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Cítese este artículo como: GONZÁLEZ Altamirano, Rolando: "Análisis sobre los valores", artículo publicado en: La Tarea, revista de educación y cultura de la Sección 47 del SNTE/Jalisco (núm. 20, Guadalajara, Jalisco, México, julio de 2009. pp. 90-96).


Análisis sobre los valores

Rolando González Altamirano*
* Exiliado chileno radicado en México. Licenciado en Servicio Social (hoy Trabajo Social) por la Universidad de Chile. Fue profesor de la Escuela Nacional de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), en Culiacán, donde se jubiló. Correo-e del autor: rolando@uas.uasnet.mx

Etimológicamente considerada, valor, deriva del latín valere, que significa estar vigoroso o sano, ser más fuerte. En su significación griega, axios, quiere decir, merecedor, digno, que posee valor. De tal modo, el valor hace que el hombre aprecie o desee algo; es la cualidad por la que se desean o estiman las cosas, o la aptitud para satisfacer alguna de nuestras necesidades.

     La discusión en torno de los valores se ha dado desde los comienzos de la filosofía occidental. Así, la polémica entre los sofistas y Platón acerca de si los valores son o no relativos, sucedió hace veinticinco siglos. A partir de Platón y hasta bien entrado el siglo XIX, con el fin de superar el relativismo sofístico, el valor fue adscrito a la cosa como uno de sus atributos y subordinado al conocimiento. De tal manera, lo Bello y lo Verdadero eran, lo Bueno. La cuestión del valor quedaba entonces dentro del terreno de la ontología y de la discusión metafísica.

     En el siglo XIX, se da un replanteamiento filosófico de los valores. En el terreno de la Filosofía, a la que compete, por cierto, el análisis del valor en general y el estudio de su naturaleza, la labor de Nietzsche es de fundamental importancia para ese replanteo del tema. La distinción entre hechos y valores, paralela a la que se efectúa entre ser y deber ser, y la que se admite entre juicios de hecho y juicios de valor, pone de manifiesto que el valor de una cosa no es lo mismo que el “ser de la cosa”.

     En el siglo XX nace como rama de la Axiología, cuyo tema de estudio –de esta rama de la Filosofía– es determinar la naturaleza propia del valor, su sentido objetivo o subjetivo, su relación con los juicios de valor y con las tendencias humanas que satisfacen, y su clasificación e interdependencia mutuas. Se da al valor una entidad propia, diferente de las cosas materiales y fundada en la estructura trascendental de la conciencia.

     En esa misma época surge en Austria la denominada “Corriente subjetivista de los valores”, patrocinada por Alexius von Meinong (1853- 1920) y Christian von Ehrenfels (1859-1932), discípulo del anterior; son importantes para nosotros porque, además, constituyeron el núcleo primitivo de la denominada “Psicología de la forma”, la Gestalt. Meinong sostiene en sus Investigaciones ético-psicológicas sobre la teoría del valor, de 1894, que la valoración es un hecho meramente psíquico y subjetivo, y que el valor depende del agrado, opinión a la que contrapone Ehrenfels, en su Sistema de la teoría de los valores, de 1896, que el fundamento del valor es el deseo, y no el agrado, puesto que también son cosas valiosas que no existen (por ejemplo: el bien perfecto).

     La crisis del psicologismo y la crítica que le hace E. Husserl a esa corriente de interpretación de los valores, origina una “Escuela fenomenológica”, defensora del objetivismo axiológico, cuyo exponente principal es Max Scheler. Para él los valores son objetivos y universales, y son los fundamentos del aprecio o de la desaprobación que producen en nosotros. Están ordenados jerárquicamente: desde lo agradable-desagradable, lo noble-vulgar, y los valores espirituales (bello-feo, justo-injusto, verdadero-falso), hasta lo sagrado-profano.

     Finalmente, en las denominadas “corrientes existencialistas”, se consideran los valores más bien como fruto de la libre creación del individuo, que manifiesta así su capacidad de proyectarse fuera de sí, que como entidades de algún tipo especial. La ética de J. P. Sartre es paradigmática al respecto.

