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Reprobados por desnudez

Sonia Ibarra Ibarra*
* Investigadora de El Colegio de Jalisco y del Instituto Superior de Investigación y Docencia para el Magisterio (ISIDM).

Los estudiosos de la educación han descrito las dificultades vividas al momento de la revolución para realizar la empeñosa labor de alfabetizar. Sin locales adecuados, materiales indispensables ni maestros capacitados, el escenario era realmente austero. Hubo que emprender diversas acciones, desde implementar y conseguir las más rudimentarias construcciones para albergar a maestros y alumnos, e improvisar bancos y pizarrones, hasta diseñar métodos y programas. Se buscó llevar la escuela hasta los más apartados sitios, se capacitó al maestro a través de las escuelas normales rurales y se propició la edición de libros dignos.
    Sin embargo, el proceso fue realmente difícil y los resultados tardaron en patentizarse, de tal modo que el camino fue realmente sinuoso, sobre todo, por obstáculos tan insalvables como de los que hablaremos a continuación.
    La documentación de la época nos permite acercarnos más a dicha situación al analizar, por ejemplo, la estadística final de los maestros. En un formato impreso, cada profesor anotaba la lista de alumnos con datos como edad, días asistidos, materias impartidas, calificaciones obtenidas y el resultado final. Se agregaban también, los datos generales del profesor, un inventario del material con el listado de útiles y mobiliario escolar y el plano o dibujo de la escuela, realizado por el propio docente, –tan elocuente como un retablo–. Las escuelas más complejas, anexaban inventario detallado, contenidos de los exámenes finales y el programa de la fiesta de fin de cursos.
    Así, el informe presentado en junio de 1918 por la profesora María F. Aguilar,1 –entre muchos otros–, hace posible imaginar una circunstancia patética y desoladora en las escuelas rurales. Hablamos de la escuela primaria 433 mixta, ubicada en la Hacienda de Telcampana, municipio de San Gabriel, Jalisco.
    Refiere la maestra 269 días de trabajo en el año, donde atendió 1 y 2 grados. El primero, con 42 niños y 37 niñas y el segundo, con 16 niñas y 15 niños. Sin embargo, encontramos una gran diversidad e irregularidad respecto a la asistencia, desde quien asistió 2 meses, hasta quienes completaron los casi 12 meses expresados en el informe.
    Para ambos grupos, las edades oscilaban entre los 5 y los 14 años y las materias evaluadas al término del curso eran: aritmética (cálculo abstracto) y (cálculo concreto), ciencias, composición (oral y escrita), lectura, dibujo, recitación, costura (niñas) y ejercicios militares (niños), ocho materias calificadas con una escala del 1 al 100.
    Llama la atención en primer lugar, el alto índice de reprobación, de un total de 110 alumnos, reprobaron 61, equivalente al 55%, y en segundo término, las causas de la no aprobación, señaladas en un espacio al final del formato, después de anotar el promedio de cada alumno. Por ejemplo, en Nicolás Flores, se destaca que reprobó "por falta de asistencia", pues asistió sólo 85 días y obtuvo 33 de calificación final, y un considerable número de alumnos se encontraba en dicha situación. No obstante, Cruz Araiza se presentó únicamente 61 días y aprobó con 67, por tanto, los argumentos o criterios debieron ser sumamente flexibles y muy cuestionables, y el documento en cuestión evidenciaba dichas contradicciones.
    Algunos otros no aprobaron "por enfermedad", otro más, como José Isabel Acebedo (sic), reprobó "porque inteligencia no posee" y José Isabel Figueroa, "por carecer de memoria". Pablo Rodríguez, José Isabel Rodríguez y Francisco Torres no aprobaron por "falta de edad" y la pregunta al respecto aquí es: ¿por qué aceptarlos al inicio del curso, si era obvio para la maestra dicho inconveniente?, ¿no habría sido más sencillo establecer una edad mínima para ingresar? En torno a esto, encontramos en estadísticas de otros planteles,2 niños de 4 a 8 años inscritos en párvulos y a la vez, alumnos de 4 años, inscritos en primer grado.
    Aquí, es conveniente recordar que debido a la inexistencia de maestros titulados, la selección y contratación de maestros se realizó en ocasiones considerando criterios tan relativos como la caligrafía de la solicitante,3 con el consecuente desempeño deficiente por una inexistente preparación profesional y por la improvisación.
    Patético es el caso de otro grupo de niños, como Ma. Dolores Nava, quien perdió el curso por "muy pobre"; Lorenzo Núñez, que al parecer obtuvo notas bajas por "falta de ropa"; Gabriela García en el año sólo asistió 20 días y a los "actos no se presentó, falta ropa" y Julio Ramírez, a decir de su maestra, reprobó por "desnudez", obteniendo notas mínimas como 1 en ciencias, 28 en cálculo abstracto, 30 en cálculo concreto, 80 en composición, 30 en dibujo, 28 en lectura, 20 en recitación y 31 en ejercicios militares. Con un promedio de 33, a pesar del brillante 80 obtenido en composición, Julio resultó inevitablemente reprobado por falta de ropa, al igual que Canuto y Bartolo Preciado.
    Es difícil entender el concepto de "desnudez"4 y la relación entre el aprovechamiento y el vestido, ¿acaso la ausencia de ropa le impedía a Julio "hacer cuentas", concentrarse en la clase de ciencias o inspirarse convenientemente para la composición? ¿ o tan sólo se referiría la maestra con dicha expresión a que la falta de ropa obstaculizaba a Julio para asistir con regularidad, teniendo como consecuencia la desaplicación?
    La ambigüedad del término nos permite también imaginar que hablar de desnudez era hablar a la vez de la miseria, la desnutrición, el desánimo y la poca fortuna de los desprotegidos, para quienes la gratuidad de la educación siempre será relativa, pues sin ropa, ¿de qué servía tener escuela?, sin ropa, ¿qué importaba acreditar o no?
    Abriendo un poco el plano del contexto, debemos decir que la Hacienda de Telcampana, fundada en 1903, ubicada en el centro del municipio de San Gabriel, a unos cuantos metros del volcán apagado, fue construida por Jacinto Cortina, que hizo de ese, un lugar de efímera prosperidad, que terminó tras el movimiento revolucionario en Jalisco, pues su dueño participó activamente en esa lucha.
    Sin embargo, esa década, sus moradores disfrutaron del esplendor, pues según dicen, ahí se vivía "un mundo aparte", pues "por parte del hacendado se les brindó educación e impartió la religión católica, una escuela y capilla bien acondicionada dentro de la hacienda"5 además de un sinnúmero de beneficios que los habitantes de aquella época refieren.
    Sin embargo, como podemos apreciar en su breve informe, es otra Telcampana donde encontramos a la maestra María y a sus alumnos, y distintas las condiciones, un pueblo sin la cálida opresión de un hacendado, pero con una pobreza extrema, que acentúa la desigualdad.
    Para acabar de imaginar el cuadro, debo decir que el trabajo escolar se realizaba con una maestra sin título, en un aula, sin patio, 12 banquitos de 1.5 metros, 2 pizarrones chicos, 1 mesa, 11 libros de medio uso y 20 en mal estado. El plano de la escuela consistía escasamente en un cuadrado con tres ingresos, un cuarto "con pavimento de ladrillo y blanqueado".
    El Reglamento de la Instrucción Pública de 1904, en su artículo 27 establecía que:

