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... el rollo

Cítese este artículo como: RODRÍGUEZ Flores, José Luis: "Educación y humanidad", artículo publicado en: La Tarea, revista de educación y cultura de la Sección 47 del SNTE/Jalisco (núm. 20, Guadalajara, Jalisco, México, julio de 2009. pp. 34-37).


Educación y humanidad

José Luis Rodríguez Flores*
* Profesor jubilado. Cursó estudios de maestría en Investigación en Ciencias de la Educación en el CIE (hoy Departamento de Estudios en Educación, DEEDUC) de la Universidad de Guadalajara (UDG).

Los dioses nos dan muchas sorpresas: lo esperado no se

cumple y para lo inesperado un dios abre la puerta.

Eurípides

En el proceso de reflexión internacional sobre la educación para un futuro sostenible, la creación de textos nos ha permitido constatar la existencia de nuevas herramientas del pensamiento para la construcción de una visión integral ante los desafíos que encara la tarea educativa en el presente siglo. Auspiciadas por la UNESCO, en 1996, tanto la Comisión Internacional sobre la Educación para el siglo XXI, presidida por Jacques Delors, como la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo, presidida por Javier Pérez de Cuellar, lograron en sus respectivos informes cristalizar en un marco prospectivo dominado por la globalización, el diseño inicial de los ejes principales de la educación y la cultura del porvenir.

     La pertinencia del concepto educación para toda la vida que guía el primer informe, estriba en la intención de responder a los retos de un mundo en constante mutación. De acuerdo con el mismo, aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a vivir juntos, constituyen los cuatro pilares de la educación en que se sustenta la posibilidad de acceder al presente siglo. Pero es en el último pilar, donde la Comisión Internacional sobre la Educación para el siglo XXI concentra su atención, con el propósito de avanzar hacia la construcción de lo que denomina un “espíritu nuevo”.

     En el centro de esta utopía, se encuentra la preocupación de cómo las políticas públicas de la educación pueden contribuir a pensar y edificar un futuro común para la Humanidad, ante los grandes desafíos intelectuales y políticos que implican los desencantos ante el progreso, materializados por las nefastas consecuencias que ha ocasionado para el ser humano y el medio ambiente el crecimiento económico a ultranza, impuesto por la lógica del capital, la persistencia de las guerras después de la Guerra Fría y el malestar en las democracias, aún en las más consolidadas.

     Superar las tensiones que constituyen la problemática central del presente siglo, son la apuesta del informe. Así, se vuelve imperativa una reconstrucción entre lo mundial y lo local, lo universal y lo singular, la tradición y la modernidad, el largo y el corto plazo, la competencia y la igualdad de oportunidades, lo espiritual y lo material, el desarrollo de los conocimientos y la capacidad de asimilación del ser humano. Como contrapartida, un agravamiento de las tensiones se podría transformar en obstáculo insalvable para la construcción de ese “espíritu nuevo”.

     El aprender a vivir juntos en la “aldea global”, pasa entonces por la revalorización de los aspectos éticos y culturales de la educación para poder comprender mejor al otro, para poder comprender mejor al mundo. Por eso cobra especial relevancia, la aportación de Edgard Morin al debate educativo desde una posición transdisciplinaria, cuando a partir del devenir de su obra pautada por los estudios sobre la identidad social, nos entrega una reflexión que sin ignorar la dimensión de los otros tres pilares de la educación, enfatiza en el cuarto, trazando un camino que tiene como propósito ayudarnos a comprender la trascendencia del nacimiento de la ciudadanía terrestre.

     En Los Siete Saberes necesarios para la educación del futuro y Educar en la Era Planetaria, Edgar Morin contribuye con la exposición de un “proyecto de difusión del pensamiento complejo para el fortalecimiento de las estrategias de reformas de la educación” (Morin, 2003: 12). Una vez que nos ilustra acerca de las cegueras del conocimiento y los principios de un conocimiento pertinente, los textos nos conducen al eje central del planteamiento que desemboca en el destino planetario de la Humanidad.

