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Don Isidro Castillo y la historia de la educación
(Texto leído en la presentación del libro: México: sus revoluciones sociales y la educación de Isidro Castillo, en la Unidad 141, Guadalajara, de la Universidad Pedagógica Nacional, UPN)

Armando Martínez Moya*
* Investigador del Centro de Estudios de la Cultura Regional (CECR) de la Universidad de Guadalajara (UDG) y del Instituto Superior de Investigación y Docencia para el Magisterio (ISIDM). Profesor de Universidad Pedagógica Nacional (UPN), Unidad 141, Guadalajara. Correo del autor: tionan44@hotmail.com

Don Isidro Castillo Pérez Quisiera referirme en esta presentación sobre el estudio de la obra de don Isidro Castillo, a cosas que a lo mejor poco pudiesen haberse tocado; me refiero a dimensiones que, de manera adyacente, a veces paralelas o a veces simbólicas, atraviesan las parcelas de una vida y un estudio no sólo erudito en el campo de lo histórico, sino fundamentalmente lleno de significados y mensajes políticos y culturales, pues las características de una obra como México: sus revoluciones sociales y la educación, da, como muchas obras bibliográficas de la cultura mexicana, no sólo lectores sino una amplia producción de libros referidos a dichas obras.
     Creo que debemos primero hablar de don Isidro. El perteneció a una generación de maestros-cronistas, los cuales, con una capacidad de premonición inaudita, pronto se percataron de lo que significaban los acontecimientos que les tocó vivir. Su preocupación por el registro de los hechos y las vicisitudes que les rodeaban, hizo necesario retrotraer la explicación a una perspectiva histórica basada en los orígenes.
     La conexión de estos orígenes con un mundo presente, urgido de cambios, es lo que le da un relieve particular a la obra de don Isidro. Aquí está la explicación a este gran esfuerzo investigativo para decidirse por hacer una historia de la educación mexicana. Conectar el origen con el hoy.
     Los orígenes son los mitos fundacionales. Mitos que se han constituido en la fuerza impulsora de nuestra nacionalidad, de nuestros afanes de igualdad, de la lucha justiciera por la equidad y el progreso. En México: sus revoluciones sociales y la educación, los orígenes marcan el ritmo de los acontecimientos, porque ellos le van dando rostro a un espectro que adquiere su fisonomía cuando han cristalizado los mejores espíritus del devenir histórico de nuestro pueblo. El hombre americano como paradigma, las civilizaciones indígenas en su connotación vivencial, el legado colonial entendido como sincretismo, el caldo de cultivo del siglo XIX, la Revolución Mexicana como una gran rebelión colectiva y cultural.
     El mundo prehispánico es esplendoroso, es un mito fundacional en la historia de nuestra historia cultural y educativa, pero solamente si está conectado con el rostro cotidiano de los indios del México de ahora. A diferencia de los historiadores positivistas del XIX que hacen un culto de los indios muertos, es decir de las culturas arqueológicas, don Isidro no olvida a los indios vivos, a los indígenas de carne y hueso; a los que, hasta entonces, no se había hecho justicia y por desgracia tampoco ahora.
     Por eso don Isidro no solo los nombró en su estudio como sucesores de las majestuosas ciudades sagradas rescatadas de la selva y las llanuras, sino como constructores del México colonial, acompañantes en la obra humanística de nuestros frailes apóstoles, quienes supieron entender la mirada inteligente y la capacidad humana de esas sombras que sumisas y rebeldes, rejegas y serviciales, padeciendo el exterminio y la castración de sus valores, sin los que no puede entenderse lo que somos todos hoy.
     La memoria engaña, puede ser fiel a los recuerdos pero traicionera al jerarquizarlos. A veces al nombrar las cosas estas vuelven a existir, esa es, creo yo, la misión de la Historia, pero puede ser también que su acomodo marginal en la escenografía de los acontecimientos acabe por olvidarlas. Don Isidro nos advierte de esta dicotomía entre la memoria y olvido. La historia de la educación en México, nos dice, no puede ser obra de una sola pluma ni tener una sola connotación historiográfica.
     Pero a mi juicio, lo que le da más validez al estudio de don Isidro, es la urdimbre de un imaginario que subyace en todo su estudio. Imaginario que parte de su apuesta y convicción con la más grande causa por la que se debe luchar; digámoslo con el verso de Martí parafraseado: "Con los pobres de la tierra quiso él su verso echar". Imaginario que recorre las etapas, se involucra en la explicación de los grandes episodios naciones, desde la mirada aguda y crítica, como diría el historiador jalisciense, Vicente Salado Álvarez, de las dramáticas luchas por la República y una educación sin la intermediación de dogmas, hasta la constitución sacrificada, anónima y silenciosa del magisterio mexicano en la dictadura porfirista.
     El seguimiento de esas ideas y representaciones constituyentes de ese imaginario viajero, a veces forastero, a veces arraigado en los pueblos y comunidades, es lo que hacen del texto de don Isidro un recorrido por nuestra historia nacional en busca de un porvenir más promisorio. Ahí están, él los pone como muestra: los esforzados maestros-campesinos del México de la Escuela Rural Mexicana. Parangón que retrata en su dimensión exacta la aspiración más luminosa y el efecto positivo más contundente de lo que ha sido la educación popular en México.
     Creo que a diferencia de tantas Historias de la Educación, lo que marca también otro rango distintivo de la obra de don Isidro, es la recurrencia a la utilización diversificada de fuentes. En el argot de los historiadores se dice al respecto: en la historia solo hay dos clases de mentiras: las falsedades intencionales y la documentación gubernamental. Siendo don Isidro protagonista de lo que narra, vinculado generacionalmente a esa dinastía popular llamada de los preceptores, los mentores, los maestros, los profes..., supo conjuntar, ordenar y utilizar fuentes del ramo, ya fueran históricas, curriculares, jurídicas, testimoniales y literarias, que constituyen el cuerpo crítico que sustenta sus explicaciones y reflexiones.
     Pero quizá lo que resulta más significativo de esta obra, sea entender al tipo de autor y el escenario que le tocó vivir a don Isidro. Con Rafael Ramírez, Moisés Sainz, José Santos Valdez y tantos otros maestros conocidos; tanto como por los miles de maestros anónimos que entregaron un esfuerzo generoso en los millares de comunidades diseminadas en el México de la primera mitad del siglo XX, el país parecía tener esperanzas de arribar a un puerto que hiciera cristalizar los anhelos y sacrificios de tantas generaciones que abonaron con su sangre los ideales de justicia social.
     La Revolución estaba aún palpitante, y la educación, como bien lo remarca don Isidro cuando argumenta con pasión la titánica labor para construir un sistema educativo moderno, popular, y diversificado como parecía ofrecerlo el Plan de Once Años en el régimen de López Mateos, era considerada aún un pivote, una palanca encaminada no solo a arrancarles la ignorancia a los más débiles, sino a fincar las bases de una nación industriosa, pujante, llena de hombres y mujeres trabajando y progresando, pues de esa manera la nación se agiganta, como bien rezaban los lemas de la Educación Socialista que unos años antes había impulsado atrevidamente Lázaro Cárdenas. Había entonces una ecuación o, cuando menos, una relación causa-efecto entre la educación y el desarrollo para todos.
     Resalto esta relación autor-contexto, sólo para contrastarla con esta decrépita situación de nuestro presente que en su modernidad encierra las vértebras de su decadencia. Hoy hemos perdido la brújula y la relación educación-progreso se sustenta principalmente en los parámetros de la privatización modernizadora, la evaluación restrictiva y el burocratismo descentralizador.
     Don Isidro quiso llegar con su historia hasta los gobiernos más contemporáneos que le toco vivir por una razón muy sencilla, la historia que cuenta no es una crónica sentimental de un pasado que está enterrado, sino que apuesta a ver la Historia como una ciencia del presente, como una disciplina que intenta responder a las preguntas que plantean los problemas de hoy. Lo hace con los ojos del pasado, porque ¿quién puede negar que su esfuerzo por rastrear en acontecimientos pretéritos no era para contribuir a que la educación fuese finalmente la catapulta que acabara con los grandes rezagos e injusticias de la nación de carne y hueso que conoció?
     En otra obra maestra que escribió y que muestra su labor casi misionera para llevar la educación, acompañada de una organización comunitaria que permitiese a los pueblos no pedir pescados sino pescar por cuenta propia, dice:

