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SubTerra: un cine de lujo

Colomba Orrego Sánchez*
* Periodista y promotora cultural chilena. Correo de la autora: colombarra@yahoo.com

Escena de la película chilena “Subterra”, de Marcelo FerrariBajo el slogan: "la película más cara del cine chileno", se estrenó la ópera prima de Marcelo Ferrari: SubTerra, que en sus primeras horas de vida pública a logrado adjudicarse, en el plano nacional, el segundo lugar de taquilla (la cinta Sexo con amor, lidera la lista) y en el plano internacional, en el Festival de Biarritz, el "Sol de Oro" a la mejor actriz femenina.
     Cuatro años tuvieron que transcurrir antes de que SubTerra se estrenara, tiempo en el que se trabajó –principalmente–, en la investigación histórica para lograr transportar al espectador hasta la segunda mitad del siglo XIX, en donde vestuarios, arquitectura, ambientación y costumbres reflejaran la miseria y oscuridad de las minas de carbón bajo el mar, alternando con el esplendor señorial del mundo aristocrático de la familia Cousiño, convirtiendo así a esta cinta, en una de las mejores obras de artesanía cinematográfica del país.
     La trama, basada en la adaptación de un par de cuentos incluidos en el exitoso volumen homónimo de su autor Baldomero Lillo, recrea vida, costumbres, amor, odios y drama de dos mundos tradicionalmente opuestos: los ricos y los pobres, los primeros representados por la aristocrática familia Cousiño, dueña de las minas de carbón de Lota, pueblo al sur de Chile y centro minero por excelencia, y a sus pobres, y explotados trabajadores. La cinta recoge diversos aspectos de los cuentos del libro SubTerra, para integrarlos en la historia de un minero amargado, descreído y algo borrachín, un héroe trágico, Fernando Gutiérrez, (Francisco Reyes), que busca unir a los trabajadores en un sindicato y así exigir mejores condiciones laborales, su vida se altera cuando repentinamente con la reaparición de Virginia (Paulina Gálvez) ahijada de la familia Cousiño, dueños de las minas, de quien se enamorara perdidamente.
     A esta narración se le unen algunos recursos cinemaliterarios, tomados por el equipo de guionistas (entre ellos su propio director), quienes dan vida a Lillo, en calidad de un débil y feúcho joven, quien deambula por la cinta, relatando con solemnidad los padecimientos de los mineros lotinos que arriesgan sus vidas para ganarse el sustento debajo del mar, y tomando nota de todo cuanto ocurre.
     El pero surge en las intenciones –algo didácticas– de Ferrari, por convertir la voz en off del autor de la novela, en el hilo conductor de la cinta, donde se dice más de lo que muestra, que subraya con marcador su línea discursiva y que ofrece un humor sin sorpresas. Pero que, sin embargo, se las arregla para hacer aflorar la emoción, allí donde la prefabricación sólo parecía conducir al sentimentalismo, dejando de lado la trama, el drama, las caracterizaciones y psicología de los personajes, como ocurre con casi todos los protagónicos, convirtiendo a algunos en innecesarios como son los casos de Luis Cousiño (Héctor Noguera) y Doña Isidora Goyenechea (Consuelo Holzpfel), que encarnan a personajes tibios, sin malicia, sin pasión, que se diluyen en la cinta como tinta al agua.
     Contraponiéndose a esta situación, surgen los papeles secundarios que se roban la pantalla, como es el caso del minero soplón y traidor interpretado por Alejandro Trejo (Taxi para tres, El juego de Aracibel), la actriz que encarna a su esposa, Mariana Loyola (La fiebre del Loco) y que decir del personaje interpretado por el tiránico Mister Davis (Ernesto Malbrán).
     Sin embargo, avanzando hacia el segundo tercio de la película, Ferrari encuentra su ritmo, el que mantiene hasta concluida la película, y termina así con un filme cándido, más que respetable. Es con mayor soltura, que se logran personajes que no parecen maqueteados, sino reales. Algunas escenas bastante memorables son las que transcurren dentro de la mina y los enfrentamientos entre Virginia y su protectora Isidora Goyenechea, en el que esta última acusa a los mineros de ambiciosos por mandar a trabajar a sus hijos, en vez de reconocer que la paga que se les da es miserable.
     Es cierto que los trazos gruesos le impiden alzar el vuelo, pero también tiene sus sorpresas. Y que logra tocar, provisto del legendario naturalismo de Lillo, más de una fibra sensible. Lo que no es poco.

Director: Marcelo Ferrari.
Elenco: Francisco Reyes, Paulina Gálvez,
Cristián Chaparro, Héctor Noguera, Consuelo Holzapfel,
Patricio Bunster, Alejandro Trejo,
Berta Lasala, Mariana Loyola.

     En resumen, se trata de una cinta más que recomendable, digna de ver, no sólo porque refleja –y en el fondo es un homenaje– a la gente del carbón, sino por su factura, que hace esperar que en los próximos trabajos en cine, Ferrari vaya afinando su mano.
     Además esta joyita cinematográfica, podría terminar dando algunas sorpresas desde el ámbito musical, ya que al estilo de Amores perros, posee una nada despreciable banda sonora en la voz de Julieta Venegas y la chilena Anita Tilloux.