     El valor es el objeto de una anticipación o de una espera normativa. Por otro lado, es la guía o la norma (no siempre seguida) de las elecciones y, en todo caso, su criterio de juicio. Por consiguiente, la mejor definición es aquella que lo considera una posibilidad de elección, o sea, una disciplina inteligente de las elecciones, que puede conducir a eliminar algunas, declararlas irracionales o dañosas, y dar privilegio a otras, prescribiendo la repetición cada vez que determinadas condiciones se verifiquen.

     En otros términos, una teoría del valor como crítica de los valores, tiende a determinar las auténticas posibilidades de elección, o sea, las elecciones que, pudiendo siempre volverse a presentar como posibles en las mismas circunstancias, constituyen la pretensión del valor a la universalidad y a la permanencia.

     Este breve análisis ha sido enfocado a rescatar los valores comunitarios presentes en la corriente filosófica del personalismo, con base en las ideas de Rosa Larios con el curso “Testimonio de los maestros occidentales”; y Carlos Díaz con la asignatura “Aproximaciones al perfil de la persona”.

     Existen tres puntos característicos del pensamiento existencialista que considero importante mencionar: la centralidad de la existencia; la trascendencia del ser y su posibilidad como modo de ser.

     El hombre, ante todo es una posibilidad de ser. Mientras viva es posibilidad en desarrollo, una posibilidad viva, cambiante.

     Existir es ser un ser posible. Resulta innegable el carácter optimista de las filosofías existenciales idealistas, positivistas y marxistas, porque se jactan de haber captado el principio específico de la realidad y el sentido progresivo absoluto de la historia.

     El existencialismo ha captado al hombre como un ser finito y se interesa por él en su singularidad. También, desde esta perspectiva, el hombre existe como hombre apenas se hace consciente de todas las exigencias y problemas que implica la vida humana, de la riqueza o miseria que encierran dentro de sí cada una de las experiencias que le toca vivir.

     Por ello Sartre afirma que muchos hombres apenas si alcanzan la categoría de animales gregarios cuando se limitan a hacer sólo lo que otros hombres hacen.

     El hombre de existencia, por lo contrario, piensa por sí mismo y toma sus propias decisiones.

     ¿Qué es el hombre? Es difícil establecer una definición a partir de tal pregunta. Rosa Larios prefiere enfrentar a la pregunta con el hombre mismo. Recordemos que al existencialismo no le interesa la esencia universal, sino la existencia particular y concreta. Rosa Larios abarca a ese hombre como un centro potencializado, cuya convicción, como maestro interno, lo lleva al descubrimiento y reconocimiento de la sabiduría en una espiral deductiva en incesante búsqueda de ser uno mismo, en pleno uso de su libertad, donde la experiencia en un constante flujo de acierto-error que lleva al hombre a transitar como ser humano que nace y crece pre-persona, que en el diario acontecer cultural de su existencia se hace persona, y luego asciende místicamente a la espiritualidad de trans-persona.

     Para Rosa Larios vivir es, simplemente, una invitación para descifrar lo eterno, los cambios corporales en el yo, para centrarse, por último en el yo soy. Lo básico es el conocimiento de sí mismo para la filosofía personalista de Rosa Larios. Pero, ¿qué filósofo por más nihilista que se ostente, se atrevería a evitar el enredarse entre los bucles de la cotidianidad cuando quiere interpretar su propio ser como hombre que está, quierase o no, viviendo? Allí las fantasías no le sirven de nada y la propia experiencia se encargará de clavarlo como a una mariposa en el marco de su realidad irrefutable.

     Dos son los elementos que sobresalen del pensamiento de Rosa Larios. El primer elemento es la sabiduría que descansa en el fondo de toda persona. El segundo, los sentimientos.

     Desde la perspectiva de la psicoterapia con ambos elementos se puede trabajar, de tal manera que el paciente sea capaz de rescatar y movilizar valores comunitarios, como lo son, entre otros, la libertad para lograr un crecimiento personal.

     Hay, sin embargo, un aspecto que actúa de manera negativa en el crecimiento humano: los chismes.

