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Cuento frente a ella

Celina Merlo*
* Escritora y actriz argentina.

Está sola. Sosteniendo un cigarrillo encendido con los larguísimos dedos de su mano izquierda.
     Sentada de piernas cruzadas, está. Contemplándose está. Viéndose de lleno en el espejo que, a pocos metros de ella, frente a ella, la mira también. Viéndose a los ojos. Viéndose los ojos, la nariz y la boca. Viendo sus hombros desnudos, su alargado cuello blanco, sus pequeños pechos que apenas se dibujan entre su ropa, sus brazos finos cayendo desvanecidos.
     Se mira de una manera que da miedo.
     Se mira con los ojos llenos de vacío. Con bronca, con lástima se mira. Se mira y escribe. No se sabe qué es lo que escribe, pero ella escribe.
     Fuma todo el tiempo. Parece cansada. Cansancio de demasiadas esperas, eso es lo que tiene. Todo en ella es como una gran espera. Mira contenida su cigarrillo, lentamente se lo lleva a los labios y de una enorme pitada expulsa, como un vómito, gigantescas bocanadas de humo, las mira, después se sigue mirando. Apaga el cigarrillo.
     Ahora se para. Sus piernas son también muy delgadas. Vuelve a sentarse. Casi sonríe. Algo en el espejo parece haberle sugerido que no lo haga. Su codo se apoyó involuntariamente en sus rodillas y con todo el peso de su brazo, una de sus manos sostiene el lado izquierdo de su cara. Se toca los labios que le hacen juego con la ropa, porque así de violetas son sus labios, así de violeta como el vestido lila que apenas la envuelve.
     Tiene el pelo recogido y ahora juega con su cabeza. La gira, la mueve como puede. Todo lo que hace lo hace como puede. Algunos mechones escaparon durante ese bailoteo casi ceremonial, ella, mientras escribe, desarma más aún sus cabellos. Se detiene y se mira, ya todo su pelo se ha liberado. Ella se toca la cabeza y es como de dolor, su gesto. Se derrumba de pronto y todo su cuerpo se desarma. Cae sobre la cama.
     Otra vez está fumando. Parece mucho más cansada que antes. Que antes de derrumbarse, porque eso es lo que fue: un derrumbe súbito y decidido al mismo tiempo, como si ese refinadísimo yacer hubiese estado aguardando su momento, o como si fuera impremeditado como sus suspiros, que suenan a protesta y a súplica. Todo este tiempo ella ha estado suspirando de a ratos. Como si le costase respirar. O vivir.
     Sus ojos ahora son más chicos y se le volvieron violetas. O parecen violetas.
     Se endereza, mueve las piernas, cambiándolas de lugar. Se huele los brazos, los hombros. Se moja los labios. Cierra los ojos.
     El espejo la muestra ausente, llora en silencio, sus lágrimas caen como la sombra de un muerto. Es hermosa cuando llora. Respira profundamente, intenta contenerse, pero no puede y toda ella explota en un ahogado y desequilibrado llanto. Se abrasa, rodeándose con sus brazos desnudos y sigue llorando.
     Ya no escribe, sólo se mira. Sus ojos, ahora intensamente verdes, vigilan la imagen que el espejo le devuelve. Y está tan quieta que parece un dibujo en el espejo.
     Se levanta de la cama, murmura algo, casi para ella, como un pensamiento en voz alta, como una palabra obligada a pronunciarse. Agarra el cuaderno en donde ha estado escribiendo, lee y se mira, vuelve a la lectura y vuelve a mirarse. Enciende un cigarrillo, lo fuma sin ganas, parece asqueada.
     Hace más de una hora que se está mirando, hace más de una hora que yo la miro también. Las dos escribimos. Las dos miramos.
     Nada nos iguala más que la soledad. La mía y la suya. Las dos estamos solas. O casi solas. Ella tiene al espejo. Yo la tengo a ella.
     Me gustaría salir de acá adentro y mirarme yo también en esa pared de espejo, porque el espejo abarca toda una pared, y está como fragmentado en cuatro espejos distintos, de exacto tamaño, pero distintos. Ella se mueve hacia alguno de los cuatro, juega, pero no se divierte. Ella parece desmenuzada como el espejo. Y se mira, como si quisiera armar el rompecabezas de ella misma, busca las piezas, mirándose. Parece que es la primera vez que se está viendo. No se encuentra, no se reconoce.
     El espejo (dos rectángulos verticales unidos en la mitad por una barra de madera), inalterable e inerte, la provoca y la obliga a moverse, a buscar ángulos, maniobras, posiciones. El espejo la dispersa. La muestra y la desvía.
     Parece despertar con cada cambio, con cada nueva visión que le concede el espejo. Pero se acostumbra y se cansa. Vuelve a moverse apenas, con un gesto casi infantil. Se queda quieta, se mueve de nuevo.
     Por primera vez en todo este tiempo, ella gira la cabeza y mira hacia la derecha, ve entonces la pared de placard, madera lijada y añeja, con láminas, fotos, retratos, y pinturas de mujeres. Algunas están desnudas. Parece haberse detenido en una de ellas. La veo, de perfil, arqueándose, como si intentara reproducir su imagen. Su cuerpo se quiebra, ella se retuerce y se mira. Después, todavía contraída, mira hacia el placard fugazmente y vuelve a su posición inicial: las piernas cruzadas, el torso inclinado, mientras su imagen se centra en el cuadrante de vidrio de abajo, el de la izquierda. Creo que tiene sed. Quizás frío, me pareció que recién temblaba. Ahora la veo en el de al lado. Se está moviendo tanto que me cuesta seguirla.
     Algo la inquieta desde hace un rato. Tiene otra cara. No puedo decir como están sus ojos. La veo más borrosa, más difusa. Cada vez se mueve más rápido, acompañándose de risas ahogadas que se parecen a un grito. Un grito armónico y resentido. Yo también quisiera gritar.
     Se para sobre la cama, se sacude, Baila inducida por un acorde irreal, que sólo ella escucha. Baila de verdad. Y parece sentir tan nítidamente su música fantástica que yo también creo escucharla ahora.
     Empiezo a sentirme peligrosamente atraída, me gusta como se mueve. Estoy algo ansiosa. Ella cree que está sola, entonces juega, insinúa, seduce al espejo. Y el espejo hace lo mismo conmigo. Quiero bailar con ella.
     Tengo calor, me duele todo el cuerpo. Yo apenas puedo moverme. Definitivamente voy a salir de acá, no me importa lo que pase.
     Una bocina reclama ahora su atención. Sobresaltada, se acerca al balcón, no puedo ver qué está haciendo, pero ella está ahí, moviendo los brazos. Cierra la cortina que, indiscreta, abrió hace un momento, ríe, y desaparece tan velozmente que me cuesta creer que ya no está.
     Me muevo lentamente y salgo de acá adentro. Quiero acercarme al espejo. Quiero mirarme yo ahora. Estoy un poco mareada, pero escribo. Siento que voy a desmayarme. No lo veo. No está por ningún lado, ¿dónde está?
     No hay ningún espejo, tampoco está la cama, ni el cuaderno. No hay nada.