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Cítese este artículo como: Santana Sandoval, Arturo. "Creatividad y conocimiento: algunas perversiones de las afinidades entre la creación poética y la ciencia", artículo publicado en: La Tarea, revista de educación y cultura de la Sección 47 del SNTE/Jalisco (núm. 19, diciembre de 2006).


Creatividad y conocimiento:
algunas perversiones de las afinidades entre la creación poética y la ciencia
(Conferencia expuesta en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro el 21 de octubre de 2004).

Arturo Santana*
* Profesor Titular C en la Universidad Pedagógica Nacional (UPN-Querétaro). Asesor pedagógico de proyectos de innovación educativa, particularmente relativos a los problemas de enseñanza de la lengua y la literatura. En la actualidad apoya los trabajos de evaluación del Programa Escuelas de Calidad en preescolar.

Voy a hablar de un territorio de la conciencia cuyos límites arañan los extremos de la razón, precisamente porque no hemos construido aún, con suficiencia, explicaciones lógicas para comprender lo que ocurre cuando designamos con palabras un evento de la realidad, bien sea para nombrarlo desde el vértice de un concepto, o bien para sugerir sus posibilidades de ser desde una imagen poética. Tales explicaciones o senderos comunes pueden transitarse conviniendo que el rojo es una propiedad física de la luz y señal de referencia para el ojo común.
     De dónde proceden las habilidades del teórico y los actos circenses del poeta para embaucarnos con la imaginería de las razones y las expresiones, en apariencia disímiles por sus contenidos, por sus procedimientos y formas, pero comunicantes íntimos hasta la fusión. Merolicos o magos han sobrevivido a todas las conflagraciones mundiales, sin que asome alguna probabilidad de su exterminio, lo que es de suyo indicio de su permanencia en torno del verbo empezar. Lo mejor es darnos la vuelta en U y retornar al origen.
     Algunos debates filosóficos orientan su reflexión hacia la necesidad de un discurso teórico atado por la certidumbre formal, de modo que lo pensado desde ahí adquiera un alto estatus de veracidad epistémica. Frágil es en esencia esa tentativa por cuanto soslaya la dinámica de la creación humana, incluyendo al lenguaje como organismo de la cultura y las pulsiones profundas que lo animan. Nombrar es acotar lo que es de suyo inmensurable, de suerte que describir el sol con un juicio es una justa evidencia de lo absurdo.
     Tierra del pensamiento crítico y de la intuición original, este universo carece de acotamientos definidos sin asociarse con la confusión. Sabemos identificar las diferencias entre el discurso de Tales de Mileto para explicar la naturaleza del cosmos, y el poema de Gilgamesh para describir un destino del hombre. En ambas representaciones, sin embargo, la lengua escrita adopta un formato común sin fundirse en una sola masa de sentido. La función referencial frente a la función poética de la lengua, afirma Jakobson.
     Inacabada, como es la conciencia, posee un doble carácter ontológico: es gregaria desde la perspectiva de lo humano; es personal porque cada individuo está cercado por un mapa semántico irrepetible. Somos el mismo, en plural; somos distintos, en singular. Ciertamente a la mayoría de la población le pesa el costal de las diferencias y procura, en cambio, la uniformidad de modos y prácticas, del todo imposibles de ser. "Todos coludos, todos rabones", pregona la filosofía del aforismo con un espíritu de democracia popular y abonando desde un sentimiento vulgar. Los pueblos indígenas tienen su razón cuando reclaman respeto hacia la diversidad y especificidad de sus culturas.