     El hombre puede dar alojamiento y movilizar los chismes, pero al hacerlo pone en acción valores negativos, como los del egoísmo y la envidia que lo perjudican en el plano de su crecimiento personal.

     Lo verdaderamente fecundo del pensamiento de Rosa Larios descansa en el nexo que establece entre lo emocional y lo corporal; en la vivencialidad ostentosa de los sentimientos, a tal punto que su optimismo es absolutamente creíble, sobretodo al escuchar su máxima: “Cuando usted se siente vivo emocionalmente, biológicamente, intelectualmente, ya lo sabe: ¡está empezando a vivir!”

     Sobre el filósofo Carlos Díaz, pienso que habla tanto, que de tanto que habla cuesta entender lo que sus palabras dicen. Por lo tanto, para comprenderlo es preciso apelar al sentimiento y no a la razón, ya que ésta nos llevaría por interminables vericuetos de diálogos integrados por las argumentaciones del filósofo, las aceptaciones o rechazos, confluencias, resistencias y contraargumentaciones del lector, etc.

     Así analizada, la perspectiva del “personalismo comunitario” me enfrenta a mis propias indecisiones y me permite develar una serie de asuntos. Cuestiones que creía ver claras, y que al mirarlas con mayor detenimiento resultaron diferentes a la idea que tenía de ellas; y cosas que percibía difusas o, simplemente, no miraba o no quería ver, y que hoy las veo nítidas.

     A veces pienso que me puse por segunda vez los primeros lentes que a mis doce años me ayudaron a compensar la miopía de mis ojos. Con esos lentes pude ver que las imágenes no se mezclaban con su entorno en un continuo interminable, diferenciado tan sólo por colores y tonalidades dispersas, sino que cada imagen mantenía su individualidad perfectamente delimitada.

     Carlos Díaz en su obra nos enseña tres facetas del ser humano: el hombre como persona, el hombre como ente moral y el hombre como hombre-de-Dios.


El Hombre como persona
Como hombre-persona, el ser humano está diseñado para relacionarse con los demás en el yo-tú, donde no existe primero el uno que el otro.

     Donde ambos no pueden caber por separado y se constituyen a partir del entre nosotros.

     Donde el pedir forma parte de la naturaleza humana, y el dar es su complemento indispensable.

     El que pide, en esta relación, lo hace de manera natural, y el que da, se entrega por entero en el encuentro entre el pedir y el dar.

     El que da es y el que recibe yo. Luego, en un proceso de comunicación ininterrumpido, el que da recibe y el que recibe, da. El yo pasa a ser y el es yo en una relación dialogante.

     Existen algunos verbos que parecen sinónimos del “dar”, se disfrazan del “dar”, aparecen con relativa frecuencia en las conversaciones y en los hechos demuestran esa ausencia del dar.

     —Yo no entiendo qué le pasa al muchacho. Yo le doy (abastezco) todo lo que necesita y no quiere estudiar.

     —En la casa no falta nada, les doy (proveo, surto, abastezco) la comida que quieran, le di (proporcioné) un carro al más grande, y una bicicleta al otro. A mi mujer le doy (entrego, aporto) dinero para todo lo que se necesite en la casa y todos hacen lo que les da la gana y no cumplen lo que deben hacer.

     No comprenden que esa no es la naturaleza del problema. Se puede ser un excelente proveedor, abastecedor, aportador de objetos, sin que ello implique DAR. En la mayoría de los jóvenes que he atendido profesionalmente en psicoterapia, se presentan conflictos con sus padres, casi siempre el problema de fondo es una comunicación que no funciona adecuadamente en el sistema familiar. No se da, por lo tanto, el tipo de relación que observamos en el siguiente cuadro:

     Quien no sabe pedir, no sabe dar, y, quien no aprende a dar no sabe pedir en una relación de diversos planos de cercanía-lejanía. La relación se produce en planos, como el plano familiar, el de la amistad, el plano de la relación educativa, de la relación laboral, etc. Desde el plano más cercano y horizontal, yo-tú; pasando por el yo-él, que es un un poco más lejano; hasta el lejano, impersonal y cosificador ello.

     La relación, por lo tanto, fluye entre dos polos: el polo del y el polo del yo. Es una relación noéticonoemática vocativo-genitivo; pido, me dan. Si pido, aprendo a dar.

