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el recreo

Cítese este artículo como: STREET, Susan: "Un recorrido por los pasillos subterráneos y laberínticos del trabajo docente
Comentarios al libro:
¿Es el trabajo docente una profesión o es la profesión docente un trabajo?,
de María del Carmen Montero Tirado
", artículo publicado en: La Tarea, revista de educación y cultura de la Sección 47 del SNTE/Jalisco (núm. 20, Guadalajara, Jalisco, México, julio de 2009. pp. 135-136).


Un recorrido por los pasillos subterráneos y laberínticos del trabajo docente
Comentarios al libro: ¿Es el trabajo docente una profesión o es la profesión docente un trabajo?,
de María del Carmen Montero Tirado

Susan Street*
Participación como comentarista en la presentación del libro: ¿Es el trabajo docente una profesión o es la profesión docente un trabajo?, de María del Carmen Montero Tirado de la upn Ajusco, en la Unidad 142 de la upn en Tlaquepaque, Jalisco, el 24 de abril de 2008.
Doctora en Educación Internacional por la Universidad de Harvard. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (sni). Miembro Regular de la Academia Mexicana de Ciencias. Directora Regional del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (ciesas-Occidente). Correo-e de la autora: sstreet@ciesasoccidente.edu.mx

Si de por sí el título de este libro es capcioso en tanto plantea el meollo del asunto de la docencia: ¿Es el trabajo docente una profesión o es la profesión docente un trabajo?, en la introducción general, Carmen Montero va al grano –con una buena dosis de indignación totalmente justificada– con preguntas directas sobre la situación laboral de los maestros en la escuela privada y pública: “hasta dónde podía rendir un maestro con la intensificación de su trabajo y con la doble o triple jornada que desarrolla diariamente... ¿Por qué es incomprendido y mal pagado el trabajo de la enseñanza?, y ¿por qué la profesión docente está desprestigiada y descalificada en relación con las profesiones liberales?” Y apenas en el segundo párrafo hace una especie de confesión devastadora: “...después de hacer estudios de posgrado para tener mejores condiciones de trabajo, y sobre todo, para nunca regresar a la escuela secundaria y preparatoria, menos aún pisar la escuela primaria, por el profundo desgaste emocional y físico que implica, descubrí la complejidad que encierra el trabajo de la enseñanza…” (p. 13).

     Entonces, Montero agarra el toro por los cuernos: afirma que hay que abordar la situación laboral de la enseñanza en las escuelas primarias privadas y públicas. Hablemos pues de cuestiones de salario, de carga de trabajo, de condiciones de trabajo, de todos aquellos elementos que ahora solamente salen a la luz pública en las (raras) huelgas y en las todavía más escasos pliegos petitorios; somos testigos del lento desvanecer de lo laboral, lo sindical y lo político como ámbitos desaparecidos y desapercibidos ante el discurso neoliberal hegemónico que orienta la acción docente hacia los estándares de desempeño exitoso, según parámetros comparativos internacionales. Y lo que dice Carmen Montero aquí sobre la vida escolar, que conlleva inseparablemente ese desgaste emocional y físico, es una referencia totalmente local, situada, contextualizada en los barrios y las comunidades donde viven los estudiantes, los padres de familia, y los maestros, quienes son los agentes escolares sí, pero es a través de sus percepciones y sus experiencias como sujetos formados en el Sistema Educativo Nacional (sen) que se constituyen los procesos educativos, los procesos de enseñanza y de aprendizaje. Este libro tiene su origen, entonces, en las realidades locales de nuestras escuelas de primaria y de sus maestros, tal como reflejan sus preguntas de investigación, pero los lectores no encontraremos descripciones de estas realidades locales, tampoco incluye testimonios de los profesores (salvo una entrevista al final), tampoco análisis de la gran diversidad de contextos escolares y comunitarios de las escuelas.

     La autora supone que su experiencia de planta es compartida por muchos docentes, es conocida, más no comprendida, valorada, mucho menos explicada como un producto histórico. La autora supone que compartimos cómo se siente padecer el trabajo docente, pero en lugar de indagar en la subjetividad del profesor o en las opiniones de la profesora sobre su práctica docente, nos invita a un viaje fundamentalmente conceptual, ya que se requiere abordar la realidad escolar local como un conjunto de relaciones sociales y de poder que responden a las relaciones de producción en el capitalismo como sistema-mundo. A los lectores –y esto es importante– nos define la autora como interlocutores intelectuales; supone que nuestra curiosidad será satisfecha en un recorrido teórico por dos campos académicos (abordajes sociológicos del trabajo y de las profesiones) que, como docentes, no frecuentamos ni conocemos. Y lo mejor es que nos lleva de la mano: ella hace una traducción impecable de muchos textos teóricos complejos a las realidades locales conocidas empíricamente por los profesores.

