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Manuel Ramírez: pintor y fotógrafo de la vida

El pintor y fotógrafo Manuel Ramírez abre la portada del número 18 de la tarea, nos ofrece un excelente acrílico sobre tela de gran formato, titulado: "El poeta de la tierra". Presentado a colores, nos permite apreciar en todo su esplendor la calidad y factura de una obra plástica que ha llegado a su plenitud. Dos breves artículos enmarcan la obra de nuestro huesped honorario, en ellos se reseñan dos vertientes de su basto quehacer creativo: la fotografía y la pintura. Pero, más allá de lo que pueda decirse con palabras, hacemos desde aquí una invitación para adentrarnos en su obra a través de la vista.
     Presentamos a lo largo de las páginas de nuestra edición impresa, sólo que en blanco y negro, algunas piezas representativas de su más reciente producción, tanto fotográfica como pictórica. De esta última faceta (Manuel Ramírez, pintor) ofrecemos, en nuestra edición electrónica, una pequeña Galería, esa sí a todo color, para que nuestros lectores interesados puedan acercarse a un mejor conocimiento y disfrute de su obra; se ofrece, también, como un reconocimiento a su talento y su gran disposición para colaborar con este proyecto editorial.

 

Manuel Ramírez, pintor

Paulino Nivón Velásquez*

* Licenciado en Español por la Escuela Normal Superior de Jalisco (ENSJ). Correo del autor: paunivon@hotmail.com

Manuel Ramírez Martínez (1959) nació en Santa María del Valle, Jalisco. Ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas desde 1983, tanto en México como en el extranjero. Ha sido ganador de importantes premios y distinciones entre los que destacan: un Primer Lugar en la categoría Pintura en el "Salón de Octubre" del Instituto Cultural Cabañas (Guadalajara, Jal., 1990); y el haber sido seleccionado dos veces en el "Concurso Nacional de Arte Joven" de Aguascalientes, Ags., en 1987 y 1994. Obra suya ha pasado a formar parte de las colecciones permanentes de importantes museos e instituciones culturales, como: Museo del Chopo (México, DF); Escuela de Artes Oficios (Granada, España); Museo de Arte Assis Chateaubriand (Campina Grande, Paraiba, Brasil), y Museo de Arte de Araia (Alava, España).

Creación y recreación son líneas paralelas en la obra de Manuel Ramírez. Creación porque es un inventor de una suerte de abecedario fabuloso, propio y elemental en el que las plantas y los animales protagonizan las escenas de sus pictogramas; en ellos cobran voz y pasan a ser los ejecutantes de un rito ancestral y mitológico. Recreación, porque Manuel es el tlacuilo, el traductor, el intérprete y por ende el guía que nos acompaña en un viaje al interior de ese mito-realidad de nuestras culturas indígenas.

     Pero el pintor no se queda expectante, con audacia propone las claves para decodificar y entender la simbología de la cual es portavoz. Más todavía, nos invita a hablar el mismo lenguaje, a interactuar con los colores, las texturas y los soportes que conforman, integradas, su obra plástica.

     Porque Manuel es también susceptible al asombro, sorprende y se sorprende con sus hallazgos, es el eterno aprendiz que enseña, que construye con los demás, que rescata tradiciones pictóricas olvidadas, que se nutre con la savia de nuestro indianismo americanista, que universaliza. Es el viajero que lleva y trae, el embajador, el itinerante, el saltimbanqui.

     Otra faceta en la obra de Manuel Ramírez es la búsqueda, que no se agota, por cierto, en lo cromático, aunque nos entregue mil verdes en un solo cuadro cuyo tema es un modesto chapulín. No se agota en los papeles que crea, con sus manos, a partir de fibras naturales que pasan a formar parte de la obra; no bien termina de ensayar las posibilidades de la copra del coco, cuando ya prueba el bagazo de la caña de azúcar o las fibras del maguey. No se agota en las técnicas ni en los recursos expresivos: serigrafía, grabado, fotografía y dibujo también le son familiares; las mezcla, las decanta, las sublima. Por eso, aunque estamos frente a un pintor maduro y hecho, siempre será un artista joven.