     El sentido de esta especulación consiste en afirmar la interdependencia genética entre esas dos dimensiones de la conciencia moderna (el arte y la ciencia), cuyas intersecciones distraen al hombre que piensa, acaso omitiendo el papel de la imaginación en los avatares de la contienda humana. Dos actitudes ante las contingencias del asombro. Es un enigma, aclara Borges con una visión espectral más cerca del instinto que de la razón.
     La globalización neoliberal de las economías, digámoslo de paso, atenta contra esta naturaleza específica del ser cuando pretende medir, valorar, tasar con el mismo rasero a la humanidad entera, justo cuando hemos descubierto la diversidad infinita de expresiones multiculturales. Evaluar con los mismos "estándares" las competencias de cada quien, pregona el discurso de marras. No somos hombres, sino diferentes, afirman las mujeres desde una perspectiva que trastoca nuestra comprensión del género y demanda un tratamiento equitativo para su naturaleza. "No somos hombres ni mujeres" pregona con afán de justicia un segmento social minoritario cuyas identidades afectivas, biológicas y sexuales exigen una reclasificación de lo humano, que las incluya. Y así, hasta el infinito de la diversidad.
     La historia de la persona es un edificio habitado por los modelos de apropiación de lo real: la experiencia, la religión, el arte y la teoría; de la mano de otras entidades ideales: creencias, sentimientos, valores, suposiciones, cuyas formas, relaciones, predominios, manifestaciones, justamente nos identifican en singular. Me voy a referir a algunos rasgos de las dimensiones del arte y de la teoría, con la finalidad de contribuir en la torcedura intelectual de no ver los vasos de afinidad entre la creación y el saber. El supuesto de esta exposición afirma la existencia de un vasto campo de la conciencia en donde velan sus ajuares los señores de una aventura posmoderna: el poeta y el científico. Ambos buscan apropiarse de ciertas esencias de la realidad con recursos distintos, puesta la mira en horizontes opuestos, pero bajo el mismo foco de luz: el poeta con imágenes, emociones, sonidos; el hombre de ciencia, con conceptos, categorías, juicios. Las alegorías frente a las hipótesis; las metáforas frente a las definiciones.
     Ahora un paréntesis epistémico. Las mulas que transitan el camino real de mi pueblo hacia la capital bajan el hondo tajo de una barranca para cruzar hacia el otro extremo del sendero, apenas medio kilómetro de longitud entre ambas orillas; sin embargo el descenso y la subida les lleva horas interminables bajo los fardos de la carga y el azote del sol. Dura labor también la del arriero cuyo chicote suda con el calor de la premura por estar del otro lado, pisando el parejo polvoriento del llano.
     Como milagro caído del deseo, un día llega la ciencia hermanada con la tecnología y en un abrir y cerrar de ojos tienden un puente que puede cruzarse en cinco minutos. Enhorabuena, pero las mulas ya tienen trazado el itinerario de su paso y sobre el lodo fresco se advierten aún las huellas de sus patas, de manera que, antes de llegar a la armazón de hierro y concreto, las bestias reconocen los signos de la costumbre y persisten en el avance, cuesta abajo, alentadas por la experiencia, y a pesar de los esfuerzos del guía para encauzarlas sobre la nueva pista inaugurada con la consigna al pie de la estructura: este es un puente y se pasa por arriba.
     