     El niño desde sus primeros hálitos de vida aprende a pedir. El pedir forma parte de la existencia humana, si el bebé no llora, no mama; si el bebé no mama, se muere de hambre.

     Alguien me había enseñado que el verbo pedir traía implícita la limosna; por lo tanto, para mí pedir era sinónimo de limosnear, pedir era acogerse a la caridad. Pedir había sido para mí, en tal perspectiva, un motivo de vergüenza. Por lo mismo, me ha costado mucho dar. Me justificaba utilizando verbos parecidos al dar, pero que no incluyen la relación personal. Verbos tales como proporcionar, ocuparse de, facilitar, suministrar, mirar a, proveer, procurar, surtir, abastecer, dotar, entregar, conceder, ceder, conferir, aportar, otorgar, entre otros.

     De allí, entonces, que cuando proporcionamos –que no damos–, una limosna a un mendigo, éste la toma tal cual viene, como limosna, como un dar por amor a Dios, no por amor a él; por lo mismo la actitud del limosnero resulta, incluso, exigente. Como si el dador es quien debería dar gracias al que recibe su dádiva. Por ello es que el entregador de una limosna parece tener mas vergüenza que el menesteroso. Por lo contrario, la persona que no entrega unas monedas como caridad siente una especie de agravio hacia sí mismo, con lo que siente la obligación de justificarse ante el que pide, dado que por tener una condición social y económica más elevada siente una especie de obligación frente al infortunado que solicita su caridad.

     Es extraño, pero cuando el peticionario solicita trabajo, en lugar de caridad, pese a que tal indigente se ve igual o más necesitado que el mendigo, es tratado de mala manera sin que surjan remordimientos de conciencia en el maltratador por su actitud.

     Entiendo que nuestro inconsciente colectivo de tres siglos de trabajo productivo, frente a decenas de siglos de caridad, remueven nuestra conciencia generando estas actitudes aparentemente contradictorias.

     Carlos Díaz, parafraseando a Fritz Perls, indica las cuatro posiciones básicas en una relación YO-TÚ (↔):

1. Actitud positiva ante la vida: yo soy más - tú eres más.

2. Actitud rodante: yo soy más - tú eres menos.

3. Actitud depresiva: yo soy menos - tú eres más.

4. Actitud derrotista: yo soy menos - tú eres menos - todo el mundo es menos.


El YO-TÚ del guerrero vikingo
Caso distinto en la relación yo-tú y en el pedir y el dar es el nihilismo de Nietzsche y su guerrero vikingo, como filosofía del superhombre, del vencedor. La doctrina cristiana, para Nietzsche, representa la filosofía del perdedor, ideas como los últimos serán los primeros y otras por el estilo, son pensamientos de vencido.

     Para el vikingo nietzscheano los valores son relativos. Los valores dominantes son los valores del vencedor, son los que él les impone a los derrotados, el guerrero vikingo decide lo que está bien o mal, es su prerrogativa de vencedor. Lo importante, por lo tanto, es vencer. Sin embargo el guerrero vikingo es noble al atacar, lo hace de frente. A su manera, juega limpio.

     Esto no sucede con los grandes empresarios de las transnacionales, que imponen absolutamente las normas. Ellos son distintos a lo que representa el guerrero vikingo.

     Retomo la imagen de guerrero vikingo que traigo plegada como bandera vencida en el trasfondo de mi alma y recuerdo las reuniones al interior del Partido Comunista de Chile, mi actividad en la organización de nuevas células del partido y en la formación política de los jóvenes. Como fogonazos se asoman a mi mente todas las acciones de campaña para llevar a la Presidencia a Salvador Allende, las tareas de construcción del nuevo orden económico, las luchas callejeras con militantes de organizaciones políticas opuestas al gobierno popular.

