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La prima Melisa
(cuento)

César Prieto Gutiérrez*
* Profesor normalista.

La prima Melisa era una persona extraña. A sus setenta y tantos años no se había casado, es decir, no había establecido ningún contrato de convivencia permanente o limitado con ningún hombre o mujer. No había renunciado a permanecer en el régimen, ya obsoleto, de convivencia familiar primitiva; por eso compartía con mis padres el departameanto Prof-345-pareja adul.zx que la Comunidad del Estado Internacional les había proporcionado y, aunque el estatuto lo prohibía, se las ingenió invocando sus 50 años al servicio de los Programas de Interacción Controlada, rama Aprendizaje Tradicional, para conseguir un permiso de coresidencia limitada que tenía que renovar cada 6 meses. Era triste verla caminar por los freeways, ya en desuso para el tránsito vehícular, con un curioso folder amarillo entre sus delgados brazos. Para su bien, ahí no se distinguía de los cientos de ciudadanos en desplazamiento transitorio que, sin oficio ni beneficio vagaban, apenas despertándose, entre esas viejas y polvorientas vías. Datos de su pintoresco modo de vida: usaba unos viejos zapatos de piel auténtica de animal, una pañoleta roja; encorvada y lenta, con arrugas profundas en el rostro y sin la mascarilla anti-impact cubriendo sus vías respiratorias. Además –nota aparte–, ningún miembro u órgano interno de su cuerpo había sido reemplazado hasta la fecha. A la prima Melisa le aguardaba, sin duda, una pronta y dolorosa muerte.
     Le llamábamos prima Melisa por la fuerza de la costumbre. Era en realidad la tía abuela, vieja denominación que se refería al parentesco ascendente lateral inmediato de tercera generación. Con el nombre iba también un mucho de cariño que profesábamos por esa especie de documento viviente que se apergaminaba ante nuestros ojos sin que pudiéramos intervenir de ninguna forma.
     Su convivencia con mis padres en el módulo Prof implicaba verdaderas dificultades. La no utilización de los servicios, de los que era incapaz de hacer uso, provocaba verdaderas anécdotas que se resolvían casi siempre con una oración sarcástica de Carlos –mi padre– y con la mirada silenciosa y acusadora de Sara –mi madre–. Asegura alguien que insiste en la utilización de agua de calidad potable para lo más íntimo de su aseo personal.
     La prima Melisa recién había sido separada de los Servicios Comunitarios Obligatorios. Su actividad de los últimos años se había limitado a reparar viejos volúmenes amarillentos del Fondo Bibliográfico del Estado. En un rincón oscuro y oloroso a moho iba destapando voluminosos empaques de cartón de los que sustraía con paciencia libros, verdaderos libros antiguos, que ella, con su tradicional anacronismo continuaba llamando documentos. Con su pulso tembloroso –producido sin duda por el desgaste neurológico de su avanzada edad– los apartaba con un orden caprichoso. Les construía con sus propias manos unas tarjetas de papel y con un bolígrafo les anotaba claves incomprensibles con un sistema de escritura de extraños caracteres arabescos. Luego, en hojas blancas que misteriosamente conseguía en una tienda ruinosa del San Juan de Good, levantaba detenidos informes. Inexplicablemente los volúmenes regresaban, uno a uno, a esos empaques que siempre parecían los mismos de los que recién se habían retirado y nuevamente se apilaban en columnas interminables. Los informes iban a parar al correo material de otro departamento donde nadie decodificaba lo ahí consignado. Un joven de ridículos anteojos los capturaba, casi sin mirarlos, en una vieja máquina Pentium Pro conectada a una obsoleta Net donde ya nadie navegaba. Mes a mes, recibía su retribución y le pedía a Carlos que se los reconvirtiera a moneda. Su estatus de Residencia Temporal Limitada le proveía de lo indispensable, mediante un stock extra, proporcionado a Carlos y Sara para sus condiciones mínimas de sobrevivencia: unas cuantas pastillas desodorizadas, algo de azúcar y café, galletas nutrí y leche sintética que bebía caliente y endulzada en tazas de porcelana. La prima Melisa si que era extraña.
