Principal | Índice

Disquisiciones sobre la letra "O"

Víctor Manuel Caamaño Cano*
* Sociólogo. Asesor de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN),Unidad 141, Guadalajara. Miembro del programa de especialidad de Género en educación que ofrece la propia universidad.

La o me gusta porque es redonda como la perfección, sonora en la objeción. Y muy lúdica: los billares, los torneos de boliche y las competencias de canicas, se llenan de saltarinas redondeces. Es como una boca chiquita hecha con un lápiz. O como ojos abiertos por la sorpresa. Como lactante solícito, o el remate en que termina la estampa de un alegre silbador. Se ha sabido que la o ha llegado a reclamar derechos de autor a los panaderos, por hacer donas. Todos al nacer somos dotados de una indeleble o a mitad de la cintura, tal vez como señal inequívoca de que somos habitantes del planeta tierra. Y, a propósito del cuerpo, la o –del ombligo– tiene una colocación armónica y equilibrada, por eso representa un pequeño centro cósmico. (Yo me decepcioné cuando supe que las órbitas del sistema solar no eran redondas; la elipse, comparada con la simple y rotunda redondez de la o, me parecía presuntuosa y cursi). Cuando una o es presumida le dicen que "hasta parece el ombligo del universo" y todas las ruedas del mundo se han inspirado en ella –en la o, no en la presumida–. Las grandes pirámides de Egipto se construyeron con la ingeniosa aplicación de muchas oes sobre las que deslizaron pesados trozos de universo para las deidades. La o es como un ojo omnipresente en las representaciones ingenuas de la divina trinidad; aquellas de los calendarios de carnicería. Los tibetanos no se conforman con la redondez de la o en dos ojos, hablan de un tercero. Y los huicholes ponen una o divina en el altar de su reflexión. La o es anillo mágico, a pesar de que la quisieron avergonzar con el sinónimo de ignorancia: "no conocer la o por lo redondo". La o dibuja las burbujas y los globos que alegres corretean los niños en plazas, jardines y kínderes. Y la luna cuando está en plenitud, es como una o traslúcida en tercera dimensión: bella, inconmensurable y a punto de reventar sostiene la magia en el horizonte, igual que el sol: parecen inflamadas oes suspendidas por hilos galácticos. Por algo en inglés luna lleva doble o. Cuando una abraza a otra, parece que forman el símbolo infinito que estremece tan sólo pensarlo. Pero además, la o compite por ocupar el lugar del cero en el arco entre éste y el infinito, materia prima de las matemáticas. Igualmente, la o compite con el cero en la locura de velocidad del lenguaje binario. Una vista poco aleccionada podría confundirse. De la semejanza entre el cero y la o, hasta bromas resultan; por eso, un niño dijo que la representación del número diez era como un flaco junto a un gordo, gordísimo. La o lubrica las palabras cuando son empujadas por la lengua, las hace deslizarse suavemente sin los abruptos ángulos de la "Z" o la "W", los ganchos de la "S", las rejas de la "H", o el bigote torcido de la "Ñ". La o es elegante, sobria y graciosa, y no tiene dificultad para deslizarse en los lugares estrechos. A veces, la o –cuando es disyunción– se comporta segregacionista, a diferencia de la "Y" cuando es conjunción; por eso, la "Y" suma, no divide. En ocasiones, la o es una gran solitaria, porque se basta a sí misma para darle sentido a la oración.