ajeno es de quien lo trabaja", y nos despierta a la dolorosa realidad de Ramón Aguilar, a eso de los 40 de edad, cuando se da cuenta de haber trabajado tan poco o tan nada el propio.

Moncho, Ramón, el Lic. Aguilar, que aprendió a no confiar en los de más de treinta, son el personaje que sirve de pretexto a Celorio, en esta su primera novela, para hacer un recuento minucioso de su vida. ¿coincidencias?, no, tal vez, siendo cuidadosos, similitudes. Aguilar, el cumpleañero de más de treinta, como el autor no abandona la Facultad, se nota productivo y con "puesto" oficial; Celorio de 44, también concluye la carrera de letras y ahora coordina la Difusión Cultural de la UNAM.

Amor propio, ¿es, entonces, una novela autobiográfica? Descúbralo sumiéndose en el texto de 194 páginas, donde Gonzalo Celorio muestra eso que se considera como un talento, el de contar/decir más de lo que está escrito, el don para ocultar, tras las grafías, el sentimiento.

Celorio Gonzalo.

Amor propio.

Tus-Quest [Col. Andanzas].

México, 1992.

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