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Arturo Santana,
o en el principio fue el verbo lamer

Texto leído en presentación del poemario La iguana, de Arturo Santana, en la Casa de la Palabra y las Imágenes del Departamento de Estudios Literarios (DEL), de la Universidad de Guadalajara (UDG) el jueves 24 de mayo de 2001.

Arturo Suárez*
* (Arduro Suaves). Estudió Letras en la Universidad de Guadalajara (UDG); trabaja como corrector en la Unidad de Vinculación y Difusión Científica de la misma institución. Ha publicado los poemarios: La diaria conspiración y Palabras debidas, ademas de varias compilaciones de periquetes.

La iguana, poemario de Arturo Santana (2000). Consejo Estatal para la Cultura y las Artes. Santiago de Querétaro, Qro. [Colección Peces Voladores].Desde el inicio, en la cita cortazariana, Arturo sabe lo que dice cuando se apoya en la boca y el lenguaje del argentino: atinada guía epigráfica para su trabajo. La Iguana no lleva una estructura rígida, sino partes finamente integradas de un solo y tembloroso pretexto, de una única y húmeda intención y de una integración perfecta entre el amor dérmico-nervioso y la volcánica acuosidad: lubricantes maniobras en las que la sed del poeta se sacia de jugos internos.
    Arturo crea su propio Génesis y nos habla también de algunas eras geológicas denominadas como "Era temblor" y como "era más fruto del habla": aquí no es una bola de fuego –obsesión de científicos–, sino el primer motor de la lengua, instrumento éste que ha de culminar su Creación y destino para el cuerpo amado, es decir, el de la amada lamida: "sede es mi cuerpo,/ sed es tu cuerpo". Así lo hará en una concesión. Arturo y Eva empiezan a vivir sin manzanas, pero con el "níspero virgen" y "la conmoción de la vid" protegidos por un hueledenoche, esa Acacia farnesiana de flor vellosa, de escandaloso olfato en el paraíso.
    Sigue el poeta con su primer libro bíblico y ya la lengua no es un ápice, sino la magia de espumas botticellianas, que dijera otro poeta. La estructura lingüística –valga la redundancia– de Arturo, verdadera licencia expresiva, ya empieza a adjetivar sustantivos:
        lengua temblor
        nombres raíces
        curso imagen
        sustancia recuerdo
        palabra indicio
        etcétera.
    Ya estamos en el mar..., ya está la iguana lista: no sólo es el agua en sí, también el vino, la impregnación del cuerpo. En Arturo, como en Juan Soriano, hay tres peces y una mujer: el primero la rodea; el segundo invade la entrepierna; el tercero la penetra. Y no son peces voladores, dedicados más bien a la labor editorial.
    Arturo-iguana-pez también agoniza en la arena, piscis del deseo de beber:
        Despiértame
        sobre el pecho de una playa entre niños
        llorando de sed y mi boca
        un venero de labios en brama
        contra la lluvia perdida.
    Pero no, su lengua-arpón –› no muere; inventa más verbos: hablar, lamer (siempre), vivir, nombrar, amanecer, que
        trazaron leyendas sobre basaltos y urnas
        cuando los álamos y las piedras no eran
        sino un secreto en la distancia más árida de los días.

        Así las sedes del agua fugándose de sus mantos
        y entre sus dedos la gesta de un ademán
        que apenas pudo el bosquejo de un ciprés derribado.

        Así los besos como si claustros
        vírgenes encallaran sobre la arena del día
        y ninguna fruta supiera.

        Así la raya de la iguana cautiva en el cerco
        de la palabra.

        Poseída.
    Nuestro poeta se inunda de interrogaciones: ¿qué anatomía de este ejemplar de la lengua caribe debo usar?: ¿la lengua escotada en el extremo y no protráctil?, ¿la gran papada o la cresta espinosa del dorso?, ¿qué reptil me conviene más: el más común o el verde? Arturo, exigente, quiere "la premura de un beso". Pero, "¿De dónde viene la lengua que lame? / ¿De dónde la iguana?"
    La boca del poeta –sede verbal–, mar infinito, habla, dice, mama, convence, chupa "el flujo molusco". Pero también le obsesionan los "pubis abrasados" con ese y el "rumor labial", pues es mejor saber arder que saber leer. Mejor la "gota seminal" que la gota de agua a secas. Boca, labio, lengua para quienes "cierran sus ojos para darse un beso", buscan el cuenco de locura amorosa en el poema visual:
        Usa tu lengua
        para saber el rito de la sal
        con los ardores del vino.
    Arturo no llega a conclusiones monjiles como "mi corazón deshecho entre tus manos", sino mi boca encendida de tus labios menores, cuando
        Exhausta ya

        sobre tu vulva
        rendida
                   la iguana a ras
                                            posa.
    
Aunque al poeta le faltó la constancia de la lengua de un gato, puede jurarle a Juana que tiene iguanas: él no es la morsa beatleniana, vocación bestiaria imposible; él es la iguana. Su cuaderno, la medicina que indica: vía de administración: oral.

La iguana. Arturo Santana (2000).
Consejo Estatal para la Cultura y las Artes.
Santiago de Querétaro, Qro.
[Colección Peces Voladores].