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... el recreo

Cítese este artículo como: Suárez Dávila, Gabriela M.: "El Zarco, antítesis del indio durante la Guerra de Reforma. La mirada del maestro Altamirano", artículo publicado en: La Tarea, revista de educación y cultura de la Sección 47 del SNTE/Jalisco (núm. 20, Guadalajara, Jalisco, México, julio de 2009. pp. 137-140).


El Zarco
Antítesis del indio durante la Guerra de Reforma
La mirada del maestro Altamirano

Gabriela M. Suárez Dávila*
* Licenciada en Letras por la Universidad de Colima; maestra en Literaturas del siglo xx por la Universidad de Guadalajara (udg), donde se desempeña como correctora de estilo en el Sistema de Universidad Virtual, también es profesora de asignatura del Bachillerato a Distancia.

Ignacio Manuel Altamirano, el pensador, el maestro de escuela, es la figura literaria más relevante de la segunda mitad del siglo xix, por su intento de crear una literatura que integrara el carácter nacional; con esa idea y con la ayuda de Gonzalo A. Esteva funda y dirige, en 1869, la revista El Renacimiento, en la que publica la que sería considerada como la primera novela moderna de México: Clemencia.

     Nacido en Tixtla (hoy estado de Guerrero) el 13 de noviembre dea 1834, Altamirano ingresó en 1849 al Instituto Literario de Toluca, favorecido por una beca para alumnos indígenas, creada a propuesta del intelectual y político Ignacio Ramírez, de quien se haría su discípulo. Luego incursiona en el estudio de Leyes en el Colegio de San Juan de Letrán, en la ciudad de México, interrumpido por la Guerra de Reforma, en la que participa al lado de los liberales. Su actividad en la política del país y su vasta cultura le darían los elementos para crear El Zarco, escrita entre 1885 y 1888 y publicada en 1901, su última novela, considerada, junto con Navidad en las Montañas (1870) y Clemencia (1869), como su obra más importante.

     En El Zarco, su autor nos ofrece una panorámica de la situación de inestabilidad que vivió el país durante la Guerra de Reforma, en la que el gobierno federal, ocupado en la combatir la guerra civil, dejó de lado el combate al bandolerismo que se generó a raíz de esa lucha entre conservadores y liberales:

Los bandidos [...] se habían organizado en grandes partidas de cien, doscientos y hasta quinientos hombres, y así recorrían impunemente toda la comarca, viviendo sobre el país, imponiendo fuertes contribuciones a las haciendas y a los pueblos, estableciendo por su cuenta peajes en los caminos y poniendo en práctica todos los días, el plagio, es decir, el secuestro de personas, a quienes no soltaban sino mediante un fuerte rescate (Altamirano, 1977: 13).

     Este contexto es precedido por una bella descripción de Yautepec, lugar donde se desarrolla la historia de Manuela, quien desprecia el amor bien intencionado de Nicolás, por su aspecto indígena, y prefiere huir con “El Zarco”, uno de los cabecillas del grupo de bandidos que azotaban la zona y cuyo apodo se debía al color de sus ojos y la blancura de su piel.

     El ideal que ella se había formado, desde que conoció a “El Zarco”, en Cuernavaca, y durante los secretos amoríos que mantuvieron en Yautepec, no correspondía en forma alguna a la realidad. El lugar era vulgar y los colegas de su hombre dejaban mucho qué desear. Apenas unas horas después de su huida, Manuela no puede ocultar su arrepentimiento al percatarse, además, de que podía ser una de tantas para “El Zarco”, quien una vez que se aburriera no dudaría en compartirla con sus lujuriosos compañeros, como “El Tigre” y Salomé Plascencia, éste último líder principal de la banda. Al notar el cambio de actitud en Manuela, cuyos pensamientos estaban ahora con el hombre que había despreciado, y movido por los celos, “El Zarco” se convirtió en un barbaján como cualquiera de los otros ladrones.

     Manuela estaba lejos de pensar lo que ocasionaría su huida: la muerte de su madre, Doña Antonia, mujer muy apreciada por Nicolás a quien, por otra parte, el mismo hecho terminaría por aniquilar los últimos sentimientos de amor hacia su pretendida.

     Doña Antonia cayó gravemente enferma luego de caer en la cuenta, por la nota que le envió su hija, de que ésta no había sido raptada sino que había huido de manera voluntaria; no sin antes pedir la ayuda de Nicolás para recuperarla, a quien le tenía también un profundo cariño y hubiera querido por yerno, y de recurrir al prefecto y a la tropa federal que acababa de arribar al poblado. Lejos de prestarle la ayuda requerida el comandante de la tropa mandó apresar a Nicolás por haberlo enfrentado a su propia cobardía, disfrazada por el servicio de seguir órdenes superiores de continuar la marcha para cumplir la comisión de escoltar a Don Benito Juárez (antes de llegar a la Presidencia de la República) hacia la ciudad de México. Esta situación condujo a un hecho inesperado: cuando Pilar, ahijada de Doña Antonia y amiga de Manuela, supo de la suerte del joven, no pudo acallar más sus sentimientos y rogó que le permitieran cruzar unas palabras con él; ante la negativa de uno de los celadores que le urgió a que se retirara para evitar el posible maltrato del comandante hacia ella, en caso de que se presentara en ese momento, la joven manifestó su deseo de morir en lugar de Nicolás.