     A partir del reconocimiento de la complejidad de la naturaleza humana y de su tratamiento desintegrado en la educación a través de las disciplinas, propone una rearticulación de los conocimientos que supere la dispersión para hacer posible la comprensión de la indisolubilidad de la unidad y la diversidad de lo humano. La reforma del pensamiento a que nos convoca, parte de la consideración de que desde el siglo XVI entramos en la era planetaria y que actualmente estamos inmersos en la fase de la mundialización, contexto que condiciona la comprensión de la multidimensionalidad de la relación entre el todo y las partes, en otros términos, el pensar la globalidad.

     La contundencia de la aseveración, de que “el planeta no es un sistema global sino un torbellino en movimiento desprovisto de centro organizador”, lo conduce a proponer “un pensamiento policéntrico, alimentado de las culturas del mundo. Educar para este pensamiento; esa es la finalidad de la educación del futuro que debe trabajar en la era planetaria para la identidad y la conciencia terrenal” (Morin, 1999: 62). La emergencia del concepto Tierra-Patria, encuentra en esta argumentación la base de sustentación para una proyección educativa y cultural que trasciende el siglo XXI.

     El examen de las barbaries del siglo XX, cristalizadas en las dos guerras mundiales; la amenaza nuclear, la presencia de los totalitarismos y las dictaduras, así como la dominación desenfrenada de la naturaleza por la técnica, le permiten ponderar esta parte del legado como una herencia de muerte. De ahí su crítica a la modernidad definida como fe incondicional en el progreso, la técnica, la ciencia y el crecimiento económico, que conduce a la esclavización técnico-industrial y que ignora a los individuos, sus cuerpos, sus sentimientos, sus almas.

     Pero de la crítica a la creencia en el progreso infinito, del cuestionamiento de las tendencias que pueden llevar a la destrucción de la Humanidad, pasa a una revisión de las propias contratendencias incubadas en el siglo anterior como la ecológica, la de la calidad de la vida, la resistencia a la primacía del consumo estandarizado y, de manera embrionaria, la emancipación del dinero y la ética de la pacificación. Sustentado en la posibilidad del desarrollo de estas contratendencias que constituyen la parte constructiva del legado del siglo XX, apuesta por que la educación del futuro aprenda una ética de la comprensión planetaria que conduzca a la identidad y la conciencia terrenal.

     La tensión entre tendencias y contratendencias en la globalidad, más que conducir a la certeza del progreso, ha desembocado en la incertidumbre de la historia, en la complejidad de la triada: orden, desorden y organización. Ante lo incierto del mundo, se hace necesario enfrentar las incertidumbres, en el entendido que el conocimiento sólo nos permitirá navegar “en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas” (Morin, 1999: 85). El pensamiento deberá encarar, entonces, la incertidumbre, ponderando las oportunidades y los riesgos de la travesía.

     La educación para la comprensión humana trasciende la educación para la comprensión de las disciplinas científicas. La enseñanza para la comprensión humana no es posible sin el establecimiento de la distinción entre comprensión intelectual y comprensión intersubjetiva. Mientras que la primera necesita la inteligibilidad, la cual pasa por la comunicación y la explicación, la comprensión humana sobrepasa a las dos, porque ésta requiere también el conocimiento de sujeto a sujeto, procesos de empatía, identificación y proyección.

     Y esto implica adentrarnos en los terrenos de la identidad social, la cual ha posibilitado en un largo proceso histórico el núcleo familiar, la tribu, el pueblo y recientemente los Estados-Nación, conformados estos últimos por grandes conjuntos políticos que sobrepasan la familia, la tribu y el pueblo; se inscriben en un territorio y dependen de un poder central. El producto de este largo proceso, ha sido la formación de seres humanos poliidentitarios que manifiestan su poliidentidad en la acción en los distintos espacios sociales.