     Para el año de 2025 de la vieja cuenta 15-000-235 de la instalación de la Comunidad Internacional, el Partido de los Reformadores se hizo del control del Estado Comunitario. Se anunciaron medidas revolucionarias de modernización de las finanzas publicas y se habló, cada vez con más insistencia, de la necesidad de reordenar los Servicios Comunitarios Obligatorios. Se trataba de una profunda modernización de los criterios escalafonarios profesionales para refuncionalizar la actividad productiva y rebasar rezagos ocupacionales, de manera que se correspondieran con los perfiles internacionales. Las provincias de rasgo pretecnobiológico requerían que los empleos tradicionales y el consiguiente gasto presupuestario desaparecieran cediendo su lugar a las profesiones de nivel tres. La prima Melisa corría el riesgo inminente de perder el empleo. Su Departamento encabezaba una larga lista de dependencias estatales que debían refuncionalizarse. Se volvió callada con un silencio nuevo, más hermético y dolorosos por dentro, según yo sentía. Dejó de sostener sus interminables charlas sobre los tiempos idos y acerca de los sorprendentes documentos que rescataba del olvido. Le dio por caminar durante largas horas por la ciudad vieja. Nada lograron los consejos de familia. Parecían no asustarle los raptos y violaciones que a diario cometían los desplazados, ni las condiciones envenenadas del medio con las amenazas de agudas infecciones y daños genéticos crónicos. Sus caminatas se alargaban como se alargaban sus silencios. El día 269 en que debía refrendar su estatus de residencia en la Oficina de Control Demográfico y Vivienda no se presentó, luego de tanto tiempo de hacerlo puntualmente. Sara la interrogó. Ella alzó la vista como un infante regañado cogido en falta. Alargó un papel arrugado que, con dificultad, Sara decodificó.
     —Si las clases que recibí de ti son ciertas –dijo Sara–, aquí dice que has quedado en estado cesante por tiempo indefinido...
     —He sido despedida –dijo Melisa–.
     —¿Y el funcionario comunitario del Departamento de Control..., has pensado en eso...?
     —No importa. Me iré en unos días.
     —La forma Res-398 te permitiría contar con el stock..., podrías permanecer con nosotros...
     —No importa. Puedo volver al edificio de Juárez 392227, que aún sigue a mi nombre.
     Su práctica comunicativa se tornó grado cero. La prima Melisa se extinguía, y con ella el recuerdo mantenido a fuerza de ella misma. Nuestras largas conversaciones cuando el sol se metía y el color morado del neblumo citadino se teñía poco a poco de rojo para anunciar la noche, también se iban.
     “Había escuelas –decía– y los alumnos pasaban horas y horas juntos leyendo libros de verdad, con lápices de afilada punta, haciendo cálculos por sí mismos y anotándolos en su cuaderno... había el recreo, y ellos jugaban gritando y empujándose por meter una pelota en los marcos... luego alguno caía y se raspaba una rodilla, ¡sí, entre la tierra sangraban en violentos juegos físicos, sin atención médica inmediata...!, lloraban y regresaban a sus aulas a seguir con el estudio, sin máquinas ni otra cosa que yo misma dictándoles una lección...”
     Aparecían ante mí tiempos idos y lejanos en los que la gente aprendía con los vecinos, hacinados en inhabitables centros escolares, intercambiando humores codo a codo, leyendo y escribiendo en documentos precibernéticos que luego memorizaban y repetían hasta el cansancio ante sus profesores. La prima fue maestra. Enseñaba al modo tradicional en los sectores de la ciudad vieja. Ahora ya no era nada. Lo más interesante de ella era su memoria. Retenía sin ninguna dificultad una gran cantidad de nombres de lugares que ya no existían, de personas ya muertas, de obras de literatura afroamericana que ya nadie recordaba. En el curso de funcionalización profesional que llevé en la University Tecnoetnográfica, llegué a sorprender a mi electronictutor asignado con fragmentos de información que ella, en nuestras largas conversaciones cara a cara –que sosteníamos en las heladas tardes en casa de mis padres–, me había proporcionado. Tal era la magia y encanto de lo que decía, que ni siquiera mi cibervirtual TV lograba llamarme a interrumpirlas. Me repetía larguísimos poemas de Neruda, un escritor del siglo pasado reconocido en vida con un gran premio. Sus extrañas historias necrófilas de Rulfo me trastornaban y, de extraña manera, me hacían desear la muerte.