     Pero hoy no me veo como el valiente guerrero vikingo que atacaba de frente para derrotar al viejo orden burgués de la sociedad chilena, sino bajo el cáliz de la opinión: crié dos buenos hombres para que un día los persiguieran como a delincuentes, que expresaba mi madre con respecto a mi hermano y a mí, cuando el imperialismo, oculto en el “Caballo de Troya” de la milicia chilena, destruye nuestras ilusiones y desvelos y nos persigue violentamente por todos los rincones de nuestra patria. Dos buenos hombres, dos hombres ingenuos, dos hombres incautos, ¿dos hombres religiosos?


El YO-TÚ del gen tramposo, del gen rencoroso y del gen ingenuo u hombre-de-Dios
En genética poblacional –asegura Carlos Díaz– se dan tres tipos de comportamientos: El gen tramposo, el gen rencoroso y el gen ingenuo.

     El gen tramposo gana haciendo trampas. Si todos los hombres fueran tramposos, lucharían hasta que uno, el más tramposo, quedara solo, victorioso sobre los cadáveres de los demás pero sin tener a quien dominar.

     El gen rencoroso alimenta su rencor con su vida pasada, como es incapaz de sobrellevar y superar las condiciones de su crecimiento humano, se guarda todas sus soledades para cobrárselas en un futuro a los que culpabiliza. Este gen es el demiurgo de nuestra sociedad, todo está bien, ordenado, cada cosa en su lugar. Pero en su sociedad no hay , solamente existen los él. Es una sociedad de terceras personas, sin calor, afecto ni cariño. Son las sociedades de los países desarrollados donde se cultiva el individualismo en una distante relación entre los seres humanos.

     El gen ingenuo o incauto, como en los niños, no quiere hacer el mal. Carlos Díaz dice que ese es el gen del personalismo comunitario.


El Hombre como ente moral

Hubo una época en mi historia personal donde estaba seguro que mis valores como militante comunista, eran diferentes y superiores a los valores vigentes en la sociedad burguesa a la cual criticaba y critico. Hasta que un día, ya exiliado, tuve la oportunidad de confrontar mis valores con los de un sacerdote católico y descubrí que no existía tal confrontación valórica al darme cuenta que sus valores y los míos eran similares. Nuestro concepto sobre el respeto a la persona humana era simultáneo y convergente.

     También llegué a percatarme, muy a pesar mío, que algunos de los valores que yo más apreciaba se habían constituido en obstáculos que me impedían avanzar en mi proceso de desarrollo como persona.

     ¿Se podría creer que jamás hubiera platicado seriamente con un cura porque tenía la convicción de que eran individuos dogmáticos, sectarios y reaccionarios?

     Lo peor fue cuando pude ver que esas desagradables características personales me eran propias. Entendí que por eso es que me molestaban tanto al creerlas observar, como si fueran espejos que reflejaban mi ser, en otras personas. Me di cuenta, además, que aquella era una actitud beligerante ante la vida y que el amor al prójimo, tan presente en mis discursos del pasado, se veía oscurecido por una concepción estática de los valores.

     ¡Qué paradójico me parece hoy el que hablara de la dialéctica marxista del cambio social y que sostuviera, simultáneamente, que ciertos valores se habían apersonado de una vez y para siempre en mi interior!

     El hombre como ente moral, mencionado por Carlos Díaz, me hizo pensar en ese hombre dogmático, sectario, cuadrado, con una sola puerta para entrar, ninguna para salir y cuatro ventanas hechas sólo para mirar los únicos cuatro puntos cardinales de mi ideología.

     La concepción filosófica del personalismo comunitario respecto a los valores es dinámica y, por lo mismo, los criterios de clasificación de los valores representan una importante herramienta para evaluar los valores nacientes. No era suficiente hablar de las escalas de valores que utilizan diversos filósofos, sino que era preciso dejar una puerta abierta para que cada terapeuta construya sus propias escalas del ser y el deber ser.