     Este sustrato, puede explicar las diversas facetas del fanatismo humano del que hoy somos testigos, las cuales tienen sus raíces en el egocentrismo, el etnocentrismo y el sociocentrismo, los cuales nutren la intolerancia, el racismo y la xenofobia. La exclusión social se nutre de la enajenación por una idea o una fe, lo cual excluye la posibilidad de comprensión de otras ideas, de otra fe, terminando por excluir a otra persona o a otro conjunto de personas. La lucha contra el racismo y la xenofobia debería ir a las raíces ego-etno-socio-céntricas y no sólo hacia sus síntomas, debería desarrollarse de manera privilegiada en los campos de la educación y la cultura y no sólo en el derecho.

     En ello radica la misión espiritual de la labor de la educación del futuro para la comprensión humana, la cual debe estar encaminada a una reforma planetaria de las mentalidades como nos advierte Morin. Que la reforma de las mentalidades es posible, lo demuestran los procesos de integración económica y política en el planeta, cuyo corolario lo representa la experiencia de la Unión Europea. Nadie pensaba hace algunas décadas, que en el continente cuna de las dos grandes conflagraciones mundiales, de los totalitarismos y del holocausto en el siglo XX, emergiera una entidad supranacional que relativizara la soberanía absoluta de los Estados- Nación, propiciara la cooperación entre naciones y sentara las bases para un destino común.

     Surgida a partir de iniciativas estrictamente económicas, encontró sus primeras limitaciones en la carencia de una integración política. Su construcción se debe, en lo fundamental, a una nueva mentalidad en la esfera política que hizo posible la conjunción de las naciones y no la confrontación provocada por el racismo, la xenofobia y los nacionalismos. Pero su consolidación no podría explicarse sin ese pensamiento policéntrico alimentado por la diversidad de las culturas de Europa, así como por el diseño y la ejecución de las políticas públicas en educación, orientadas a construir un sentido de pertenencia y facilitar la convivencia en el nuevo espacio común.

     No es gratuito, que haya sido Europa donde la integración económica y política desembocó en una entidad supranacional. No se trata solamente del papel jugado por la herencia cultural y política europea legada a la Humanidad, de las contratendencias que se han ido materializando, sino de que, por vez primera, la emergencia de los Estados-Nación cristalizó en ese continente. Los siglos XVIII, XIX y XX se constituyeron así, en periodos de aprendizaje fundamental para que, en sucesivas etapas, pudiera desenvolverse en otros continentes la formación de las demás naciones incubadas durante muchos siglos de la historia mundial.

     Las iniciativas económicas de Francia y Alemania, posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en el marco del Plan Marshall para la reconstrucción de Europa, despejaron el camino para la fundación posterior de la nueva entidad supranacional. Pero sus añejas raíces están firmemente ancladas en lo constructivo de las creaciones europeas: la Democracia, el Renacimiento y el Humanismo. Sin ellas, no podría concebirse una comunidad de destino, ahí donde durante toda su historia habían prevalecido la división y la guerra.

     Si en algún lugar del mundo la creatividad en la Literatura, el Arte y la Filosofía ha aparecido con tanta fortaleza para intentar explicarse la disyuntiva entre la Guerra y la Paz, es en Europa. Historia cargada de absolutismos y despotismos, fascismos y dictaduras, el continente también es el origen de las instituciones de la democracia y los derechos humanos. Y aunque la maquinaria donde se asocian ciencia, técnica y burocracia, constituye uno de los mayores desafíos para las democracias del siglo XXI, dado que aquéllas no sólo han producido conocimiento y elucidación, sino también ignorancia y ceguera, en las democracias existe la posibilidad de luchar contra el error y enmendarlo.

     El siglo XX, pródigo en lecciones, nos ha enseñado por ejemplo, que la igualdad y la libertad son términos antagónicos y complementarios. La absolutización de una, termina por abolir a la otra. La igualdad tiende a destruir la libertad y la libertad tiende a destruir la igualdad. Ésta es la experiencia histórica heredada del siglo pasado. El Socialismo real sepultó las libertades y el Neoliberalismo ha justificado y acrecentado con brutalidad las desigualdades sociales y regionales en el mundo. La exclusión entre ambas, hace imposible la construcción de la fraternidad. Sólo su unión indisoluble y su delicado equilibrio, puede conducir a la fraternidad.