     Las palabras de Pilar, huérfana desde chica, fueron escuchadas por Nicolás y, en cosa de tres horas, acabó por descubrir el amor malsano que había tenido hacia Manuela y el amor puro que nacía en él hacia Pilar, con la que terminaría casándose una vez pasados el funeral y entierro de Doña Antonia, justo el día en que son atrapados “El Zarco” y sus secuaces.

     Manuela, al imaginar el amor perdido de Nicolás y la posibilidad de que hiciera vida con Pilar, de quien con anterioridad sospechaba los sentimientos albergados hacia él, terminó por aceptar su destino al lado de “El Zarco”. Murió presa de los celos y presenciando la muerte del que desató su codicia confundida con amor.

     La narración está conformada por veinticinco capítulos, titulados cada uno con el tema que es tratado en ellos, y elaborada en tercera persona, con intervenciones de los propios personajes que exponen sus puntos de vista sobre el estado de terror en que viven a partir de la llegada de los pillos y su asentamiento en Xochimancas, en las cercanías de Yautepec, durante los últimos meses de 1861 y hasta finales de 1862 en que concluye la novela.

     La descripción de los personajes muestra la simpatía del autor hacia los de su raza, detallando y exaltando sus virtudes y valores morales, así como su fisonomía; lo que vemos desde el principio al referirse a Pilar:

[...] era morena; con ese tono suave y delicado de las criollas que se alejan del tipo español, sin confundirse con el indio, y que denuncia a la hija humilde del pueblo. Pero en sus ojos grandes, y también oscuros, en su boca, que dibujaba una sonrisa triste siempre que su compañera decía alguna frase burlona, en su cuello inclinado, en su cuerpo frágil y que parecía enfermizo, en el conjunto todo de su aspecto, había tal melancolía que desde luego podía comprenderse que aquella niña tenía un carácter diametralmente opuesto al de la otra (Altamirano, 1977: 15-16).

     Y de manera más acentuada cuando describe a Nicolás:

[...] joven trigueño, con el tipo de indígena bien marcado, pero de cuerpo alto y esbelto, de formas hercúleas, bien proporcionado y cuya fisonomía inteligente y benévola predisponía desde luego en su favor. Los ojos negros y dulces, su nariz aguileña, su boca grande, provista de una dentadura blanca y brillante, sus labios gruesos, que sombreaba apenas una barba naciente y escasa, daban a su aspecto algo de melancólico, pero de fuerte y varonil al mismo tiempo [...], hombre culto, ennoblecido por el trabajo y que tenía la conciencia de su fuerza y de su valer (Altamirano, 1977: 26-27).

     Los adjetivos “suave y delicado”, en la primera descripción, e “inteligente” y “benévola” en la segunda, dan cuenta de lo anteriormente expuesto que, sumado a la “melancolía”, que subyace en ambos personajes, exhiben el carácter del criollo orgulloso de sus raíces indígenas: la humildad de la huérfana y del indio vencido, y la dignidad del buen proceder y del respeto ganado con base en su trabajo; esta idea se hace más explícita en boca de Nicolás, quien al tratar de convencer a Pilar de la autenticidad de su amor hacia ella, expresa:

¿Yo había de seguir queriendo a una perdida que se dejaba robar por un asesino y un ladrón? ¡Imposible, imposible! De padres a hijos, en mi familia india, nos hemos transmitido las ideas de honradez altiva [...]. Nosotros hemos sido pobres, muy pobres, pero alguna vez yo contaré a usted cómo mis antepasados, en sus montañas salvajes, en sus cabañas humildísimas han sabido, sin embargo, conservar siempre su carácter limpio de toda mancha de humillación o de bajeza. Han preferido morir a degradarse, y eso no por vanidad, ni por conservar una herencia de honor, sino porque tal es nuestra naturaleza. La altivez en nosotros es parte de nuestro ser. Así, pues, figúrese usted si yo podría haber sentido por Manuela, después de lo que ha hecho, otro sentimiento que el de una compasión despreciativa. Hacer otra cosa hubiera sido una degradación (Altamirano, 1977: 114).

     El mismo honor del que habla Nicolás, provoca el temor de “Los Plateados” y el valor decisivo del prefecto para organizar una comitiva que impide su fusilamiento en manos del comandante.

     En contraposición, en las características empleadas para los antagonistas encontramos calificativos más bien negativos ligados a la raza más marcada de la que proceden, con adjetivos como “soberbio” , “desdeñoso” y “burlona”:

[Manuela era] blanca, con esa blancura un poco pálida de las tierras calientes, de ojos oscuros y vivaces y de boca encarnada y risueña, tenía algo de soberbio y desdeñoso que le venía seguramente del corte ligeramente aguileño de su nariz, del movimiento frecuente de sus cejas aterciopeladas, de lo erguido de su cuello robusto y bellísimo o de su sonrisa más bien burlona que benévola (Altamirano, 1977: 15).

