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Esos labios

Gabriela Torres*
* Ganadora del segundo lugar (noviembre de 2001), en el Primer Certamen de Narrativa Breve "Ramón Rubín", convocado por el Centro Cultural "La Mutualista".

"Labios con gota", de Jan Saudek (1974)Edgardo sabe que esos labios lo están llevando de vuelta a los días de escuela. El pelo castaño que ahora alisa con sus dedos le hace convivir de manera inevitable con algunos elementos antiguos: como la joroba del licenciado que les daba economía, el tartamudeo del maestro de estadísticas, las colectas con los amigos para las cervezas de los viernes, las impresiones sobre los primeros empleos, y, de manera especial y nostálgica, la mano pequeña y tibia de Estela entre las suyas, el árbol viejo del patio de la escuela con la cabeza dormida de ella recostada en uno de sus muslos, su mirada solidaria y resuelta cuando a él le daba por buscar sus ojos. Por la ventana se cuelan algunas líneas de aire frío que penetran de un solo golpe en su garganta. Tose mientras cierra una por una las ventilas, entonces escucha un murmullo y vuelve junto a la cama. Una maleta amarilla reposa sobre la mesa junto a un vaso de agua. Los labios han dicho algo, un mensaje abreviado, dos o tres sílabas cortadas por una pausa flemosa que se atraviesa de pronto, por la nariz que se estremece y libera un pequeño río de moco, por los ojos que no pueden abrirse pero que parecen hablar debajo de los párpados.
    Miró por la ventana, el estacionamiento de la universidad estaba al tope, vio como algunos llegaban apresurados a la clase de las cuatro, fijó entonces la vista en Estela, a cuatro bancas de la suya, con sus lentes pegados a la hoja, aferrada a la pluma con obsesión infantil, con el cabello largo amarrado en una trenza. Ella levantó la cabeza y ambos se sonrieron. Edgardo sabía que al terminar la clase ella retrasaría su salida hasta que él se encaminara a la puerta. Los que siempre preguntaban algo al maestro hicieron rueda frente al escritorio, Estela guardó sus cosas, intercambió dudas con una compañera, se amarró las cintas de una de sus botas y miró hacia las bancas traseras. Después ella y Edgardo hicieron planes para verse más tarde, las opciones podían ser reposar durante el receso bajo el árbol, o comer algo en la casa de ella, o juntarse en el departamento a ver una película.
    Parecen hablar y Edgardo los mira como si entendiera, les pasa una yema y tiene la impresión que es un corazón que palpita, que intenta demostrar algo con pequeños saltos bajo la piel de sus dedos, algo, lo que sea. Respira profundo y se deja caer sobre el asiento acolchado de una silla. Se pellizca el borde de una uña con otra, se acaricia los muslos cansados en el pantalón verde, se pasa una mano por el pelo, por el remolino que se le forma en el centro de la nuca, intenta aplacar cuatro pelos rebeldes. Suspira pensando con qué endemoniada lentitud transcurre el tiempo.
    Prepararon palomitas, pusieron la película. Como tantas veces no se enteraron del final porque acabaron uno arriba del otro, después exhaustos, con una pierna de ella enredada en uno de sus muslos, se fumaron un cigarro sobre el colchón y después dormitaron un rato mientras daban las siete, fue cuando ella dijo –te quiero– entonces él escondió el sostén y ella encuerada se puso a buscarlo por todos lados haciéndose la enojada, después el le envolvió una pierna y luego la otra con el pantalón de mezclilla y terminaron de cara a la ventana, Estela sentada en una silla, Edgardo a su espalda, tejiéndole la trenza. Ese día les dio por hablar de la muerte y lo último que Estela dijo fue –qué tontos somos, tú y yo siempre vamos a estar juntos–.
    El tiempo parece atorarse en el tubo que sale de su estómago, por otro que sale de adentro de sus piernas. Mira a la ventana y después a esos labios que se siguen moviendo, que dicen cosas que su cabeza enredada por los últimos acontecimientos no logra entender. Ahora dejan de moverse y se pliegan uno sobre el otro como si se entregaran a una acompasada, rítmica respiración. El insoportable silencio le produce un roce que no entiende, pero que lo hace aproximarse a la ventana, abrir una ventila, cerrar los ojos, acariciarse los párpados cerrados.
    Esa mañana las clases estaban por comenzar, la banca de Estela estaba vacía, llegaron todos menos ella. Edgardo pensó en llamarla después de la clase, supuso que se había quedado dormida o que había llegado tarde a la parada del camión. Después de media hora llegó alguien y dijo algo al maestro, éste fijó la vista en unos apuntes en su mano, después en el suelo, en unos segundos todos hablaban al mismo tiempo, preguntaban, unos gritos –no, no es posible–, de pronto eran todos menos Edgardo que seguía pegado en su banca de la fila trasera, mordiendo el borrador de un lápiz, mirando a uno y a otro, –Estela se fue, se nos fue– con las suelas de los zapatos adheridas al suelo –viendo televisión con sus papás, y de pronto, se le aflojó el cuerpo– las uñas clavadas por dentro de los puños cuando todos se le fueron encima, le dijeron –lo siento– mencionaron algo de Dios y él no dijo nada pero pensó para qué carajos iría a servirle un Dios entonces. Sintió como si muchos corazones le palpitaran dentro pero no pudo llorar ni gritar, se limitó a vagar con los ojos perdidos durante muchos días, mientras la figura de Estela asumía el brillo de todos los que mueren, mientras la escuela entera la cubría de gloria.