     Con la ayuda de investigadores de la educación mexicana, pone a debate las ideas básicas que podrían explicar aquellas particularidades de esta gran categoría: el trabajo docente.

     Como traductora, hace accesible estos dos acervos de conocimiento, que puestos lado a lado, tienen mucho que decirnos sobre el trabajo docente. Hace comprensible la teoría de valor de Carlos Marx; la hace perfectamente relevante a las condiciones de trabajo de los docentes hoy en día y, al hacerlo, ella argumenta en contra de aquellos que piensan que la docencia es una actividad del sector servicios que no genera plusvalía para el capital. Ordena el campo de estudios de las profesiones, construyendo esa categoría en un diálogo con autores que niegan que la docencia sea una profesión. Montero es cuidadosa en exponer los debates que hacen el trabajo docente una categoría problemática, discutida, interrogada, y ésto es lo rico del texto, agregado al hecho de que la autora construye su postura al respecto: se niega a contestar la pregunta del título a favor de una de las dos opciones, afirmando que la docencia es un trabajo y es una profesión (o no es ni una ni otra, sino todo lo contrario), el trabajo docente engloba las dos cosas juntas, siempre y cuando reconozcamos las diferencias de este trabajo docente de otros trabajos, y de esta profesión de otras profesiones (liberales).

     Y estas diferencias y particularidades resultan formar la complejidad a la que refiere Montero en su introducción; es este ir y venir de la teoría a las construcciones de lo real/vivido del fenómeno, este examinar las racionalidades teóricas de los argumentos académicos, esta síntesis de los planteamientos a debate, vistas a través del prisma de la propia postura de la autora, quien tiene claro que la alternativa parte de la concepción de los profesores como trabajadores de la cultura.

     La segunda parte del libro profundiza contextualizando esta complejidad al desarrollar una periodización de la historia de los ciclos largos: aplicando sus conceptos y categorías a una lectura historizada de cómo la enseñanza va tomando un cariz de trabajo convertido en profesión, al institucionalizarse a fines del siglo xix, luego asumiéndose como trabajo cuando es producido como una profesión de Estado. Así, en el decir de ella: “...después de un largo proceso, avanzamos al encuentro de una profesión que no parece trabajo, y de un trabajo que no parece profesión” (p. 39). Resolver este enigma es el viaje que propone y el reto que asume este libro tan necesario hoy; además, ya era hora de contar con una lectura que enriqueciera la visión más conocida en torno a cómo se conformó la profesión docente, me refiero al libro de Alberto Arnaut, Historia de una profesión: los maestros de educación primaria en México (1887-1994).

     Y no sería un libro interesante al cerrar un enigma sin abrir otro: en la larga historia de siglos en los que se construyen papeles distintos de la docencia como trabajo y como profesión, es notable que todos ellos son de naturaleza incorporativa e integrativa, donde las y los profesores juegan papeles “positivos” de intermediación entre las comunidades locales y las instancias gubernamentales regionales y nacionales. Dice Carmen Montero: “...en la época colonial influyó para la incorporación de los indígenas... en el siglo xix en la instauración de la República que buscaba terminar con la ignorancia del pueblo e ir incorporando a la población al nuevo desarrollo industrial que requería mano de obra para la industria; en el siglo xx se da la masificación de la enseñanza con el anhelo de que la educación llegara a todos los rincones del país, y a la vez éste se fuera acoplando a los requerimientos del mercado mundial y de la nueva división del trabajo. En este contexto destacamos la importancia de la labor docente en el actual desarrollo capitalista que vive nuestro país” (p. 44).

 

Montero Tirado, María del Carmen

¿Es el trabajo docente una profesión
o es la profesión docente un trabajo?

Universidad Pedagógica Nacional.

México, 2007.

[Col. Historia, Ciudadanía y Magisterio].

isbn: 978-970-702-238-6

     Surge la pregunta por la otra cara de esa identidad contradictoria del sujeto docente, la parte rebelde, la parte disidente, la parte revolucionaria, la parte militante con conciencia de clase, la parte sustentada en la relación humana (socialmente construida) entre la enseñante y el aprendiz, entre los maestros y los alumnos. ¿En qué momento puede, pudo o podrá representar esta misión civilizadora del sujeto docente un papel negativo, un papel que construye rupturas con su pasado, sedimentado en instituciones y reproducido en prácticas sociales? y, ¿cómo observarlo?, ¿cómo objetivar otra lógica de constitución del sujeto docente?

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