"...Se tendrán como causas justas para la falta de asistencia de un niño a la escuela:
I. La enfermedad del niño.
II. Enfermedad grave o muerte de algún miembro de la familia.
III. Interrupción de las vías de comunicación entre el domicilio del niño y el local de la escuela.
IV. Suma pobreza de los padres o encargados que les impida alimentar o vestir convenientemente a los niños."
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    Es de percatarnos, al leer la estadística, lo común de la cuarta causa. Por tanto, era legítimo no asistir a la escuela y reprobar "por desnudez", y la obligatoriedad de la educación no tenía argumentos. Comunes son las fotografías de la época donde aparecen grupos escolares y ninguno usa zapatos.
    Así, las diversas carencias determinaban el aprovechamiento: "falta de asistencia", "falta de ropa", "carencia de memoria", "falta de edad" o "ausencia de salud" eran las motivos asentados en la hoja de estadística final en el apartado respectivo.
    En los docentes, desafortunadamente también predominaban las carencias: "de título", "de preparación suficiente", "de domicilio" o "de ropa adecuada para presentarse a trabajar". En otro caso, el informe final de la escuela de El Izotle, municipio de San Gabriel, la maestra Ma. Guadalupe Rangel, al asentar sus datos personales, afirma carecer de título y en el apartado de domicilio, escribió: "domicilio no tiene".7
    Dura fue en verdad la vida escolar para nuestros bisabuelos y muy escasas las oportunidades de superación. Los argumentos de la maestra y la explicación realmente patética, nos descubre la mentalidad del momento y lo que para ella aparecía como "natural", aún cuando muchos mentores en esa etapa llegaron a padecer las mismas circunstancias que el pequeño Julio, y se vieron imposibilitados de trabajar por ropa no tener.8

Notas
1. BPE. Archivo de Instrucción Pública. Caja 7, prog. 50, exp. 269, doc. 3.
2. Estadística final de la Escuela Mixta No. 153 de El Izotle, municipio de San Gabriel, Jalisco. Archivo de Instrucción Pública, Caja 7, prog. 55, exp. 274, doc. 6.
3. Oscar García Carmona. "La instrucción básica durante el constitucionalismo en Ejutla" en: Estudios Jaliscienses No. 18, noviembre de 1994.
4. Calidad de desnudo. Sin vestido. Muy mal vestido, indecente. Desprovisto de bienes de fortuna. Desprendido de los bienes de la tierra. Falto de lo que cubre o adorna. Desprovisto de cualquier cosa material o inmaterial. Martín Alonso. Enciclopedia del idioma. t. II. España: Aguilar, p. 1503.
5. Armando Lugo Larios. "Telcampana, una hacienda de la época porfirista". Ensayo presentado para acreditar el Diplomado en Historia y Geografía de Jalisco de El Colegio de Jalisco. p. 4.
6. García, 1985, pp. 2-10.
7. BPE. Archivo de Instrucción Pública. Caja 7, Progr. 55, exp. 274, doc. 5.
8. En Soledad compartida una historia de maestros, Luz Elena Galván comenta cartas de profesores a Porfirio Díaz solicitando ropa por carecer de ella para desempeñarse. (SEP-Ediciones de la Casa Chata. México, 1991).