     En el capítulo V, que lleva como título el mote del bandido: “bien proporcionado, de espaldas hercúleas y cubierto literalmente de plata” (Altamirano, 1977: 35), el enfoque está puesto más en el sello de pertenencia a “Los Plateados”, que se internan en la noche para cometer sus fechorías, proporcionando amplios detalles del ornamento de su vestimenta y su caballo; hasta tres capítulos más adelante nos cuenta el origen del malhechor, del que nunca conocemos su nombre y nada tenía que ver con la honradez de sus padres “que habían querido hacer de él un hombre laborioso y útil” (Altamirano, 1977: 55). Después de hablarnos sobre su “conducta desordenada”, su inclinación a la haraganería “por naturaleza y por afición”, y de cómo incursionó en la delincuencia, retoma la primera descripción acentuando su punto de vista sobre el blanco:

[...] no tenía mala figura: su color blanco impuro, sus ojos de ese color azul claro que el vulgo llama zarco, sus cabellos de un rubio pálido y su cuerpo esbelto y vigoroso, le daban una apariencia ventajosa; pero su ceño adusto, su lenguaje agresivo y brutal, su risa aguda y forzada, tal vez le habían hecho poco simpático a las mujeres (Altamirano, 1977: 56-57).

     Cuando se menciona a Martín Sánchez Chagollán, también de ojos de color que lo emparentan con la misma raza, la descripción física es más benévola, quizá por ser éste el personaje que acaba finalmente con la vida de “El Zarco”:

De estatura pequeña, de cabeza redonda, y que parecía encajada en los hombros por lo pequeño del cuello, sus anchas espaldas, sus brazos hercúleos y sus piernas torcidas y nervudas, revelaban en él al trabajador infatigable y al consumado jinete.

Sus ojos pequeños, verdosos y vivos, su nariz aguileña, su cara morena y bien colocada, su boca de labios delgados y fruncidos, su barba rasurada siempre juntamente con su frente estrecha y sus cabellos cortados a peine y casi rizados, la daban cierta apariencia felina.

     Y para enfatizar su función de “cazador de plateados”, termina el párrafo con la frase: “Tenía una vaga semejanza con los leopardos” (Altamirano, 1977: 170-171).

     Antes de entrar en detalles de su fisonomía y, aún más, de explicar las razones que mueven a Sánchez Chagollán a perseguir a los plateados, encontramos características que lo asemejan a los indios:

[...] retraído, casi tímido, vivía entregado exclusivamente a los trabajos rurales en un pequeño rancho que tenía a poca distancia de Ayacapixtla, cerca de Cuautla de Morelos [...] era un hombre de bien a toda prueba, uno de esos fanáticos de la honradez, que prefieren morir a cometer una acción que pudiera manchar su nombre o hacerlos menos estimables para su familia y sus amigos (Altamirano, 1977: 169).

     El estilo de Manuel Altamirano es sencillo y claro, lo que hace que la lectura sea ligera y fluida; sólo adolece, a simple vista y revisando las descripciones de los hombres más importantes en la historia, del abuso de la palabra “hercúleas” o “hercúleos”, que utiliza para definir las formas de Nicolás, las espaldas del Zarco, y los brazos de Martín Sánchez Chagollán. Sin embargo, las descripciones de los espacios, los lugares, está dotada de una belleza extraordinaria, que nos hace pensar en el profundo amor que Altamirano tiene a la provincia.

     El autor también de Julia (1867), la primera de sus novelas, advirtió que “en el proyecto de reforma tenía que figurar la literatura como parte de la existencia nacional” (Brushwood, 1938: 171) y “creyó que la novela podía y debía emplearse con fines didácticos” (Brushwood, 1938: 205); así lo vemos en El Zarco, donde la melancolía en Pilar y Nicolás es lo que la codicia para Manuela y “El Zarco”: el rasgo que caracteriza y define su destino: para unos la vida próspera y para los otros la muerte trágica.

     Al triunfo de los liberales, Ignacio M. Altamirano ocupó varios puestos políticos: procurador general de la nación, magistrado de la Suprema Corte de Justicia, diputado al Congreso de la Unión y oficial mayor de la Secretaría de Fomento; simultáneamente participó en la fundación de los diarios El Federalista en 1871, La Tribuna en 1875 y La República en 1889, además de editar el Correo de México en 1869, con Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto. También representó al país en el extranjero como Cónsul General de México en España y después en Francia, en un “voluntario destierro consular en el que se apagó la intensa y útil flama de su vida” (Gamboa, 1988: 35-36) el 13 de febrero de 1893 en San Remo, Italia, donde estableció su última residencia.


Bibliografía

Altamirano, Ignacio M. El Zarco. Editorial Concepto. México, 1977.

Brushwood, J. S. México en su novela. Ed. fce. México, 1938. [1ª edición, 3ª reimpresión].

Gamboa, Federico. La Novela Mexicana. Universidad Nacional Autónoma de México-Universidad de Colima. México, 1988. [Col. La crítica literaria en México, No. 4].

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