     La prima Melisa me fue útil. Por eso extrañaba su presencia anacrónica y deseaba hablar y hablar siempre con ella. Un día, en mi Visita Intrafamiliar Programada, ya no la encontré con Carlos y Sara. Sólo me dijeron: “se ha ido”. Extraños relatos me pasaron por la mente, como si su memoria se desplazara por los rincones de mi cerebro. No atine a buscarla en sitio alguno. El Sector Cyti-98 en que se encontraba su residencia de Juárez, tenía restringido el acceso a los no residentes y el permiso especial para visitarlo era imposible de conseguir. El tiempo pasó.
     Un año después, luego de aprobarse en el Parlamento Internacional el paquete de Reformas U-459-Marg, que proponía un proceso de refuncionalización de sectores de desplazados, la incorporación de sus residentes a las normas de vida de tercer nivel y la extinción de núcleos de población en circunstancias tradicionales de marginación extraordinaria, llevó al Estado Comunitario a abrir esos sectores. Se formaron equipos interdisciplinarios de integración acelerada y, por mi preparación profesional como técnico en biotecnoetnografía, más el conocimiento que había demostrado en formaciones culturales tradicionales, pude formar parte de uno de ellos. Nuestra primera labor fue levantar un censo detallado de los núcleos marginados, sus condiciones de vida y el diseño de programas emergentes de preintegración. Íbamos por los antiguos freeways capturando información, mirando con ojos propios como se vivía y se moría en esas formaciones prefuncionales.
     ¿Algo superior y misterioso me llevo allí? ¿Alguna fuerza extraña me hizo llegar a el Sector San Juan Good 45-698?
     En un vehículo de propulsión nucleoreactiva cruzamos las calles ruinosas, vimos las viejas tiendas colmadas de artículos de piel, madera y papel en las que se expendía, seguramente, a cambio de monedas. Por todos lados adivinamos miradas temerosas, respiraciones acompasadas, ecos silenciosos de gritos tras las puertas; percibimos familias con muchos hijos, infectados de todas las enfermedades. Sin embargo, el Sector parecía desolado, abandonado, como si todos hubieran muerto de repente. Recordé, lo juro, una historia de un pueblo muerto en el que los habitantes se envolvían en murmullos y letanías, donde los muertos caminaban como sombras por sus calles cruzadas de un viento cargado de voces de las que no se sabía su procedencia. Un tal Rulfo, creo. (Nota: revisar Cyber-note, ficha: Literatura afroamericana, siglo XX). Con esa idea obsesiva y la presencia inexplicable de la prima Melisa, conduje a mi grupo, que al fin se atrevía a descender del vehículo, hacia una plaza donde un grupo de desplazados parecían convivir animadamente sin notar nuestra presencia. Algunos del grupo revisaron con sus instrumentos de medición las condiciones de contaminación del medio, otros capturaban información en sus microcomputadoras. Yo sólo atiné a acercarme a aquel conjunto de seres sucios y desarrapados que reían con grandes carcajadas, que se tocaban los cuerpos y hablaban a gritos alrededor de una fogata para mitigar el frío del mediodía. “Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre... un tal Pedro Páramo...”, me repetía, incansablemente, una y otra vez: “... vine a Comala porque...” En un rincón del viejo market, distinguí el brillo de una pañoleta roja. Una viejísima mujer, enferma, con grandes sarcomas en el rostro, con las manos temblorosas sostenía un fragmento de materia caliza; su voz, apenas audible, contaba que en otro tiempo había habido escuelas en las que los alumnos aprendían en aulas, leían libros de verdad y escribían las lecciones en cuadernos de papel. Una docena de chiquillos, con bolígrafos en mano, anotaban en pedazos amarillentos de cartón algunas cosas; reían a intervalos, llenos de sorpresa y dudas sobre lo que escuchaban... retrocedí y ascendí al vehículo. Luego, los miembros del equipo sistematizaron oralmente sus conclusiones. Sólo un plan D-N-III, de Extinción Inmediata de Núcleos, podría hacer funcional aquel sector... Imposible integrar... emergencia clave 235... imposible refuncionalizar...
     Cuando el vehículo se elevó, de aquel Sector sólo quedó una mancha marrón de construcciones derruidas. Nos desplazamos sobre el cielo morado que empezaba a teñirse de rojo anunciando la proximidad de la noche. En mi cabeza resonaba aquella vieja historia de la prima Melisa, a la que nunca volví a ver: “... vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo...”