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Cítese este artículo como: Páez Kano, Rubén. "Hijos de tigres...", artículo publicado en: La Tarea, revista de educación y cultura de la Sección 47 del SNTE/Jalisco (núm. 19, diciembre de 2006).


Hijos de tigres...

Rubén Páez Kano*
* Investigador del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). Labora también en el Trompo Mágico, Museo Interactivo.

Para Irmita
y los artesanos tonaltecas.

I

Del taller de Tere Durán. 
Foto: Patricia Rangel Juárez 

El conflicto entre trabajo manual y trabajo intelectual tiene una muy larga historia ¿que es también la historia de un mutuo y correspondido desprecio?.
     Desde la Antigüedad, la expresión trabajo manual ha servido para indicar aquellas labores llevadas a cabo aplicando directamente las capacidades corporales para, gracias a ellas, lograr un artefacto o un efecto de utilidad práctica e inmediata. Las actividades que requerían de esfuerzo físico eran catalogadas como inferiores al trabajo intelectual, es decir, al dedicado a la especulación y a la reflexión cuyo objetivo era lograr el conocimiento o la contemplación.
     En la Grecia clásica se aplicaba, de manera despectiva, el término banausia para nombrar al trabajo manual, y de esa manera se establecía una precisa diferencia entre las labores realizadas por los esclavos ?que se consideraban denigrantes? y aquellas otras, de tintes espirituales y encaminadas al cultivo del intelecto: la filosofía y las bellas artes, cuya trascendencia generacional requirió de instituciones de enseñanza formal. En cambio, los saberes necesarios para realizar trabajo manual quedaron relegados al campo informal de la transmisión oral y por imitación.
     Hasta la Edad Media, lo más común fue considerar inferior el trabajo que tenía como base el esfuerzo físico. Y únicamente en el Renacimiento, las técnicas, las artes mecánicas y el trabajo manual iniciaron su trayecto como actividades con cierta dignidad.
     En el medievo, los artesanos ?trabajadores dedicados a las artes mecánicas? comenzaron a organizarse, primero en cofradías y, después, en asociaciones gremiales. Luego del Descubrimiento y la Conquista de América, estas organizaciones laborales fueron trasladadas al Nuevo Mundo, en donde se dejaron a indios y negros los trabajos que requerían mayores esfuerzos.
     En el siglo XIX, con el surgimiento de la llamada sociedad tecnológica, hubo intentos para formalizar la enseñanza de los saberes artesanales. De esa época provienen las actuales escuelas de artes y oficios, creadas como instituciones encargadas de formar la mano de obra que requería el desarrollo industrial.
     Sin embargo, los oficios más modestos, aquellos que se encontraban en la base de la escala social ?entre ellos, la producción de objetos de barro? nunca dejaron de ser banausia, pues la herencia del oficio, y de sus secretos, a sus descendientes se hacía de manera informal, en el ámbito familiar y a través de la práctica.
     La banausia es lo común en nuestros días. El milenario conflicto entre trabajo manual e intelectual, y el mutuo desprecio entre estas dos maneras de trabajo aún están muy arraigados en nuestros días. Quizás una de las expresiones más claras sea la manera en que todavía se transmiten los saberes artesanales a las generaciones futuras.