     El programa democrático de la Revolución Francesa, sintetizado en el lema Libertad, Igualdad, Fraternidad, sigue teniendo vigencia como uno de los faros para la construcción de una ciudadanía cosmopolita. La identidad y conciencia terrenal, depende entonces de la relación equilibrada de la triada: Democracia, Equidad Social y Paz. La comunidad de destino de la Humanidad, está ligada a la extensión y aplicación de los derechos sociales, culturales, civiles y políticos en las sociedades democráticas. Pero también, de la conciencia de que el ser humano forma una unidad indisoluble con la Biosfera, con el planeta Tierra.

     El agravamiento de los problemas derivados del agotamiento de los Estados-Nación como entidades autosuficientes para poder encarar los problemas de las sociedades del mundo actual, ha permitido la emergencia de una contratendencia que favorece la asociación embrionaria entre naciones y que se contrapone a la disgregación que parece dominar el torbellino terrenal desde la caída del Muro de Berlín. El despliegue de las consecuencias de la globalización, ha conducido a captar ya, que si bien el eje dominante del fenómeno es la libertad para el tránsito de las mercancías, también existe otro eje trascendente y no menos importante, no obstante la existencia de restricciones en muchos países, que es el de la circulación de las ideas y el diálogo entre culturas.

     Por lo tanto, una Educación para la Paz y los Derechos Humanos debe tomar en consideración que no basta con apostar a una tarea exclusivamente educativa, sino lograr su inserción en un proceso cultural e histórico de mucha mayor envergadura. La multidimensionalidad del fenómeno, obliga en principio a la realización de las reformas a las currículas correspondientes, las cuales a la par que sigan contribuyendo a la construcción de la identidad nacional, como hoy sucede, sean capaces de provocar no un enclaustramiento que aísle y sedimente fundamentalismos étnicos, religiosos o nacionales, sino la apertura a un nuevo sentido de pertenencia de las sociedades nacionales a la comunidad mundial.

     Pero, a la vez, la nueva gestión de los macrosistemas educativos nacionales y de las escuelas, deben hacer posible vivir la democracia. La nueva gestión puede crear nuevas prácticas y conducir al fortalecimiento de nuevos códigos culturales, que permitan la superación de la cultura autoritaria heredada. Dado que la institución educativa es un espacio privilegiado para el diálogo entre culturas y en sí misma es generadora de una microcultura, de la comunicación y la explicación que requiere la comprensión intelectual, debe transitarse a la comprensión humana a través de la interacción entre los sujetos, el mutuo reconocimiento y la evolución de las identidades.

     El largo proceso histórico que acompañó la formación de las naciones, se vio favorecido por la existencia de un pasado común. En cada caso, lengua o lenguas, cultura, historia, normas comunes, sedimentaron la comunidad de destino. Sentimiento, conciencia e identidad nacional constituyen y expresan la naturaleza afectiva, psicológica y antroposociológica del ser humano, que hicieron posible, aunque de manera tardía, el surgimiento de la nación como formación histórico-sociológica. La comunidad de destino planetaria no surge de un pasado común, sino de la reflexión sobre las amenazas del presente que acechan a la Humanidad y la necesidad de un futuro compartido. En esta ruta, se inscribe el educar para la Paz y los Derechos Humanos.


Bibliografía

DELORS, Jacques. La Educación encierra un tesoro. Ediciones UNESCO. México, 1996.

MORIN, Edgar. Los Siete Saberes necesarios para la educación del futuro. Ediciones UNESCO. París, Francia, 1999.

MORIN, Edgar; Roger Ciurana, Emilio; D. Motta, Raúl. Educar en la era planetaria. Editorial Gedisa. Barcelona, España, 2003.

PÉREZ de Cuellar, Javier. Nuestra diversidad creativa. Ediciones UNESCO. México, 1996.

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