     Carlos Díaz menciona seis criterios de clasificación de los valores: duración, divisibilidad, fundación, profundidad, referencialidad y prudencialidad.

a). El criterio de duración se refiere a los valores duraderos, como la amistad, y a los fugaces, como el goce o disfrute con alguno de los sentidos.

b). El razonamiento de la divisibilidad concierne a los valores indivisibles y los divisibles. El criterio que se aplica es: cuanto más bajo es un valor, más divisible es; por ejemplo el dinero, cierta cantidad de objetos, el tiempo. Pero si pensamos en el criterio del Rey Salomón, cuando llegan dos mujeres que disputan la posesión de un bebé, al aplicar el criterio de divisibilidad decide cortar al niño en dos pedazos, una parte para cada una ellas, surge el grito aterrado y maternal de una de ellas que prefiere renunciar a sus derechos con tal de preservar la vida del niño. La vida es indivisible.

c). El criterio de la fundación de los valores se relaciona con el que funda, instaura, instituye un valor, con aquel que es capaz de pensar por sí mismo, y el otro que se limita a copiar lo que hacen los demás, a ir donde va la gente.

d). En cuanto al criterio de profundidad, lo que satisface a los valores superiores, también lo hace en los inferiores, pero no a la inversa.

e). El criterio de referencialidad está ligado a la persona que actúa como referente, depositaria de cierto valor o disvalor; esto señala que a cada valor hay un opuesto que lo niega, así, por ejemplo, lo que hace el hombre responsable y trabajador está impregnado de tal valor; lo que hace el perezoso, siempre sale torcido. El problema es que en la medida que en cada grupo o familia se empiezan a comparar las personas por lo que hacen o dejan de hacer, aparecen las frustraciones y los resentimientos.

f). Prudencia en la captación de los valores, en este caso el criterio es determinar cuál se debe aplicar primero de acuerdo a la urgencia. Es interesante, entonces, observar el extraordinario dinamismo que puede adquirir el sistema de valores, lo que explica la posibilidad siempre presente en el ser humano y en la sociedad de experimentar cambios.


El Hombre, como hombre-de-Dios
Este apartado me sirve de manera excelente para ilustrarlo con el caso de un amigo, un hombre feliz, un hombre-de-Dios al que un día comenzaron a acosarle las preocupaciones:

     Este amigo es un tanto diferente. Jala parejo en todas las tareas políticas de la escuela preparatoria de la Universidad Autónoma de Sinaloa donde somos profesores, pero, aunque es considerado como parte de un “mercado cautivo de votos” del grupo dominante, a nadie parece interesarle su punto de vista en torno a los “importantes” temas que ocupan la apretada agenda de la actividad política de aquellos que se ostentan como dirigentes.

     Esto significa que los “importantes” temas sobre quién es el bueno para tal cargo, quién el malo y los intrincados prolegómenos de cómo estructurar la logística del cómo ganar una elección, son asuntos que jamás han ocupado ni siquiera una línea de la agenda de trabajo de mi amigo y, una vez logrado el triunfo, el quién va en este puesto, quién en este otro y las subsiguientes actividades para convencer o consolar a los inconformes qué se quedaron fuera del reparto de cargos son harinas de un costal de mañas al que nuestro amigo jamás les ha visto siquiera las costuras. Esto quiere decir que en tales trances a él jamás se le debió consolar por haberse quedado fuera del reparto. (Qué extraño, al escribirlo me doy cuenta que a mí tampoco).

     Él, simplemente se deja llevar por la inercia móvil del grupo de amigos al cual se siente incorporado. El Norte, Sur, Oriente o Poniente lo dejan impávido. Eso sí, su participación, si así pudiera denominarse a su asegurado asentimiento, se circunscribe sólo a sus horas de trabajo. Fuera de tal horario no se puede disponer de él –cuestión en la que, sigo dándome cuenta, me saca notable ventaja–. Nadie sabe –ni por lo demás a alguien parece interesarle– en qué ocupa su tiempo libre.

     Como es diferente, ingenuo, no critica a nadie, no opina de nadie, no se enoja con nadie, todos lo ven como si estuviera un tanto limitado. No tonto, si eso es lo que está pensando. Su cara risueña, sus actitudes amables, deferentes, respetuosas, como fruto de una educación a la antigua, con frecuencia le acarrean la burla de sus alumnos y el menosprecio de sus compañeros profesores o autoridades escolares, lo cual lo deja impertérrito. Las bromas y majaderías de aquellos se le resbalan por la epidermis de su orgullo como si fueran ramalazos de una suave brisa matutina.

