Principal | Índice

SECCIÓN

... nosotros los profes

Cítese este artículo como: GUEVARA García Mirella: "La condición humana del docente", artículo publicado en: La Tarea, revista de educación y cultura de la Sección 47 del SNTE/Jalisco (núm. 20, Guadalajara, Jalisco, México. Julio de 2009. pp. 19-20).


La condición humana del docente

Mirella Guevara García*
* Master en Intervención de la Práctica Educativa por la Maestría en Educación con Intervención de la Práctica Educativa (MEIPE). Coordinadora Académica de la MEIPE, sede Tlaquepaque. Profesora en la Secundaria 29 mixta.

Los procesos educativos actuales están ávidos de reencontrar sustentos teóricos desde lo filosófico hasta lo antropológico... bases que ayuden a enfrentar la incertidumbre del presente ante la aparente ausencia de futuro. El mundo actual en crisis, en continuo cambio y hasta para algunos desorientado, reclama esos fundamentos. Si no hay claridad en la meta y en la base que sostiene los procesos, todo comienza a desmoronarse y es aquí donde la línea que abordaré irá centrada en función del humanismo, de la trascendencia de un sujeto como actor de un proceso.

     La gran cantidad de teorías, tendencias y escuelas teóricas pedagógicas han estado proporcionando fundamentos al trabajo educativo, sin embargo, por desgracia, también es posible que los profesores se encuentren confusos ante la inundación de enfoques que continuamente deben reorientarse conforme son dictados por los planes nacionales de desarrollo.

     Aquí cabría la posibilidad de revisar si la confianza ciega en los modelos económicos mundiales proporcionaría también un modelo educativo que adopte la calidad, él éxito, los productos, la eficacia y eficiencia como su fundamento; porque en medio de esta crisis, y en una época tan relativista como ésta, los fundamentos son cada vez menos comunes y más individualistas, así que descubrir y construir los fundamentos de lo educativo tiene también que ver con asumir la idea de que el ser humano conlleva un ingrediente creativo pero también de exigencia y perennidad, transculturidad y transhistoricidad; así, estas exigencias son los únicos fundamentos del hecho educativo, mientras que todo lo demás (teorías pedagógicas, psicológicas, filosóficas) apoyarían dando congruencia al proceso educativo.

     La base y meta real y concreta de la educación es el sujeto humano individual y colectivo en proceso de desarrollo, y esto implica una continua búsqueda, una permanente aproximación, pero nunca una llegada del todo. La fuente de esta base es un deseo de ser quien somos, de ser quien hemos sido, de ser lo que queremos ser mientras dure el tiempo en el que podamos impactar, producir, apoyar... es este deseo el que nos lleva a la adaptación al mundo buscando estrategias, mecanismos, comportamientos, descubrimientos y decisiones que cada vez generan espacios que permitan que ese deseo de trascender individual, tenga más posibilidades de ser realidad para todos y entonces sea un deseo común. (López Calva, 2003).

     Entonces, en las escuelas la educación podría concebirse como el conjunto de acciones planificadas sistemáticamente, en un espacio y tiempo estructurado para que las personas vayan descubriendo y les sean facilitados los medios para que exploren y redescubran estrategias, conocimientos, valores y métodos que les permitan adaptarse e impactar al mundo, pero de manera humana y humanizante para todos los habitantes. Así, es posible que desde la escuela se promuevan las formas de desarrollo y de existencia humanizantes, independientemente de las teorías y enfoques a que se recurra para tal efecto.

     Ahora bien, este proceso de adaptarnos y adaptar al mundo a nosotros es realmente complejo, requiere de avances y retrocesos; en el devenir histórico existen muchos ejemplos de aproximaciones que evidencian que no todas las formas de adaptación nos humanizan y no todas las estrategias nos proporcionan escenarios promotores de humanización. Es pues un proceso dialéctico, de escalada y estancamiento, de claridades y obscuridades, pero allí está la fuente de lo educativo, específicamente en el docente. A partir de esta visión, es que me permito sugerir que la educación personalizante no es un concepto sino una noción heurística, y aunque no está acabada abre un horizonte para la búsqueda de cada constitutivo, pero puedo asegurar que han existido profesores que aún sin saberlo se han colocado en las deferencias del colectivo, por su estilo de adaptar y adaptarse al mundo, de significar y resignificar su entorno, de su estilo personalizante para educar; y estos profesores han entendido que el ser humano es un deseo y un deber en continuo cambio y, sobre todo, es una responsabilidad ante el mundo y ante uno mismo.

     Savater menciona esta visión personalizante de la educación cuando afirma: “aquí está el secreto: la virtud humanista y formadora de las asignaturas que se enseñan no estriba en su contenido intrínseco, fuera del tiempo y del espacio, sino en la concreta manera de impartirlas, aquí y ahora. No es el qué, sino el cómo.” (1997: 128). Entonces, ¿por qué habemos profesores que pasamos sin “iluminar”, sin impactar humanamente a los alumnos? Dejando a un lado tantas razones que van desde el escaso o nulo apoyo familiar, hasta los medios tecnológicos de comunicación y la personalidad conflictiva del adolescente, las razones últimas son esas acciones despersonalizadas, los ademanes intimidatorios, las formalidades académicas puntillosas... es en suma un docente con ojos casi siempre cerrados para todo y todos.

     El profesor, debería despertar la pasión intelectual y no la apatía esterilizante que conduce a un mundo inhumano, debería ser y motivar el dinamismo y no la rutina en la que se refugian los procesos, cualesquiera que sean estos; debería fomentar, orientar, facilitar, basándose en ellos, en los alumnos, recurriendo a él mismo como persona, empatizando, generando confianza y, por tanto, dignidad humana.

     Hacerlo implica que la persona viva a partir de conocer su propia riqueza interior; ir hacia los demás y trascender en los demás sólo puede hacerlo aquél que es humano para su persona y para los que le rodean. Una persona, un docente, tendría pues que plantearse y ponderar su dimensión de relacionalidad y de trascendencia sobre todos las demás y no sólo ante otros que salen a su encuentro, sino también hacia una trascendencia que lo remite a lo alto y a lo bajo, al último misterio del ser. ¿Cuánto tiempo seremos docentes?, ¿cuánto estaremos de paso por este mundo? Nadie lo sabe; entonces, ¿por qué perder el tiempo?, ¿qué esperamos para actuar ahora?


Bibliografía

ISAACS, David. La educación de las virtudes humanas y su evaluación. Ed. Mínos. México, 2003.

LÓPEZ Calva, J. Martín. Educación personalizante, una perspectiva integradora. Ed. Trillas. México, 2003.

SAVATER, Fernando. El valor de educar. IEESA. México, 1997.

Principal | Índice