De modo similar actuamos (disculpa de por medio por las implicaciones de la analogía) en la práctica cotidiana. Olemos el aire impregnado con el efluvio personal que hemos dejado al paso y nos identificamos con esa experiencia, reconfortados por la seguridad que nos proporciona lo conocido. Esta es una ventaja del lugar común. Percibir la realidad como un reflejo de las apariencias nos ubica ciertamente frente al plano de las certidumbres, aunque su vigencia adopte el carácter virtual de una representación.
     La práctica de la ciencia, por el contrario, procura senderos nuevos. Solemos recorrer el mismo itinerario tantas veces como lo permite el tiempo de la innovación, porque asoma el rostro de la necesidad como divisa utilitaria, pero nuevas interrogantes abren opciones al pensamiento inquisitivo y no queda sino el imperativo de la invención. En la heurística de la conciencia teórica nada permanece estable mientras imaginemos lo posible como un territorio para la transgresión. Sin ruptura no hay avance. El pensamiento empírico, por su parte, subraya la apertura hacia la socialización universal de lo evidente: soy un objeto de conocimiento.
     La ciencia, desde su perspectiva formal, es un discurso. Sólo entre colegas es posible discutir acerca de las bondades de la investigación sobre el genoma humano, por ejemplo; a los legos toca valorar desde el lugar común y el prejuicio; desde la creencia y la moral. No obstante, la lengua es herramienta común. He aquí un rasgo esencial de aquella afinidad.
     El lenguaje está dispuesto para organizar el aparente caos de la naturaleza del mundo real, aunque en la antesala de su reconocimiento poeta y científico se reconozcan ellos mismos objetos de su creación/indagación. Paradoja de las ciencias sociales y biológicas, esta circunstancia posee un carácter tautológico si se le mira desde la sentencia que sigue: el objeto de conocimiento más complejo del universo, soy yo. Desde el enfoque epistemológico el sujeto deviene objeto de sí mismo en cuanto totalidad de esa porción de la realidad, cuya esencia es pensamiento. Materia que piensa. O imagen. Materia que intuye formas inéditas. Ahí donde el saber expresa su finitud, la creatividad trasciende lo real a través de imágenes revestidas con el sentido del origen, cuando cada palabra es un acto poético, nos recuerda Borges.
     Acaso la conciencia teórica del psicoanalista esté muy cerca de esa dualidad si enfatizamos su interés por el inconsciente, por la ansiedad, por las versiones posmodernas de la personalidad. El psicoanálisis, por ejemplo, puede ayudarnos a reconstruir la estructura de la personalidad de un sujeto a partir del estudio de su historia y, en consecuencia, formular las interrogantes pertinentes para intentar el trazo de una identidad que trasciende a la razón. Nuestros deseos y sueños; nuestras obsesiones y frustraciones nos pertenecen desde la raíz, que es prehistoria. Y desde ahí, Narciso, teje sus fantasías revestidas con el espíritu científico o con la vocación poética. Tal vez el afán de saber e imaginar precise una compensación añorada, desde el atisbo, por el ojo de una cerradura en cuyo fondo algunas prendas íntimas caen cercadas por la intermitencia de una congoja.
     Quiero decir que en el acto creativo, sea el tono de la reflexión cognitiva en la formulación de un juicio, o bien de la factura de un poema que nace, emerge la energía de un mandato superior al de la voluntad cuya extensión varía en proporción a la ceguera. No pensar, sino imaginar para conocer; no inventar, sino construir para revelar. Cierro mis sentidos para saberte mejor. Escribo para cercarte, para saciarme.
     El acento inquisitivo de la descripción lógica, o la precisión formal de una metáfora provienen de un sacudimiento interior en aras de un espejo que lo defina. Cuando el científico y el poeta responden a la pregunta acerca del sentido de su práctica, asumen parcialmente su condición de inquisidores, pero no hablan de la arqueología profunda de su inconsciente. En esa conmoción abrevan lo mismo el miedo a la oscuridad, lo nuevo; la angustia por lo no vivido, el vacío. Cuando la experiencia objetual frente al vidrio nos parece extraña, entonces nos explicamos la conducta de las mulas en el puente. Rechazan la presencia de lo nuevo, en cuanto se opone a su condicionamiento animal. Desde nosotros, el puente es un desafío para cruzar hacia el umbral de lo desconocido. Ambas entidades no nos reconocemos desde la lógica de la costumbre y el lugar común. No obstante, persiste algo esencial, nuestro, en esa representación.
     En la sistematicidad cognitiva del homo sapiens y en la desembocadura de los imaginarios del poeta, se expresa el origen ontológico del Ser, porque en ambas prácticas desenvolvemos las figuraciones originarias de nuestra evolución: seguir la pista de la presa, atraparla primero en la caverna. Porque, en esencia, saber e imaginar configuran dos momentos radicalmente imprescindibles frente a la incertidumbre de un nuevo día. Dos expresiones de la práctica humana cuya experiencia despliega el sentido de lo vital.

Búsqueda
Huelo
una axila
de lluvia.
Abro la certeza
de unos poros sitiados
para caer en la cuenta
inmensurable de una axila
de agua profunda
pero la exuberancia guarda un misterio
     / de hembra dormida
en cuyas redes puede uno perder
      / el sentido del origen
y aquí
me tienes
al pie de ese
cuenco
buscándome como si nada.

Debimos esperar el cortejo de treinta años
para decirlo desde este rincón.

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