     Un día lo percibí preocupado; me anduvo rondando gran parte de la mañana, hasta que advirtió que estaba desocupado. Se acercó; me saludó con la amabilidad y cortesía que lo caracteriza y me habló en tono confidencial:

     —Maestro, ¿es posible que me aconseje sobre un asunto que me preocupa?

     —Por supuesto, amigo. Adelante.

     Se sentó frente a mí y, después de rascarse concienzudamente la coronilla, me confió:

     —Es que... veo a todos los compañeros, incluso a usted, muy, perdonando la expresión, infelices. Se angustian porque les falta dinero. Se angustian por su casa, por su mujer, por sus hijos, por la universidad, por la escuela. Se preocupan por muchas cosas. (Se quedó en silencio un instante, se miró las uñas, y prosiguió). ¿Eso es normal compañero?, ¿es normal que se angustien por esas cosas?

     Jamás se me había ocurrido pensar en tal asunto, por lo que me detuve a reflexionar unos cuantos minutos mientras él me miraba atentamente. No supe qué decirle, así es que le respondí lo primero que se me ocurrió:

     —Pues... cuando menos es la norma general de comportamiento. (Me miró y comenzó a asentir moviendo lentamente su cabeza de arriba hacia abajo como si hubiera sabido de antemano la respuesta).

     —Lo que me preocupa es que... (Hizo un breve paréntesis como para organizar sus ideas). A ver si me entiende. Es queee... a mí no me sucede lo mismo, fíjese. Yo soy feliz así. Así como soy. Así como vivo con mi esposa y mis hijos. Así, con el trabajo que realizo en esta escuela. Así, con las risas sobre mí de mis alumnos y de mis compañeros de trabajo. (Se quedó en silencio un instante mientras una sonrisa dubitativa nublaba su rostro). ¿Es anormal ser feliz, compañero? (Arrojó vorazmente su pregunta con inesperada ansiedad).

     —No, no maestro. ¡Por supuesto que no! (Me apresuré a responderle). Lo que pasa es queee... ¿cómo decírselo?, ¡nosotros somos los anormales! Usted no se preocupe. Le aseguro que conocer a un hombre feliz, para todos nosotros es un aliciente que nos permite seguir adelante en la vida.

     Las comisuras de sus labios se fueron curvando lentamente hasta dibujar en su rostro una sonrisa de felicidad. Me extendió su mano derecha. Hice lo propio y tomó mi mano apretándola con gran afecto, al que correspondí sinceramente. Luego se alejó con la frente en alto balanceando sus largos y delgados brazos despreocupadamente.

     ¿Qué otra cosa podía haberle dicho? –pregunto–, ¿acaso ustedes se han enfrentado en desigualdad de condiciones a un hombre feliz?

     Bajo la sombra de tal imagen, hoy comienzo a mirar mi entorno tomando prestado de Carlos Díaz el cristal con el cual observa al mundo.

     Descubro de tal modo que las valientes acciones de guerrero vikingo, que creía haber realizado en mi pasado, no pasaron de ser las incautas e ingenuas acciones del buen hombre que crió mi madre. Paso entonces a descubrir que soy, simplemente, un buen hombre, que sigo siendo, quizá, aquel “buen salvaje” que los tristes jesuitas quisieron ver entre los desnudos habitantes del nuevo mundo americano para protegerlos de la ignorancia aterradora y criminal de sus congéneres conquistadores.

     Los valores, entonces, como pueden darse cuenta tienen su espacio y su tiempo. Por lo tanto, cuando examinamos el comportamiento del hombre en alguna etapa de su desarrollo evolutivo, en tanto hombre y como ente social, necesitamos conocer simultáneamente los valores vigentes en la sociedad de su tiempo; de lo contrario nos estaríamos convirtiendo en una variedad de jueces sui generis que poseen la facultad impropia de hacer valer sus principios, valores y leyes en cualquier época de la historia. De ese modo nos podemos transformar, en lugar de hermeneutas éticos, en jueces perversos que gozan con la posibilidad de condenar unilateralmente a todo aquel que se aleja de sus propias ideas o convicciones morales.

     Los valores cambian al igual que los hombres y las sociedades también.

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