    Se acaricia un párpado y siente cómo la pupila se le mueve inquieta. No quiere moverse de ahí, le tiemblan los dedos de la mano izquierda y el contacto con ese pelo castaño que duerme a mechones sobre la almohada los aplaca un poco. Después los pasa por el cuello y sube lentamente hasta detenerse en los labios. Pequeños fragmentos de piel seca están a punto de desprenderse. Toma entonces un trozo de papel higiénico y lo moja en un vaso de agua, se aproxima de nuevo y empapa la sequedad de esos labios que ahora responden con una leve contracción. Edgardo la agradece.
    Los amigos se dieron cuenta que no era un tipo para compadecerlo, algunos respetuosos lo dejaron a solas con su duelo, se acostumbraron a sus evasivas cuando se mencionaba a Estela, a su fortaleza fuera de serie por no haber aflojado ni una lágrima; otros entrometidos le hacían preguntas hasta que dejaron de hacerlo después del primer impacto con sus pupilas quietas y apagadas, con su impávido gesto indiferente.
    Luces y música en la fiesta de graduación, tres años habían sido suficientes para que se desvaneciera la figura de Estela, para que su presencia se volviera etérea, para que pareciera que la humanidad de Edgardo era incapaz de compartirse con alguien. Por eso no dejó de sorprender el que llegara acompañado, con una casi Estela que le apretaba la mano, se le acostaba en el hombro, le hablaba al oído. Las cosas parecían haber cambiado salvo elementos inamovibles como la mirada quieta y apagada que se limitaba a situarse sobre la frente de la sucedánea de Estela mientras una sonrisa mediocre le cuarteaba al rostro.
    Edgardo agradece esa pequeña vibración, esa debilitada respuesta debajo de sus yemas. Los pasos mudos de una enfermera se acercan a la cama, dos dedos de él presionan suavemente el trozo de papel húmedo sobre los labios de ella, después lo retira, lo arroja al cesto, observa a la enfermera hacer su trabajo. Mira cómo revisa, apunta en una libretita, mide mililitros en una bolsa, inyecta algo lechoso al suero. Edgardo busca un indicio, pregunta en silencio con su mirada interrogante pero termina despidiendo a los zapatos blancos con ojos de desconcierto.
    La sucedánea lo esperó a la salida del trabajo e hicieron planes. Poco después entraron al departamento, prepararon palomitas, acercaron a la mesita dos vasos con hielo, agua mineral, cigarros, pusieron una película. El final los sorprendió como otras veces, desnudos en la cama, con la pierna de ella enredada en un muslo de él, medio cigarro aplastado sobre una corcholata, restos de hielo y agua en los vasos. Un quejido de la sucedánea llegó al oído izquierdo de Edgardo, abrió los ojos y ella ya estaba sentada en la cama, con las manos en el ombligo, los muslos apretados, el pelo revuelto que él intentó peinar con los dedos, pero ella se quejó en voz baja –me duele, me duele mucho– separó tres partes iguales de cabello castaño y se le sentó por detrás, su pecho hizo contacto con la espalda desnuda de ella, que empezó a llorar, Edgardo como si no escuchara, atrapando su espalda y tejiéndole una trenza. Entonces un temblor de ella lo obligó a ponerse de pie, a mirarle los ojos aguados, a tentarle el cuerpo caliente, a lavarle con trapos húmedos los senos, las axilas, el sexo. Le limpió los ojos y le ayudó a vestirse. Ella ya no dijo nada pero temblaba, no se quejó más pero Edgardo la sintió caliente al abrazarla y bajar con ella las escaleras hacia el auto, las escaleras hacia la sala de urgencias, las escaleras, ya sin ella, hacia el departamento por sus cosas y no pensaba nada mientras metía dentro de una maleta amarilla, cepillo de dientes, calzones, piyama, pero sentía mientras le llevaba un libro por si acaso, un peine, su desodorante.
    Piensa qué falta le hace un indicio ahora que está ahí, con su casi Estela entre agujas, tubos, bolsas de plástico, sondas. Suda un poco y se acomoda el doblez de la camisa en su cuello. Se rasca una comezón húmeda cerca de la boca. La sucedánea quiere decir algo, se nota que le cuesta un trabajo enorme, quiere moverse y tampoco lo consigue, está amarrada por tantas cosas encima. Edgardo se le acerca y una gota de sudor resbala por su boca y cae en la de ella, se la limpia con un dedo y su yema siente como se mueven ésos labios, lastimosamente, pero se mueven y le dicen –te quiero, te quiero–, él siente como si muchos corazones le palpitaran dentro, es cuando se da cuenta de que no suda sino que está llorando y mientras llora le pide a su Cristo negado que la quiere viva, al mismo tiempo que por fin llora por la mañana aquella en que llegaron y dijeron –se ha muerto– , por la mañana esta en que los labios dicen cosas que no tienen sonido, pero dicen y seguramente es otro –te quiero– porque de pronto él también lo dice en lo que tienta el pelo castaño desparramado en la almohada, en lo que detiene los ojos en la línea delgada de sol que se introduce por una ventana, también porque tiene que reconocer que Estela se ha equivocado, que siempre estuvo equivocada, que la muerte se la llevó con todo y la obsesión infantil de sus ojos, con todo y sus senos encima de su cuerpo, con todo y los dedos de él tejiéndole una trenza. Que está más muerta que todas esas tardes, que todos esos muslos con su pierna encima, que el siempre, en definitiva, no existe.