II

Tonalá tiene una larga tradición alfarera. Sus raíces se remontan a la época prehispánica, luego recibirían el impulso de las técnicas peninsulares para, al fin, fundirse en un mestizaje cuya interminable renovación prosigue en nuestros días.
     Es importante señalar ?aunque sólo sea en términos generales?, la manera en que los artesanos de este pueblo alfarero dejan su legado de saberes y destrezas a las generaciones que los sustituyen.
     Los artesanos, en general, siempre han retornado a la enseñanza informal, no escolarizada. Entre los tonaltecas es particularmente notable el esfuerzo que realizan, y la preocupación que tienen, por preservar las técnicas dictadas por la tradición.
     Los artesanos contemporáneos obtuvieron los secretos de su oficio de una manera práctica: los heredaron y por eso, cuando niños, los aprendieron jugando, imitando los trabajos que veían y preguntando..., siempre bajo la guía y supervisión de sus mayores.
     Desde la infancia más tierna, los herederos debieron recibir lecciones informales: cómo machacar los terrones de barro, cómo mezclar los tipos de barro y saber que la argamasa tiene las proporciones de humedad adecuadas, etc. Y no pasaría mucho tiempo para que los noveles artesanos empezaran a practicar algunas etapas del proceso de elaboración de objetos de barro.
     Jugando, los aprendices, primero modelan figuras; enseguida las dejan secar; luego les aplican la humedad necesaria para proporcionarles una textura más lisa, ensayan a decorarlas y, finalmente, las encargan a sus padres para que las incluyan en la siguiente carga del horno.
     Cuando tiene lugar el milagro de la transmutación, el fuego se ocupa de consolidar las piezas, éstas dejan de ser simples pellas de barro modeladas y adquieren la falsa inmortalidad de los objetos cerámicos.
     En ese proceso, los pequeños artífices son tocados por el hechizo de la creación, por ese hilo invisible que une a toda generación de artesanos. Los aprendices comienzan a trabajar formalmente, tienen ya varios años de práctica y la experiencia suficiente para que, con unos breves comentarios, obtengan los conocimientos necesarios para convertirse en nuevos creadores.

III

Desde la obtención de las materias primas hasta vaciar el horno, los artesanos siguen los pasos de un elaborado ritual que aprendieron casi sin darse cuenta y que les garantiza el "buen destino" de sus piezas.
     Para modelar, mezclan dos tipos de arcillas. Una más compacta y pegajosa, conocida como "barro tieso", y otra más arenosa denominada "barro blando". El alfarero forja las piezas con ayuda de moldes, alisadores de piedra, pinceles de pelo de perro y bruñidores, cristales de pirita cúprica engastados en soportes de barro.
     Tomando en cuenta sus funciones, decorados y técnicas, se puede distinguir entre "loza de agua" y "loza de fuego" en la alfarería tonalteca. La diferencia entre ellas se debe al terminado superficial: la primera es de barro bruñido o ensebado, y de una sola cochura, mientras la segunda, al llevar un baño de greta, requiere de una segunda cocción que la vitrifique.
     La "cerámica bruñida", también llamada "loza de agua" o "de olor", es la más antigua, su raigambre se remonta a la época prehispánica y tiene la vocación de contenedor de líquidos. Ésta cerámica es la de mayor tradición. Se la decora con capas semitransparentes de engobe para lograr las superficies pintadas con rojo y negro. El brillo característico de su acabado se logra frotando la superficie húmeda con un trozo de pirita.
     Estrechamente emparentados con la cerámica bruñida están el "barro bandera" y el "barro canelo". Ambas variedades toman su nombre de los colores que las decoran, en ellas, el brillo de su acabado se logra con sebo o grasa de origen animal que pule su superficie.
     La luminosidad característica del "barro bandera" se logra a través de una doble capa de engobe colorado (de "flor de tierra roja"); una vez ensebada y cocida la pieza, se le agrega, en blanco, la decoración tradicional de flores, animales y nombres. Por su parte, el "barro canelo" presenta superficies de tonos sepias y ocres, colorantes provenientes de arcillas locales.
     La cerámica de Tonalá aprovechó el legado europeo y aplicó a la "loza de fuego" una última capa superficial vitrificada. Para lograrla debía hornearse, pero esta vez cubierta de óxido de plomo o "greta".
     Por la complejidad de su decoración, en la loza engretada existen las variedades "de lumbre" y de "petatillo". La primera tiene fines utilitarios en la cocina, mientras que la decoración de la segunda la hace lujosa y se usa para servir los alimentos.
     Finalmente, la técnica tonalteca más reciente fue introducida por Jorge Wilmot en los años sesenta del siglo XX. Es la llamada "de alta temperatura" o stoneware, con la cual se logra la total vitrificación de las piezas. Esta técnica es una atinada fusión de las tradiciones cerámicas oriental y tonalteca.

IV

El conjunto de imágenes fotográficas que ilustran esta publicación ?debidas a la lente de Patricia Rangel Juárez? registran puntualmente el trabajo de los artesanos contemporáneos, herederos de la tradición tonalteca y verdaderos "hijos de tigres..."

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Para apreciar a todo color la obra de esta fotógrafa, visita este hipervínculo:
Galería de Patricia Rangel Juárez

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