"El interés bien entendido y aprovechado constituye el nudo vital, la fuerza que hemos de aprovechar, el punto de apoyo de una serie de jalones que ayuden al niño y a los pobladores a crecer, a progresar a superarse, a lograr el despegue. Por eso es muy explicable la preocupación de los profesores por encontrar las fuerzas motrices del proceso didáctico, los resortes y los factores impulsores".

     Quiero decir finalmente que ese imaginario igualitario que atraviesa, no sólo su obra México: sus revoluciones sociales y la educación, sino toda su producción escrita, es su más grande legado que hoy toma fuerza y se agiganta en estas época de neoliberalismo despiadado. Creo que su lucha fue de la memoria contra el olvido. Recordemos que la memoria histórica no forma parte hoy de los preceptos de la vida moderna, incluso casi desaparece de la educación básica.
     Considero que si queremos honrar la memoria y hacer un reconocimiento a la labor de don Isidro Castillo, necesitamos ponernos del lado de la memoria y desterrar el olvido. El libro que comentamos hoy aquí, de manera tan apresurada, es una muestra material y espiritual de esa convicción.
     La obra de don Isidro es una trama para tejer a través de diferentes sucesos, personajes –desconocidos y célebres–, la urdimbre de una aspiración. El lo ha hecho a través de reivindicar la memoria, una memoria que quiere ser abierta, plural, espontánea, más allá de cualquier oficialismo ventajoso. Recordemos lo que nos dice el escritor español Eduardo Jorda:

"Los momentos que recordamos con mayor facilidad son los más impalpables . Un tono de voz, la sonrisa de un niño, el pregón de un vendedor ambulante, la letanía a coro de los infantes en una escuela, un aroma a tomillo, un rebaño de cabras, la tos seca y enferma de nuestro abuelo, yo, corriendo a la escuela queriendo no llegar nunca".

     Creo que en este espíritu narrativo, en esta evocación de una colectividad atravesada por el tiempo, está el valor de este trabajo. Quiere decir que, cuando menos la Universidad Pedagógica Nacional, que tuvo el acierto de reeditar la obra, y todos quienes nos damos cita para volver a las palabras de Isidro Castillo Pérez, aún confiamos, como él, que la educación solamente es una epopeya si creemos que sirve para mirar hacia el porvenir.